• Stranger Things cierra con un epílogo extenso inspirado en El Retorno del Rey, demostrando que el final de una historia es tanto sobre las personas como sobre la trama.
• Los Duffer Brothers entienden algo fundamental: en una era de cancelaciones abruptas y contenido desechable, tomarse tiempo para despedirse es un acto de resistencia cultural.
• Este tipo de cierre plantea una pregunta incómoda sobre nuestra relación con las narrativas: ¿hemos olvidado que las historias merecen terminar con dignidad?
Hay algo en la naturaleza humana que se resiste al cierre. Peter Jackson lo sabía cuando filmó El Retorno del Rey. La película no termina cuando el anillo cae al fuego. Termina cuando Sam abre la puerta de su casa y dice: «Ya he vuelto». Algunos lo criticaron como excesivo. Yo siempre lo vi como un acto de honestidad: las historias no acaban cuando vences al villano, sino cuando comprendes qué ha cambiado en ti.
Los Duffer Brothers han elegido el mismo camino para cerrar Stranger Things. Y en una industria diseñada para el consumo rápido y el olvido inmediato, esa decisión dice más sobre nosotros que sobre la serie.
El tiempo como herramienta narrativa
El episodio final dura dos horas. No porque la batalla se alargue innecesariamente, sino porque después del clímax —que llega de forma inesperada— la serie respira. Matt Duffer confirmó que pensaron constantemente en Jackson mientras escribían estos últimos minutos. No querían un fundido a negro abrupto. Querían habitar el adiós.
El epílogo salta adelante en el tiempo. Los personajes han tomado caminos distintos: algunos se han ido, otros se han quedado, todos han cambiado. Son detalles pequeños, pero necesarios. Después de una década acompañándolos, merecemos saber que están en algún sitio. Que la historia continúa, aunque ya no la veamos.
Me recuerda a algo que pensé viendo Arrival por tercera vez. Louise dice «a pesar de saber el viaje, y adónde me lleva, lo acepto». Stranger Things no es ciencia ficción conceptual, pero comparte esa voluntad de explorar lo humano a través de lo fantástico. Y su final entiende que lo importante no es solo cómo termina la amenaza, sino cómo terminan las personas.
Lo que dice sobre nosotros
Vivimos en la era del contenido infinito. Series canceladas sin aviso. Historias que quedan colgadas. Finales apresurados porque los algoritmos dicen que la gente pierde interés después del minuto cuarenta.
Stranger Things tuvo el privilegio de saber cuándo terminaba. Y usó ese privilegio no para alargar artificialmente, sino para honrar algo que hemos olvidado: el contrato emocional con la audiencia. Eso es lo que hace El Retorno del Rey tan especial. Ambos entienden que una historia no es solo su trama, sino las vidas que toca.
Los créditos finales incluyen un montaje ilustrado que recorre toda la serie. Es nostálgico, sí. Pero también es un reconocimiento de que el viaje importa tanto como el destino. En una cultura donde todo está diseñado para dejarte con ganas de más —para que vuelvas, para que consumas la siguiente temporada, el siguiente spin-off— hay algo profundamente subversivo en una historia que simplemente dice: «Esto es todo. Y está bien así».
La valentía del cierre
Hay finales que se apresuran porque temen aburrir. Y hay finales que se toman su tiempo porque saben que lo que están cerrando importa.
Stranger Things eligió lo segundo. No inventaron esta forma de cerrar historias, pero la han recordado en un momento en que hacía falta. Porque a veces, lo más valiente que puede hacer una narrativa no es sorprendernos con un giro final, sino dejarnos ir con cuidado.
Como Sam volviendo a casa. Como Louise aceptando el viaje. Como nosotros, apagando la pantalla, sabiendo que algo terminó, pero que lo que dejó en nosotros permanece.
En una era donde el streaming ha convertido las historias en productos infinitamente extensibles, donde cada final es potencialmente el comienzo de otra cosa, Stranger Things se atreve a ser finito. Y eso, paradójicamente, es lo que lo hace memorable.

