Timothée Chalamet Humillado en los Oscar: Nadie Quiere Hablar de Esto

Una gala de Oscar llena de decisiones absurdas, fallos técnicos y campañas millonarias donde Timothée Chalamet se queda injustamente sin estatuilla.

✍🏻 Por Tomas Velarde

marzo 16, 2026

• La 98ª edición de los Oscar deparó sorpresas desconcertantes, con «One Battle After Another» alzándose con la mejor película frente a la favorita «Sinners», y Michael B. Jordan arrebatando el premio al mejor actor a un Timothée Chalamet que merecía el reconocimiento.

• Autumn Durald Arkapaw escribió una página histórica al convertirse en la primera mujer en ganar el Oscar a la mejor fotografía, un logro que llega con décadas de retraso pero que merece celebrarse sin reservas.

• La ceremonia evidenció, una vez más, que la Academia ha perdido el norte, premiando trabajos competentes sobre interpretaciones memorables, mientras problemas técnicos imperdonables empañaban momentos cruciales de la gala.


Hay ceremonias que se recuerdan por sus aciertos, por esos momentos en los que la Academia demuestra tener buen ojo y honra verdaderamente al oficio cinematográfico. Y luego están aquellas galas que quedan grabadas en la memoria colectiva por sus decisiones desconcertantes, por esos giros inesperados que hacen que uno se pregunte si quienes votan han visto realmente las películas nominadas.

La 98ª edición de los Premios Oscar, celebrada hace apenas unas horas, pertenece sin duda a esta segunda categoría.

Desde que las luces del Dolby Theatre se encendieron anoche, quedó claro que nos esperaba una velada de sorpresas. No de esas sorpresas gratas que te reconcilian con el cine contemporáneo, sino de aquellas que te hacen añorar los tiempos en que la Academia premiaba con criterio y coherencia narrativa.

Porque cuando Timothée Chalamet, tras una interpretación que muchos considerábamos memorable en «Marty Supreme», regresa a casa con las manos vacías, uno no puede sino preguntarse qué demonios está pasando en Hollywood.

El triunfo inesperado de «One Battle After Another»

«One Battle After Another» se alzó con seis estatuillas, incluida la codiciada mejor película, en lo que supone una de las victorias más sorprendentes de los últimos años.

No es que la cinta carezca de méritos —sería injusto afirmarlo sin matices—, pero su triunfo sobre «Sinners», que partía como favorita con un mayor número de nominaciones, resulta cuando menos cuestionable.

La película de Ryan Coogler, «Sinners», se llevó cuatro premios, una cifra respetable pero insuficiente para quien aspiraba a dominar la noche. Aquí conviene detenerse un momento para reflexionar sobre cómo la Academia distribuye sus favores: a menudo premia el volumen sobre la sustancia, la ambición desmedida sobre la ejecución impecable.

Michael B. Jordan y el desaire a Chalamet

Si hay un momento que define esta gala es, sin duda, el anuncio de Michael B. Jordan como mejor actor por su doble papel en «Sinners».

No me malinterpreten: Jordan es un intérprete competente, con presencia y carisma. Pero su victoria sobre Timothée Chalamet representa uno de esos veredictos que hacen tambalear la fe en el juicio crítico de la Academia.

Chalamet había ofrecido en «Marty Supreme» una interpretación de esas que recuerdan por qué el cine es un arte de matices, de gestos contenidos, de silencios elocuentes. Verle regresar a casa sin ningún reconocimiento resulta tan desconcertante como cuando la Academia ignoró a Hitchcock durante décadas.

La historia del cine está plagada de estos desatinos, y anoche sumamos uno más a la lista.

Un hito histórico en fotografía

Entre tanto desconcierto, hubo al menos un momento digno de celebración genuina.

Autumn Durald Arkapaw se convirtió en la primera mujer, y la primera mujer de color, en ganar el Oscar a la mejor fotografía por su trabajo en «Sinners». Este es el tipo de reconocimiento que trasciende la mera estadística para convertirse en símbolo.

