- Sophie Turner encarnará a Lara Croft en la serie de Prime Video con un enfoque que prioriza la competencia y profundidad del personaje sobre su hipersexualización histórica.
- La pregunta incómoda que plantea este cambio: ¿por qué tardamos décadas en permitir que nuestras heroínas sean personas antes que fantasías?
- Con Phoebe Waller-Bridge liderando el proyecto, esta reinterpretación podría redefinir qué significa ser icónica sin ser objeto.
Los iconos culturales no cambian porque sí. Cambian porque nosotros cambiamos.
Lara Croft nació en 1996 como fantasía pixelada: aventurera, atlética, imposiblemente proporcionada. Era producto de una época donde los videojuegos buscaban legitimarse y el atractivo visual parecía el camino más directo. Casi tres décadas después, Sophie Turner se prepara para encarnarla en Prime Video, y sus palabras dejan claro que esta Lara será otra cosa.
Lo revelador no es que Turner rechace la hipersexualización. Es que sienta la necesidad de decirlo en voz alta.
Como si anticipara resistencia. Como si supiera que hay quienes esperan —quizá exigen— que Lara siga siendo lo que siempre fue. Pero ¿qué fue realmente? ¿Una heroína o una imagen? ¿Un personaje o un póster?
Una heroína sin disculpas
En The Los Angeles Times, Turner fue directa: esta Lara no será una «bomba sexual». No se trata de negar el atractivo, sino de reorientar el foco. «Se trata de ella y su historia, de qué la impulsa, en lugar de lo que tanta gente también adora: lo atractiva que es en los juegos y las películas. Pero realmente quiero mostrar el otro lado».
Ese «otro lado» es territorio conocido para Turner. Ya interpretó a Jean Grey en X-Men, otro personaje femenino poderoso atrapado entre ser icono y ser persona.
Aquí es donde Phoebe Waller-Bridge entra en escena. La creadora de Fleabag sabe construir personajes complejos que no piden permiso para existir. Su Lara, según Turner, será «descaradamente capaz». Una mujer que no oculta sus fortalezas, que no se disculpa por ser buena en lo que hace.
Me recuerda a Louise Banks en Arrival. Amy Adams nunca necesita demostrar que es brillante. Simplemente lo es. La película confía en que lo entendamos sin subrayados. Esa confianza distingue a los personajes bien escritos de los arquetipos vacíos.
O pensemos en la Princesa Leia. Empezó como objeto de rescate en Una nueva esperanza, pero la saga confió en que podía ser más. Y lo fue: líder rebelde, estratega, fuerza moral del universo. No porque negara su feminidad, sino porque nunca fue solo eso.
El espejo que nos devuelve la ficción
Siempre he pensado que la ciencia ficción —y la fantasía de aventuras como Tomb Raider— funciona como espejo. No refleja el mundo tal como es, sino como lo imaginamos, lo tememos, lo deseamos.
La Lara de 1996 reflejaba una época que valoraba la imagen sobre la sustancia. Que confundía empoderamiento con escotes pronunciados. Que necesitaba envolver la competencia femenina en fantasía masculina para hacerla digerible.
La Lara de 2027 reflejará otra cosa. Quizá una sociedad que empieza a entender que la fuerza femenina no necesita ese envoltorio. Que una mujer puede ser heroína sin ser objeto. Que la competencia es más interesante que la complacencia.
Esto no es borrar a Lara. Es preguntarnos qué la hizo icónica realmente.
Si solo podemos definirla por su apariencia física, entonces quizá nunca tuvo esencia. Los mejores personajes evolucionan porque las historias que contamos sobre ellos evolucionan. Batman ha sido camp, oscuro, realista. James Bond pasó de mujeriego despreocupado a agente emocionalmente dañado.
En Blade Runner, Rachael cuestiona qué la hace real. Sus recuerdos son implantados, su identidad construida. Pero su humanidad emerge precisamente cuando deja de intentar ser lo que otros esperan y empieza a elegir quién quiere ser.
Esa es la oportunidad que tiene esta Lara.
Lo que perdura
Turner lo resume cuando dice que Lara «no es una mujer que oculta sus fortalezas en absoluto». Esa frase contiene una revolución silenciosa.
Durante décadas, las mujeres en la ficción han tenido que elegir: ser fuertes o ser deseables. Ser inteligentes o ser atractivas. Como si ambas cosas fueran mutuamente excluyentes.
Lo que hace que un personaje perdure no es su aspecto, sino lo que representa. Lara ha sobrevivido casi treinta años no por los pantalones cortos, sino porque encarnaba la aventura, la curiosidad, el desafío a lo desconocido.
Esas cualidades no necesitan un envoltorio específico.
La serie aún no tiene fecha confirmada, aunque se espera para 2027 o 2028. Eso da tiempo para que la conversación madure. Para que entendamos que esto no es censura ni corrección política.
Es simplemente contar una historia más completa.
Sophie Turner y Phoebe Waller-Bridge tienen la oportunidad de recordarnos por qué nos enamoramos de Lara en primer lugar. No por cómo se veía, sino por lo que hacía. Por los mundos que exploraba, los misterios que resolvía, los límites que traspasaba.
Pero también tienen la oportunidad de plantear una pregunta más incómoda: ¿qué dice de nosotros que hayamos necesitado casi treinta años para permitir que una heroína sea persona antes que fantasía? ¿Cuántas Laras hemos perdido en el camino, atrapadas en el ámbar de expectativas que nunca les permitieron respirar?
Si la serie logra capturar la esencia real del personaje —no su caricatura— habrá hecho algo más valioso que nostalgia. Habrá creado algo que merece existir por derecho propio.
Y esa sería la verdadera aventura.

