• Paul Thomas Anderson arrasa en los Globos de Oro 2026 con cuatro premios por «One Battle After Another», reafirmando que el cine de autor aún tiene espacio en la industria.
• La ceremonia refleja la fragmentación cultural de nuestro tiempo: premios dispersos, categorías infladas y la inclusión de podcasts que diluye la esencia cinematográfica del evento.
• Entre el ruido mediático y los discursos previsibles, solo perviven las obras genuinas: lo demás es espuma que el tiempo borrará sin piedad.
Hay ceremonias que quedan para el recuerdo por su coherencia estética. Y luego están las demás: aquellas en las que los galardones se reparten sin criterio unificador, reflejando más la fragmentación de nuestro tiempo que una verdadera jerarquía artística.
La 83ª edición de los Globos de Oro pertenece a esta segunda categoría.
Lo estimulante es comprobar que Paul Thomas Anderson, uno de los últimos baluartes del cine de autor norteamericano, sigue imponiéndose en una industria dominada por el espectáculo vacuo. Su victoria con «One Battle After Another» no es casual: es el reconocimiento a quien entiende el cine como lenguaje al servicio de una visión personal.
El triunfo de Anderson: cuando el autor importa
«One Battle After Another» se alzó con cuatro galardones: mejor película de comedia o musical, mejor dirección y mejor guion para Anderson, además de mejor actriz de reparto para Teyana Taylor.
No es la primera vez que Anderson demuestra su maestría. Recordemos obras capitales como «There Will Be Blood» o «The Master». Pero en esta ocasión su sátira sobre la política radical parece haber conectado con el zeitgeist de una manera que sus trabajos más herméticos no siempre consiguen.
Lo interesante es que valida una forma de hacer cine que parecía en peligro: aquella en la que el director controla cada aspecto de la puesta en escena, del ritmo narrativo, de la construcción de personajes. Anderson pertenece a esa estirpe de cineastas que entienden que cada encuadre es una decisión moral y estética.
«Hamnet» y el drama británico de siempre
En la categoría de drama, «Hamnet» se llevó el máximo galardón junto con el premio a mejor actriz para Jessie Buckley. La película explora la vida doméstica de William Shakespeare, un territorio que el cine ha visitado con desigual fortuna.
Buckley parece haber encontrado ese registro de contención emocional que el cine británico maneja con particular destreza desde los tiempos de «Breve encuentro». Es ese tipo de actuación que no busca el aplauso fácil, sino la verdad del personaje, construida desde dentro hacia fuera.
La televisión: cuando la forma se convierte en artificio
En el apartado televisivo, «Adolescence» de Netflix arrasó con cuatro premios. Se trata de una serie limitada sobre una investigación de asesinato filmada en un único plano secuencia continuo.
Y aquí debo detenerme para expresar mi escepticismo.
El plano secuencia, esa herramienta que Hitchcock empleó con propósito dramático en «La soga», que Orson Welles utilizó para abrir «Sed de mal» estableciendo geografía y tensión simultáneamente, se ha convertido en los últimos años en un mero truco publicitario.
¿Sirve realmente a la historia filmarlo todo en continuidad, o es simplemente exhibicionismo técnico? La forma debe estar al servicio del contenido, nunca al revés.
Dicho esto, el reconocimiento a Owen Cooper como mejor actor de reparto merece mención. Con apenas dieciséis años, se convierte en el ganador más joven de esta categoría. Habrá que seguir su trayectoria con atención.
Actuaciones dispersas
El reparto de premios interpretativos evidenció esa dispersión de la que hablaba al inicio. Timothée Chalamet finalmente ganó por «Marty Supreme» tras cuatro nominaciones previas. Wagner Moura triunfó por «The Secret Agent». Rose Byrne por «If I Had Legs I’d Kick You».
Cada uno en su casilla, sin que emerja una narrativa clara sobre qué tipo de interpretación se está valorando.
Chalamet habló de gratitud y de cómo las derrotas pasadas hacían más dulce esta victoria. Es comprensible, aunque uno no puede evitar preguntarse si su triunfo responde a la calidad de su trabajo o simplemente a que «le tocaba».
Mención aparte merece Jean Smart, ganadora de su tercer Globo de Oro por «Hacks». Smart representa esa clase de actriz de oficio, formada en el teatro, capaz de transitar entre comedia y drama con igual solvencia.
La disolución de las fronteras
Por primera vez en su historia, los Globos de Oro reconocieron los podcasts como categoría, con «Good Hang With Amy Poehler» llevándose el galardón inaugural.
Esta decisión me genera sentimientos encontrados.
Entiendo la necesidad de adaptarse a los nuevos formatos de consumo. Pero no puedo evitar ver en ello una dilución peligrosa. Los Globos de Oro nacieron para celebrar el cine y la televisión, artes visuales con sus propias gramáticas y tradiciones.
¿Qué tiene que ver un podcast con eso? Es como si el Festival de Cannes decidiera premiar novelas porque también cuentan historias.
Esta expansión indiscriminada responde más a criterios comerciales que a una verdadera reflexión sobre qué merece ser celebrado y por qué.
Otros reconocimientos
«KPop Demon Hunters» ganó mejor película de animación y mejor canción original. «The Secret Agent» de Brasil se llevó el premio a mejor película internacional. «Sinners», un filme de vampiros ambientado en el sur segregacionista, ganó el premio a mejor logro cinematográfico y de taquilla.
Ricky Gervais ganó su segundo Globo de Oro consecutivo por mejor especial de stand-up con «Mortality». Gervais representa ese tipo de comediante que no teme la controversia, aunque a veces uno tiene la sensación de que busca la provocación por la provocación misma.
Al final, esta edición de los Globos de Oro nos deja con la sensación de haber asistido a una ceremonia que refleja fielmente nuestro tiempo: fragmentada, políticamente consciente hasta la saturación, técnicamente impresionante pero a menudo vacía de verdadero contenido.
El triunfo de Paul Thomas Anderson es un oasis en medio del desierto. El recordatorio de que todavía hay espacio para el cine de autor en una industria cada vez más dominada por el algoritmo y el focus group.
Pero no nos engañemos: estos premios importan cada vez menos para la historia del cine. Lo que perdurará no son los galardones, sino las películas mismas, aquellas que dentro de treinta años seguiremos revisitando porque tienen algo genuino que decirnos sobre la condición humana.
El resto, incluida esta ceremonia con sus categorías infladas y sus discursos previsibles, quedará como una nota al pie en la historia del séptimo arte.
Y quizá sea mejor así.

