• Wolfgang Puck regresa por 32ª vez consecutiva para alimentar a las estrellas en el Governors Ball de los Oscars 2026, con un menú que combina tradición y nuevas propuestas culinarias.
• La atención a las necesidades dietéticas específicas refleja cómo Hollywood adapta sus rituales más glamurosos a una conciencia social cambiante.
• Más allá del espectáculo gastronómico, este evento revela las pequeñas ingenierías que sostienen la ilusión de perfección en una noche para 1.500 personas.
Hay algo fascinante en pensar que mientras el mundo observa quién gana la estatuilla dorada, existe todo un universo paralelo preparándose para alimentar a esas mismas personas. Me pregunto si alguna vez nos detenemos a considerar ese instante: pasar de la euforia del escenario a una sala donde alguien ha pensado en cada detalle, incluso en la textura del helado que comerás a medianoche.
Los Oscars son, en esencia, un ejercicio de construcción de realidades. Y el Governors Ball que sigue a la ceremonia es quizá su manifestación más honesta: un espacio donde la fantasía debe sostenerse no solo con luces y discursos, sino con comida, bebida y la promesa de que todo funcionará sin fisuras.
El arquitecto detrás del festín
Wolfgang Puck lleva 32 años construyendo este ritual. Tres décadas diseñando el menú que cierra la noche más importante del cine. Hay algo reconfortante en esa continuidad, como si cada año fuese una iteración mejorada del anterior.
Sus clásicos permanecen: el pastel de pollo, esos crackers de salmón ahumado con forma de Oscar que son casi un símbolo en sí mismos. Pero este año incorpora novedades que hablan de cómo evolucionan incluso las tradiciones más arraigadas.
La estación de sushi, atendida por cinco chefs que prepararán handrolls, nigiri y pasteles de arroz crujiente, es una de esas adiciones. No es solo comida japonesa en un evento estadounidense; es reconocer que el cine, como la gastronomía, vive de la fusión, del diálogo entre culturas.
Y luego está el strudel de manzana, preparado según la receta de la madre de Puck. Me gusta pensar en ese detalle: en medio de toda la sofisticación, un postre que viene de la memoria familiar, de la cocina de alguien que probablemente nunca imaginó que su receta alimentaría a las estrellas de Hollywood.
La ingeniería de lo perfecto
Lo que realmente me llamó la atención fue la máquina de helado. Byron Puck, hijo de Wolfgang, explicó el desafío: servir helado a 1.500 personas durante toda una noche sin que se convierta en una roca congelada o en un charco derretido.
La solución es una nueva máquina que mantiene la temperatura mientras gira constantemente el helado, preservando esa textura sedosa que esperamos cuando probamos algo hecho desde cero.
Es el tipo de problema que nunca consideramos hasta que alguien lo menciona. Como esos detalles técnicos en las películas que hacen creíble lo imposible. Aquí, la magia no está en efectos visuales sino en termodinámica aplicada a la repostería. Y sin embargo, cumple la misma función: sostener la ilusión.
Adaptarse o quedarse atrás
Hay una anécdota que Puck compartió sobre Joaquin Phoenix en 2020, cuando ganó por Joker. Phoenix y su equipo son veganos, y Puck se aseguró de que tuviesen opciones que no fuesen una ocurrencia de última hora.
Phoenix, según cuenta el chef, le dijo que aquello era «el mejor restaurante vegano del mundo». No sé si lo dijo en serio o con ese tono irónico que Phoenix suele tener, pero el gesto importa.
Porque refleja algo más amplio: cómo las instituciones, incluso las más glamurosas, deben adaptarse a nuevas conciencias. No se trata solo de ofrecer una ensalada triste en un rincón. Se trata de entender que las elecciones personales —dietéticas, éticas, filosóficas— merecen el mismo nivel de atención que cualquier otro aspecto del evento.
Es un pequeño espejo de cómo Hollywood intenta, con mayor o menor éxito, reflejar los cambios sociales que ocurren fuera de sus alfombras rojas.
El ecosistema del lujo
El vino oficial viene de Clarendelle y Domaine Clarence Dillon. El champán, de Piper-Heidsieck. Los cócteles de Tequila Don Julio estarán a cargo de Charles Joly, Lorenzo Antinori y el equipo detrás de Bar Leone en Hong Kong.
Cada nombre es una pieza en un rompecabezas de marcas y talentos que convergen para crear una experiencia que la mayoría de los asistentes probablemente recordará de forma borrosa, entre la adrenalina y el cansancio.
Al final, el Governors Ball es un ejercicio de diseño de experiencias. No muy distinto, en cierto modo, de lo que hace el cine mismo: construir mundos donde cada detalle cuenta, donde nada es accidental.
La diferencia es que aquí no hay cortes ni segundas tomas. Todo debe funcionar en tiempo real, para 1.500 personas que acaban de vivir sus propias narrativas personales en el escenario del Dolby Theatre.
Y quizá eso es lo que más me fascina: que detrás de cada gran espectáculo hay siempre una infraestructura invisible, un ejército de personas resolviendo problemas que el público nunca verá. Como esa máquina de helado que gira en silencio toda la noche, manteniendo la textura perfecta para que alguien, en algún momento entre las 2 y las 3 de la madrugada, pueda disfrutar de un postre que sepa exactamente como debe saber.
Esa, al final, es la verdadera magia: hacer que lo extraordinariamente difícil parezca inevitable.

