The Drama: Comedia negra con Robert Pattinson y Zendaya que se queda a medias

Kristoffer Borgli dirige The Drama, una comedia incómoda con Robert Pattinson y Zendaya. La película explora el miedo al compromiso a través de un secreto extremo, aunque su ambición la lastra.

✍🏻 Por Tomas Velarde

abril 1, 2026

The Drama es una comedia negra de Kristoffer Borgli con Robert Pattinson y Zendaya, donde un novio entra en crisis tras descubrir que su prometida estuvo a punto de cometer un tiroteo escolar en su adolescencia.

• La película tropieza con su propia ambición al recurrir a una premisa tan extrema que resulta inverosímil, cuando el simple miedo al compromiso habría bastado para sostener su sátira sobre las relaciones.

• Pattinson salva el conjunto con una interpretación notable de descenso a la neurosis, mientras Zendaya queda lamentablemente desaprovechada en un papel secundario.


Hay algo profundamente inquietante en el cine contemporáneo que confunde la provocación con la profundidad. Kristoffer Borgli, director noruego que ya nos había mostrado su particular visión del absurdo en Sick of Myself y Dream Scenario, regresa con The Drama, una comedia incómoda que pretende explorar la ansiedad prenupcial a través de un dispositivo narrativo tan extremo que roza lo inverosímil.

La pregunta que uno se hace es si realmente necesitamos recurrir a confesiones sobre tiroteos escolares para hablar del miedo al compromiso.

El encuentro y la mentira fundacional

La película arranca con Charlie (Robert Pattinson), un conservador de museo británico, conociendo a Emma (Zendaya) en una cafetería. Desde el primer plano, Borgli establece el tono nervioso, casi febril, que caracterizará toda la cinta.

Charlie recurre al engaño para acercarse a ella, una pequeña mentira que funciona como presagio de todo lo que vendrá.

Pattinson, hay que reconocerlo, entiende perfectamente el registro. Su Charlie es un manojo de tics, de miradas esquivas, de gestos contenidos que amenazan con desbordarse en cualquier momento. Es una interpretación física, casi expresionista en ciertos momentos.

La confesión que lo cambia todo

El conflicto central emerge durante una cena previa a la boda, en uno de esos juegos reveladores que solo existen en el cine y que ninguna persona cuerda propondría en la vida real. Los invitados deben compartir sus peores secretos.

Emma confiesa entonces que a los quince años, víctima de acoso escolar y aislamiento, estuvo a punto de cometer un tiroteo en su instituto. No fue solo una fantasía pasajera. Consiguió la escopeta de su padre, elaboró planes, practicó con el arma hasta el punto de perder audición en un oído.

Solo las circunstancias, nos dice, impidieron que lo llevara a cabo. La revelación cae como una bomba sobre la mesa, y especialmente sobre Charlie, que comienza un descenso hacia la duda y la paranoia.

El problema conceptual

Aquí es donde la película tropieza con su propia ambición. La intención satírica es evidente: Borgli quiere explorar hasta qué punto conocemos realmente a nuestras parejas, cuánto pasado podemos aceptar, dónde trazamos la línea entre la comprensión y el horror.

Son preguntas legítimas, sin duda. Pero el dispositivo elegido resulta tan extremo, tan improbable, que amenaza con colapsar toda la estructura.

Recuerdo las obras maestras de Billy Wilder, cómo en El apartamento lograba diseccionar la soledad urbana y la desesperación romántica sin necesidad de artificios sensacionalistas. Borgli, en cambio, opta por el golpe de efecto, por la revelación escandalosa que pretende justificar todo lo que viene después.

Esa falta de confianza en la sutileza debilita considerablemente el conjunto.

La escalada del absurdo

Dicho esto, hay que reconocer que el director noruego sabe cómo orquestar la incomodidad. A medida que avanza el metraje, la película incorpora elementos cada vez más perturbadores: Emma descubre a su DJ consumiendo heroína, hay escenas recurrentes de vómitos, un instructor de baile nupcial excesivamente autoritario que funciona como sátira de toda esa industria de la felicidad prefabricada.

La fotografía emplea saltos de montaje rápidos y una iluminación hiperrealista que acentúa la sensación de pesadilla diurna.

Hay momentos en los que Borgli logra ese tono particular, esa mezcla de comedia y horror existencial que caracteriza al mejor cine escandinavo. Pero son destellos en medio de una narrativa que a menudo se siente forzada.

Pattinson en caída libre

Si algo salva a The Drama de convertirse en un ejercicio puramente conceptual es la interpretación de Robert Pattinson. Su transformación progresiva, de hombre nervioso pero funcional a criatura completamente desquiciada, está ejecutada con precisión quirúrgica.

Hay una escena particularmente incómoda en la que hace insinuaciones agresivas a su asistente en el museo que demuestra hasta dónde está dispuesto a llevar el personaje.

Pattinson ha demostrado en los últimos años —desde Good Time hasta The Lighthouse— que posee un rango dramático considerable y una valentía interpretativa poco común en actores de su generación. Aquí vuelve a confirmarlo, entregándose sin reservas a un papel que podría haber resultado caricaturesco en manos menos hábiles.

Zendaya desaprovechada

Lamentablemente, Zendaya queda relegada a un papel secundario pese a compartir cartel. Su Emma funciona principalmente como catalizador del colapso de Charlie, como la figura enigmática cuyo pasado desencadena la acción, pero rara vez se le permite desarrollar una verdadera complejidad.

Zendaya posee carisma innegable y ha demostrado capacidad dramática en otros proyectos, pero aquí Borgli la utiliza como contrapunto, como la parte «cuerda» frente a la desintegración de Pattinson.

Es una decisión narrativa comprensible pero frustrante, especialmente considerando el potencial sin explotar del personaje.

El desenlace nupcial

La secuencia final de la boda cumple, al menos, con las expectativas generadas por todo lo anterior. Sin revelar detalles específicos, diré que Borgli lleva su premisa hasta sus últimas consecuencias lógicas, ofreciendo un clímax que justifica parcialmente el viaje hasta allí.

Pero ese «parcialmente» es importante: el camino recorrido está plagado de artificios y convencionalismos que debilitan el impacto final.


The Drama plantea preguntas interesantes sobre el conocimiento mutuo en las relaciones, sobre los límites de la aceptación y sobre la construcción social del matrimonio. Pero las responde con una estridencia que traiciona la complejidad de esas mismas preguntas.

Hay talento evidente tanto delante como detrás de la cámara, y momentos en los que la película alcanza ese tono único de comedia existencial que busca. Pero son solo eso: momentos.

Me pregunto qué habría resultado si Borgli hubiera confiado más en la sutileza, si hubiera permitido que la ansiedad prenupcial se manifestara desde lo cotidiano en lugar de desde lo sensacionalista. Porque al final, el verdadero drama de cualquier compromiso no reside en los secretos oscuros del pasado, sino en la pregunta mucho más simple y aterradora: ¿puedo realmente compartir mi vida con otra persona?

Esa pregunta, me temo, sigue esperando una respuesta cinematográfica a su altura.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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