Pixar ya no es Pixar: ‘Hoppers’ desnuda su decadencia creativa

‘Hoppers’ quiere ser eco‑fábula emotiva, pero su caos de tono y estructura revela que Pixar ya no domina el lenguaje del cine como antes.

✍🏻 Por Tomas Velarde

marzo 3, 2026

Hoppers confirma que Pixar puede tropezar incluso con buenas intenciones: un mensaje ecologista loable naufraga en una estructura narrativa que no logra encontrar su propio tono.

• La indecisión formal de la película —que oscila entre el documental naturalista y la comedia desatada— revela una falta de rigor en la puesta en escena que traiciona los principios fundamentales del oficio cinematográfico.

• Pese a contar con momentos emotivos y un reparto vocal notable, esta propuesta irregular queda muy lejos de los estándares de excelencia que han definido históricamente al estudio.


Hay algo profundamente revelador en el hecho de que Pixar, el estudio que nos regaló la perfección estructural de Toy Story y la complejidad emocional de Inside Out, tropiece ahora con una propuesta tan desigual como Hoppers.

No hablo desde el esnobismo ni desde esa nostalgia fácil que idealiza el pasado, sino desde la convicción de quien ha visto cómo el cine de animación puede alcanzar la categoría de arte mayor cuando se respetan los principios fundamentales del oficio: coherencia narrativa, rigor en la puesta en escena y, sobre todo, honestidad en el discurso.

Porque Hoppers plantea interrogantes que trascienden su propia existencia como producto cultural. ¿Cuántas veces puede un estudio recurrir al mismo esquema antes de que la fórmula se agote? La respuesta, me temo, reside en la sustancia, no en la superficie. Y es precisamente ahí donde esta película revela sus fisuras más preocupantes.


El argumento: una premisa con potencial desaprovechado

La historia nos presenta a Mabel, una joven de diecinueve años —interpretada vocalmente por Piper Curda— cuyo amor por la naturaleza la lleva a enfrentarse a un alcalde oportunista (Jon Hamm) empeñado en arrasar un estanque para construir una autopista.

Hasta aquí, nada que objetar. El conflicto entre desarrollo urbano y conservación natural ha dado pie a obras memorables, desde el cine de Miyazaki hasta documentales de Herzog.

El problema surge cuando el guion, firmado por el director Daniel Chong, introduce el elemento fantástico: unos robots con forma de animales llamados «hoppers» que permiten transferir la consciencia humana a sus cuerpos mecánicos.

La idea, en sí misma, no carece de interés. Recuerda vagamente a aquellas exploraciones filosóficas sobre la identidad que Mamoru Oshii planteaba en Ghost in the Shell, aunque evidentemente con un registro muy distinto.

Mabel se introduce en el cuerpo de un castor robótico para comunicarse con los animales y repoblar el estanque, encontrándose con el Rey George, un castor bonachón interpretado con gracia por Bobby Moynihan.

Problemas de tono y estructura

Aquí es donde la película comienza a desmoronarse. Chong parece incapaz de decidir qué tipo de obra quiere dirigir.

El filme arranca con una solemnidad casi documental, flirtea después con el misterio científico, para terminar despeñándose en una comedia desatada que roza lo absurdo.

Esta indecisión tonal no es un mero capricho estilístico. Es un problema estructural que afecta a la médula de la narración.

Los grandes maestros —pienso en Wilder, en Lubitsch— sabían que el tono es arquitectura, no decoración. Cuando cambias de registro sin justificación dramática, traicionas el pacto implícito con el espectador.

La animación misma refleja esta esquizofrenia narrativa. Comienza con un realismo visual encomiable, para después derivar hacia un cartoonismo exagerado que busca acompañar los giros argumentales más extremos.

Es como si el estudio hubiera perdido la confianza en su propia propuesta inicial y decidiera, a mitad de camino, convertirla en otra cosa. Observad, por ejemplo, cómo las secuencias iniciales del estanque emplean una paleta cromática naturalista y movimientos de cámara pausados que recuerdan al mejor Pixar de WALL-E.

Pero apenas treinta minutos después, esa misma cámara se vuelve frenética, los colores se saturan, y el montaje adopta un ritmo de comedia televisiva que rompe cualquier atmósfera previamente establecida.

Las virtudes que sobreviven al naufragio

No todo es desastre en Hoppers. Sería injusto no reconocer los aciertos que salpican el metraje.

El trabajo de casting vocal resulta impecable: Bobby Moynihan aporta calidez y humanidad al Rey George, mientras que Dave Franco sorprende con su interpretación de una mariposa cascarrabias que funciona como contrapunto cómico efectivo.

Kathy Najimy, en el papel de la profesora responsable del experimento científico, aporta credibilidad a un personaje que fácilmente podría haber caído en el estereotipo.

Y Karen Huie, como la abuela de Mabel, protagoniza algunas de las escenas más emotivas del filme, esos momentos en los que Pixar recupera brevemente su capacidad para tocar fibras profundas sin caer en el sentimentalismo barato.

El mensaje ecologista, además, se plantea con sinceridad. La película aboga por la empatía hacia todas las criaturas, por expandir nuestra comprensión del mundo más allá de la perspectiva antropocéntrica.

Es un discurso necesario, especialmente en estos tiempos de crisis medioambiental. El problema no reside en el qué, sino en el cómo.

Pixar y el peso de su propio legado

Hoppers llega apenas tres meses después de Zootopia 2, lo que inevitablemente invita a la comparación. Donde la franquicia de Disney construye un universo coherente con sus propias reglas internas, Hoppers parece improvisada.

Falta esa mano firme que caracterizaba a los mejores trabajos de John Lasseter o Brad Bird, directores que entendían que la animación no es un género sino un medio, y que como tal exige el mismo rigor formal que cualquier obra cinematográfica.

Es cierto que Pixar enfrenta expectativas desmedidas. Cada nuevo estreno se mide contra obras maestras como WALL-E o Ratatouille, películas que no solo funcionaban como entretenimiento familiar sino como auténticas reflexiones sobre la condición humana.

Pero estas expectativas no son caprichosas. Nacen del propio legado del estudio, de su capacidad demostrada para elevar el medio.

Hoppers no es un desastre absoluto. Supera con creces aquella fallida El viaje de Arlo y resulta más disfrutable que algunas entregas menores de la saga Cars. Pero queda muy lejos de la excelencia de Buscando a Nemo o de la perfección narrativa de la trilogía original de Toy Story.

El veredicto de un cinéfilo exigente

Si tuviera que situarla en el canon de Pixar, Hoppers ocuparía un lugar incómodo en la zona media-baja, junto a esas películas que funcionan sin brillar, que entretienen sin trascender.

Es cine competente pero olvidable, lo cual resulta especialmente decepcionante viniendo de un estudio que nos enseñó que la animación podía aspirar a mucho más.

El problema fundamental es que Hoppers se conforma con ser una película «sobre» algo —la ecología, la empatía animal— sin convertirse realmente «en» algo. Le falta esa cualidad inefable que distingue las grandes obras: la capacidad de existir más allá de su mensaje explícito.


Quizá el problema no sea tanto la película en sí como lo que representa: la confirmación de que incluso los estudios más prestigiosos pueden perder el rumbo cuando olvidan que el cine, antes que mensaje o espectáculo, es ante todo narración.

Y la narración exige coherencia, estructura, respeto al oficio. Esas virtudes que los maestros clásicos nunca olvidaron y que, ojalá, Pixar recupere en su próxima entrega.

Porque el cine de animación, como cualquier forma de arte cinematográfico, merece algo mejor que la mediocridad bien intencionada.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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