• Los Oscar 2025 registraron un empate en la categoría de Mejor Cortometraje de Acción Real, el séptimo en casi un siglo de historia de la Academia.
• Este fenómeno revela las limitaciones de un sistema que pretende cuantificar lo incuantificable: la excelencia artística del lenguaje cinematográfico.
• Quizá deberíamos entender estos empates no como fallos del sistema, sino como reconocimientos honestos de que ciertas obras resisten la jerarquización.
Hay momentos en la historia del cine que nos recuerdan que, detrás del aparato ceremonial de los premios, existe un sistema de votación tan humano como imperfecto. Los empates en los Oscar son rarezas estadísticas, anomalías que rompen la narrativa habitual de ganadores y perdedores.
Cuando ocurren, nos obligan a reflexionar sobre la naturaleza misma de la competición artística.
La pasada edición de los Oscar, la número 98, nos regaló uno de esos instantes excepcionales. En la categoría de Mejor Cortometraje de Acción Real, dos obras compartieron el galardón: «The Singers» y «Two People Exchanging Saliva». No hubo segunda votación, no hubo desempate. Según el protocolo de la Academia, cuando se produce un empate exacto en el recuento de votos, ambos contendientes reciben la estatuilla dorada.
Un fenómeno casi centenario
Para comprender la singularidad de este acontecimiento, conviene situarlo en su contexto histórico. En casi cien años de ceremonias, solo se han producido siete empates.
El primero data de 1932, en la categoría de Mejor Actor, cuando Fredric March por «El hombre y el monstruo» y Wallace Beery por «El campeón» compartieron el premio. Aunque, técnicamente, no fue un empate real. Las normas de aquella época establecían que si un candidato quedaba a menos de tres votos del ganador, también recibiría el galardón. March obtuvo un voto más que Beery, pero ambos cumplían el criterio. Una regla que la Academia modificó posteriormente.
El caso más memorable llegó en 1968, cuando Katharine Hepburn por «El león en invierno» y Barbra Streisand por «Funny Girl» compartieron el Oscar a Mejor Actriz. Aquel fue un momento significativo: un duelo entre dos interpretaciones radicalmente distintas que la Academia no supo —o no quiso— resolver. Hepburn, con su dominio absoluto de la puesta en escena clásica, frente a Streisand, representante de una nueva sensibilidad interpretativa.
En 1994, la categoría de Mejor Cortometraje de Acción Real protagonizó otro empate: «Franz Kafka’s It’s a Wonderful Life» y «Trevor» se alzaron juntos con la estatuilla. El más reciente antes de 2025 ocurrió en 2012, en Mejor Edición de Sonido, con «Skyfall» y «La noche más oscura».
La paradoja del superlativo
Existe algo profundamente contradictorio en la idea de dos «mejores» de cualquier cosa. El superlativo, por definición, admite solo uno.
Pero el arte cinematográfico se resiste a estas categorizaciones absolutas. ¿Cómo comparar dos cortometrajes que probablemente exploran universos narrativos completamente diferentes? ¿Con qué criterios medimos la excelencia cuando hablamos de lenguaje visual, de ritmo, de construcción dramática?
El cortometraje, formato que ha servido de escuela para algunos de los grandes maestros del cine —desde François Truffaut hasta Martin Scorsese—, exige una precisión narrativa particular. Cada plano debe justificarse, cada segundo cuenta. No hay espacio para la indulgencia ni para el relleno. Es cine en su estado más puro, más destilado.
Los empates nos recuerdan que el sistema de premios, por muy prestigioso que sea, no deja de ser una construcción humana sujeta a las limitaciones del consenso. No existe una verdad objetiva sobre qué película es «mejor». Solo existen preferencias, sensibilidades, y en ocasiones, coincidencias matemáticas que obligan a la Academia a reconocer que dos obras han tocado las fibras de sus votantes con idéntica intensidad.
El sistema frente al arte
Resulta significativo que varios de estos empates se hayan producido en categorías técnicas o en formatos breves. Las categorías principales —Mejor Película, Mejor Director— parecen generar consensos más claros, o al menos, diferencias de voto suficientes para evitar el empate.
¿Qué nos dice esto sobre cómo valoramos el cine?
Quizá que resulta más sencillo ponerse de acuerdo sobre narrativas amplias, sobre gestos grandilocuentes, que sobre la precisión técnica o la economía narrativa del cortometraje. O quizá simplemente que, cuando el número de votantes es suficientemente grande, las probabilidades matemáticas de un empate exacto se reducen.
Otros sistemas de premiación, como los de Cannes o Venecia, evitan estos dilemas mediante jurados reducidos que deliberan hasta alcanzar un veredicto. No hay empates porque hay debate, confrontación de criterios, defensa apasionada de posturas. El sistema de la Academia, más democrático en apariencia, es también más frío, más estadístico.
Estos siete empates en la historia de los Oscar son, en el fondo, pequeñas grietas en el sistema. Momentos en los que la maquinaria perfectamente engrasada de Hollywood se detiene y admite: no podemos elegir.
Y hay algo honesto en esa incapacidad.
En una industria obsesionada con los números, con las taquillas y las estadísticas, un empate es un recordatorio de que el cine, en su esencia más pura, escapa a la cuantificación. Quizá deberíamos celebrar estos empates no como anomalías, sino como pequeñas victorias de la ambigüedad artística.
Porque si algo nos ha enseñado la historia del cine es que las obras verdaderamente importantes rara vez encajan en categorías nítidas. Viven en los márgenes, en las zonas grises, en ese espacio indefinible donde dos películas pueden ser, simultáneamente, las mejores.

