• La caza de Gollum busca un Aragorn más joven para su historia ambientada 20 años antes de La Comunidad del Anillo, con audiciones ya en marcha en Londres y Nueva Zelanda.
• Este casting no es solo técnico: es decidir quién heredará un mito, y eso plantea preguntas sobre cómo las historias sobreviven cuando cambian de rostro.
• Peter Jackson vuelve como productor, Andy Serkis dirige y repite como Gollum, e Ian McKellen y Elijah Wood regresan como Gandalf y Frodo.
Regresar a la Tierra Media después de más de una década no es solo nostalgia. Es volver a un universo que nos enseñó que las historias épicas también pueden ser íntimas, que los héroes no siempre llevan corona.

Con La caza de Gollum en marcha, la pregunta es inevitable: ¿qué significa regresar a un lugar que ya conocemos, pero desde un ángulo distinto?
Porque esto no es una secuela ni un remake. Es un intersticio.
Una historia que se cuela entre las grietas de lo que ya vimos, explorando los veinte años que separan El Hobbit de La Comunidad. Y en ese espacio, hay un Aragorn más joven, más perdido quizá, aún sin corona ni certezas.
Un montaraz que todavía no sabe que será rey.
Un casting que define una era
La noticia es clara: Viggo Mortensen no volverá. A sus 67 años, sería imposible pedirle que encarne a un Aragorn veinteañero o treintañero.
Y aunque cuesta imaginar a otro actor en ese papel —porque Mortensen es Aragorn para toda una generación—, también hay algo honesto en esta decisión.
No se trata de estirar la realidad con efectos digitales o de forzar una continuidad imposible. Se trata de encontrar a alguien nuevo.
Las audiciones ya están en marcha en Londres y Nueva Zelanda. No buscan nombres consolidados como Ben Barnes o Sebastian Stan, que según fuentes cercanas al casting se consideran demasiado mayores.
Buscan juventud, frescura, alguien que pueda cargar con este personaje no solo en esta película, sino en las que vengan después.
Porque esto no es un proyecto aislado: es el inicio de una nueva etapa para la Tierra Media en cine.
Y eso me hace pensar en lo que significa heredar un mito. Quien sea elegido no solo interpretará a Aragorn: interpretará nuestra memoria de él, nuestra expectativa, nuestro apego emocional a un personaje que ya forma parte del imaginario colectivo.
Es como cuando J.J. Abrams tuvo que recastear a Kirk y Spock para Star Trek (2009). No se trataba solo de encontrar buenos actores, sino de entender qué representaban esos personajes para millones de personas.
Chris Pine no intentó ser William Shatner. Construyó su propia versión del personaje, respetando el ADN pero aportando algo nuevo.
Eso es lo que necesita este nuevo Aragorn: no una imitación, sino una reinterpretación.
Volver a Gollum, volver al origen
Andy Serkis no solo dirige: vuelve a ponerse en la piel —o mejor dicho, en la captura de movimiento— de Gollum.
Y tiene sentido. Si hay un personaje que encarna la dualidad, la obsesión, la fragilidad del poder y la corrupción del deseo, es él.
Gollum no es solo un villano ni una víctima: es un espejo roto de lo que todos podríamos ser si nos aferramos demasiado a lo que creemos que nos completa.
Ian McKellen ya confirmó que el rodaje arranca en mayo, y que la historia gira en torno a Gollum, aunque también aparecerán Gandalf y Frodo.
Eso plantea preguntas interesantes: ¿cómo encajan estos personajes en una línea temporal previa a La Comunidad? ¿Qué busca Gandalf? ¿Qué sabe Frodo?
¿O estamos ante flashbacks, visiones, recuerdos?
El guion corre a cargo de Philippa Boyens y Fran Walsh, las mismas que ayudaron a construir la trilogía original. Eso da confianza.
Conocen la Tierra Media no solo como un escenario, sino como un ecosistema narrativo donde cada decisión tiene peso.
El puente entre dos eras
Lo que más me intriga de La caza de Gollum es su naturaleza de puente.
No es una precuela pura ni una secuela disfrazada. Es un enlace. Un intento de conectar dos trilogías que, seamos honestos, no siempre encajaron del todo bien.
El Hobbit tuvo momentos brillantes, pero también excesos, decisiones cuestionables, un tono que a veces se alejaba de la sobriedad de El Señor de los Anillos.
Esta película tiene la oportunidad de reconciliar esos mundos.
De mostrar cómo Aragorn pasó de ser Trancos a ser rey. De explorar la búsqueda de Gollum no como una misión épica, sino como un rastreo silencioso, oscuro, lleno de dudas.
De recordarnos que antes de las batallas y las coronas, hubo años de incertidumbre.
Y eso, en el fondo, es lo que siempre hizo grande a Tolkien: no solo construir mundos, sino habitar el tiempo. Sus historias no son solo eventos: son procesos.
El cine, cuando lo entiende, puede capturar esa misma pausa, esa misma respiración.
Volver a la Tierra Media no es solo un ejercicio de nostalgia. Es una invitación a repensar lo que creíamos saber, a explorar los márgenes de una historia que siempre tuvo más capas de las que alcanzamos a ver en pantalla.
La caza de Gollum llega en un momento en que el cine de fantasía parece atrapado entre la repetición y la reinvención.
Y quizá esta película pueda recordarnos que hay espacio para ambas cosas si se hace con honestidad.
El casting de un nuevo Aragorn no es solo una decisión técnica: es un acto de fe. En el cine, en las historias, en nuestra capacidad de aceptar que los mitos pueden tener nuevas caras sin perder su esencia.
Yo, que pausé Arrival para apuntar frases y me quedé días pensando en Her, espero que esta película entienda que lo importante no es solo quién lleva la espada, sino qué lleva dentro.