La fotografía, ese arte de pintar con luz que Gregg Toland elevó a la categoría de poesía visual en «Ciudadano Kane», ha sido durante demasiado tiempo un coto vedado para las mujeres.

Que Arkapaw rompa ese techo de cristal con un trabajo que demuestra dominio técnico y sensibilidad artística es motivo de satisfacción. Aunque uno no puede evitar preguntarse por qué ha tardado tanto en llegar este momento.

El desaire a Francine Maisler

Si la victoria de Arkapaw fue histórica, la derrota de Francine Maisler en la categoría inaugural de mejor casting resultó incomprensible.

Maisler, cuya trayectoria en la industria merece respeto y admiración, parecía la candidata natural para estrenar este galardón. En su lugar, Cassandra Kulukundis se llevó la estatuilla por «One Battle After Another».

El casting es un arte invisible, como el montaje o el diseño de sonido. Cuando está bien hecho, no se nota; simplemente funciona. Maisler ha demostrado durante décadas que entiende esto mejor que nadie.

Otras categorías y momentos destacados

En la categoría de mejor documental, «Mr Nobody Against Putin» derrotó a «The Perfect Neighbor», el favorito de Netflix que había acaparado titulares durante semanas. Aquí la Academia acertó, aunque sea por casualidad. El cine documental no debería ser rehén de las plataformas de streaming y sus campañas millonarias.

El cortometraje de acción real produjo apenas el séptimo empate en la historia de los Oscar, con «The Singers» y «Two People Exchanging Saliva» compartiendo la estatuilla. Estos empates, raros como eclipses, suelen ser síntoma de una Academia dividida, incapaz de alcanzar consenso.

Kieran Culkin, al recoger su premio, lanzó una pulla ingeniosa sobre la ausencia de Sean Penn: «No pudo estar aquí esta noche, o no quiso estarlo». El comentario, cargado de ironía, fue uno de los escasos momentos de espontaneidad en una ceremonia por lo demás previsible en su formato.

Desastres técnicos imperdonables

La gala sufrió problemas técnicos que habrían avergonzado a cualquier estudiante de primer año de cinematografía. Planos torcidos, ángulos torpes, una cámara que parecía manejada por manos inexpertas durante el homenaje a Rob Reiner.

Pero lo más lamentable fue el desastre de sonido que arruinó el emotivo discurso de Barbra Streisand sobre Robert Redford, ahogado por un piano excesivamente presente en la mezcla.

Estos fallos técnicos en una ceremonia de semejante calibre resultan inaceptables. Uno recuerda las galas impecablemente ejecutadas de antaño y se pregunta qué ha pasado con el rigor profesional.

Y por si fuera poco, la saturación publicitaria de Burger King —con su campaña de ser «menos terribles ahora»— convirtió la ceremonia en un ejercicio de resistencia ante el bombardeo comercial.


Mientras apago el televisor y reflexiono sobre lo presenciado, no puedo evitar cierta melancolía. Los Oscar fueron en otro tiempo el termómetro fiable del buen cine, la ceremonia donde se honraba genuinamente al oficio.

Hoy son un espectáculo errático, donde los méritos artísticos compiten en desventaja con las campañas millonarias y las modas pasajeras. Que Chalamet regrese con las manos vacías mientras otros se llevan estatuillas por trabajos competentes pero no excepcionales es síntoma de una institución que ha perdido el norte.

Aun así, seguiremos viendo la ceremonia cada año, porque en el fondo, incluso en sus peores momentos, los Oscar nos recuerdan que el cine importa. Aunque a veces, como anoche, uno desearía que la Academia demostrara estar a la altura de esa responsabilidad histórica.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

Third Card
{"email":"Email address invalid","url":"Website address invalid","required":"Required field missing"}
>