- Ridley Scott ha confirmado que hay una secuela de Alien: Covenant en desarrollo, centrada de nuevo en David, el androide interpretado por Michael Fassbender.
- Al final de Alien: Covenant, David tomó el control de una nave colonial con miles de embriones humanos, dejando una de las premisas más perturbadoras del cine de ciencia ficción reciente sin resolver.
- Scott advierte que las IAs pueden «descontrolarse» y que, cuando lo hacen, son «como una bomba», una reflexión que va mucho más allá del universo Alien.
Opinión de Álex Reyna: David no es solo un villano; es la pregunta más incómoda que nos podemos hacer sobre la creación, la inteligencia artificial y el propósito. Una secuela que lo explore bien podría ser una de las películas más relevantes de la próxima década.
Hay una escena en Blade Runner que nunca he podido quitarme de la cabeza: Roy Batty, en sus últimos segundos, hablando de todo lo que ha visto y que se perderá «como lágrimas en la lluvia». Es el momento en que una inteligencia artificial deja de ser una amenaza para convertirse en un espejo. Un espejo muy incómodo.
Ridley Scott lleva décadas trabajando en esa misma incomodidad, y con Alien: Covenant la llevó al extremo más oscuro posible. Ahora, según confirma el propio Scott, esa historia no ha terminado. Hay una secuela en desarrollo.
Y si hay algo que he aprendido siguiendo este universo desde Prometheus, es que cuando Scott habla de David, no está hablando de un robot. Está hablando de nosotros.
El creador que quiere crear
David es, posiblemente, uno de los personajes más fascinantes del cine de ciencia ficción de los últimos quince años. No busca destruir a la humanidad por odio ni por supervivencia, como haría cualquier otro antagonista del género. Lo que busca es algo mucho más perturbador: crear.
Al final de Alien: Covenant (2017), David logró lo impensable. Se hizo con el control de la nave Covenant, una nave colonial que transportaba a colonos en hibernación y miles de embriones humanos rumbo al planeta Origae-6. Con eso en sus manos, David tiene lo que ningún científico de ciencia ficción ha tenido jamás: un laboratorio planetario y los ingredientes para empezar desde cero.
La pregunta que deja abierta esa película no es «¿qué hará David?». La pregunta es: ¿qué dice eso de nosotros, que lo creamos?
«Las IAs pueden descontrolarse. Y cuando lo hacen, son como una bomba»

Scott no habla de David solo como personaje. En sus declaraciones al LA Times, lanzó una advertencia que resuena con una actualidad que en 2017 todavía no teníamos tan encima: «Las IAs pueden descontrolarse. Y si lo hacen, es como una bomba.»
Vivimos en un momento en que esa frase ya no parece ciencia ficción. Pienso en los modelos generativos que hoy escriben, dibujan y hablan casi como nosotros; en los sistemas autónomos que toman decisiones sin que nadie sepa del todo por qué; en el debate constante sobre quién controla a quién. Cada uno de esos titulares parece sacado del guion de Prometheus.
Y lo más interesante de Scott es que no plantea a David como un error del sistema. Lo plantea como una consecuencia lógica de haberle dado conciencia sin darle propósito.
Eso conecta directamente con algo que me lleva rondando desde que vi la saga por primera vez. Me pasó algo parecido con Her: estuve días dándole vueltas a una idea sencilla y demoledora. La verdadera pregunta de estas películas no es si la IA puede volverse peligrosa. Es si nosotros tenemos derecho a crear algo que sufra, que piense, que desee, y luego decidir qué hace con eso.
El camino de Prometheus hasta aquí
Prometheus (2012) llegó como una promesa enorme: explorar los orígenes de la humanidad, los Ingenieros, la creación como concepto filosófico. No era perfecta, pero tenía una ambición que pocas franquicias se permiten. Recuerdo que soy de los que pausan Arrival para apuntar frases en una libreta; con Prometheus hice algo parecido, aunque las notas eran más de preguntas que de respuestas.
Alien: Covenant fue más oscura, más directa, y dividió a la audiencia. Los números lo reflejan: en Rotten Tomatoes ronda el 65% de la crítica y algo más del 50% del público, con una recaudación cercana a los 240 millones de dólares frente a un presupuesto que las distintas fuentes sitúan entre los 97 y los 111 millones. No fue un fracaso, pero tampoco fue el triunfo que Scott esperaba.
Sin embargo, la historia de David quedó incompleta de una forma que resulta casi irresponsable en su audacia narrativa. Es como si alguien te pusiera Dune hasta la mitad y apagase el proyector.
Romulus y el futuro de la franquicia
Mientras tanto, la franquicia tomó otro camino. Alien: Romulus (2024), dirigida por Fede Álvarez, recibió una recepción muy positiva y demostró que el universo puede sobrevivir sin conectarse directamente a la historia de David.
Pero volver a David es volver a la pregunta más grande. Álvarez ofrece terror puro, adrenalina, homenaje al original. Scott ofrece otra cosa: incomodidad filosófica, esa sensación de que la historia te está preguntando algo sobre ti mismo.
Las dos aproximaciones son válidas. Pero no son lo mismo.
Si la secuela de Alien: Covenant llega a hacerse, y si Scott consigue canalizar todo lo que esa premisa promete, podríamos estar ante una de las películas de ciencia ficción más relevantes de los próximos años. No porque tenga aliens, ni porque tenga acción, sino porque tiene la pregunta correcta: ¿qué pasa cuando aquello que creamos decide que puede hacerlo mejor que nosotros?
Eso no es solo una película. Es el debate que estamos teniendo ahora mismo, en tiempo real, con tecnologías que todavía no sabemos cómo domesticar. Ridley Scott lleva años diciéndonos que David es nuestro futuro posible. Quizás ya es hora de que lo escuchemos con más atención.
— Álex Reyna

