• Anderson logra su primer BAFTA a mejor película con «One Battle After Another», cerrando años de injustas omisiones por parte de la Academia británica.
• Su defensa del cine contemporáneo me recuerda por qué ciertos directores merecen ser considerados herederos legítimos de los grandes maestros del séptimo arte.
• La película, inspirada en Pynchon y con trece nominaciones al Oscar, demuestra que el cine de autor riguroso aún puede conectar con el público.
Hay momentos en la historia del cine en los que un director no solo recoge un premio, sino que aprovecha el estrado para recordarnos por qué este arte sigue siendo vital. La noche del domingo en los BAFTA fue uno de esos instantes.
Paul Thomas Anderson, ese artesano meticuloso que lleva décadas construyendo una filmografía tan personal como rigurosa, subió al escenario para recoger el galardón a mejor película por «One Battle After Another». Y lejos de limitarse a los agradecimientos de rigor, lanzó un mensaje directo a todos aquellos que se empeñan en proclamar la muerte del cine.
No es la primera vez que escuchamos el lamento de que «ya no se hacen películas como antes». Es un estribillo tan viejo como el propio medio, repetido generación tras generación. Pero cuando un cineasta de la talla de Anderson toma la palabra para defender el presente del séptimo arte, conviene prestar atención.
La defensa del cine contemporáneo desde la trinchera del oficio
«Quien diga que las películas ya no son buenas, que se vaya a la mierda», declaró Anderson al recoger el premio. Una contundencia poco habitual en estos escenarios, pero que encierra una verdad fundamental: el cine sigue vivo, sigue siendo capaz de conmovernos, de hacernos pensar, de capturar la complejidad de nuestro tiempo.
No se trata de un arrebato caprichoso. Anderson sabe de lo que habla. Lleva décadas demostrando que es posible hacer cine de autor sin renunciar a la ambición narrativa, que se puede ser riguroso sin resultar hermético. Como Wilder supo hacer en «El crepúsculo de los dioses», Anderson entiende que la puesta en escena puede ser tan elocuente como los diálogos.
En su discurso, el director citó a Nina Simone: «Sé lo que es la libertad, es no tener miedo». Y añadió: «Así que sigamos haciendo cosas sin miedo». Es precisamente esa valentía la que ha caracterizado siempre su trabajo, desde «Boogie Nights» hasta «Phantom Thread», pasando por la monumental «There Will Be Blood».
«One Battle After Another»: una batalla ganada
La película que le ha valido este reconocimiento está inspirada libremente en «Vineland», la novela de Thomas Pynchon. La elección no es casual. Pynchon representa un desafío formidable para cualquier cineasta, y adaptar su prosa requiere no solo talento, sino también una comprensión profunda del lenguaje cinematográfico.
La trama sigue a un grupo de ex revolucionarios que se reúnen para rescatar a la hija de un camarada cuando un viejo enemigo reaparece. El título captura con precisión el estado actual de las cosas: una sucesión interminable de conflictos, una sensación de que cada victoria es efímera.
El reparto es formidable: Leonardo DiCaprio, Sean Penn, Benicio Del Toro, Regina Hall, Teyana Taylor y la revelación Chase Infiniti. Anderson siempre ha sabido extraer lo mejor de sus actores. Penn, de hecho, se llevó el BAFTA a mejor actor de reparto, uno de los múltiples galardones que cosechó la película durante la noche.
Un triunfo largamente esperado
Para Anderson, este premio representa algo más que un reconocimiento. Es su primer BAFTA a mejor película, a pesar de haber sido nominado anteriormente por obras maestras como «There Will Be Blood» y «Licorice Pizza».
«One Battle After Another» llegó a la ceremonia con catorce nominaciones y se marchó con múltiples estatuillas: mejor película, mejor director, mejor guion adaptado para Anderson, y mejor actor de reparto para Penn, entre otros.
El film también ha recibido trece nominaciones a los Oscar, lo que lo convierte en uno de los favoritos de la temporada. Pero más allá de los premios, lo verdaderamente significativo es que Anderson ha conseguido lo que pocos logran: hacer una película personal, comprometida, formalmente impecable, y que al mismo tiempo conecta con el público y la crítica.
El cine como acto de resistencia
En la rueda de prensa posterior a la ceremonia, Anderson reflexionó sobre el estado del mundo. Reconoció que la sociedad necesita otra revolución, aunque idealmente una que se lleve a cabo sin violencia. Es una declaración que resuena con fuerza en el contexto actual.
El cine siempre ha sido un espejo de su tiempo. Los grandes directores —Hitchcock, Kubrick, Bergman, Wilder— supieron capturar la angustia, las contradicciones, los anhelos de sus épocas. Anderson se inscribe en esa tradición. No hace películas de evasión, sino de confrontación.
Su defensa del cine contemporáneo no es, por tanto, una simple reacción airada. Es un recordatorio de que el séptimo arte sigue siendo un territorio de libertad, de exploración, de riesgo. Y que mientras haya cineastas dispuestos a trabajar sin miedo, el cine seguirá estando vivo.
La victoria de Paul Thomas Anderson en los BAFTA es, en el fondo, una victoria del cine entendido como oficio, como arte, como compromiso. En una época en la que las plataformas de streaming amenazan con convertir las películas en contenido intercambiable, la existencia de cineastas como Anderson es un bálsamo.
Nos recuerda que el cine puede ser algo más que un producto de consumo rápido, que puede aspirar a la trascendencia sin renunciar a la emoción. Porque mientras haya directores capaces de conjugar ambición narrativa, rigor formal y valentía artística, el cine seguirá siendo ese espacio privilegiado donde podemos enfrentarnos a nosotros mismos, a nuestro tiempo, a nuestras contradicciones.
Y eso, en definitiva, es lo que siempre ha hecho grande al séptimo arte.

