James McAvoy protagoniza la adaptación de Meantime de Frankie Boyle

James McAvoy interpreta a un adicto acusado de asesinato en Meantime, la adaptación de la novela de Frankie Boyle para Sky Studios. La serie explora paranoia, adicción y la fragilidad de la verdad en Glasgow.

✍🏻 Por Tomas Velarde

abril 9, 2026

• James McAvoy protagoniza la adaptación de Meantime, la novela del cómico Frankie Boyle, interpretando a un adicto atormentado que se convierte en sospechoso del asesinato de su mejor amigo en Glasgow.

• La serie reúne un reparto notable con Benedict Wong, Mark Bonnar, Christopher Eccleston y Josette Simon, bajo la adaptación del propio Boyle junto a Neil Webster para Sky Studios.

• Este proyecto marca un giro significativo hacia el drama psicológico oscuro para Boyle, alejándose de su territorio habitual en la comedia, lo cual despierta tanto curiosidad como cierto escepticismo sobre su capacidad para sostener la tensión dramática.


Hay algo profundamente inquietante en ver cómo un cómico conocido por su humor corrosivo decide adentrarse en las aguas turbias del drama criminal. Frankie Boyle, cuya lengua afilada ha sido su seña de identidad durante años, ahora nos propone algo completamente distinto: una inmersión en la psique fracturada de un adicto acusado de asesinato.

La pregunta no es si tiene el talento para escribir ficción oscura —su novela Meantime ya demostró que sí— sino si logrará traducir esa oscuridad al lenguaje cinematográfico sin caer en los lugares comunes del género. Hitchcock sabía que el suspense verdadero no reside en el misterio de quién lo hizo, sino en la tensión de lo inevitable. Veremos si Boyle ha aprendido esa lección.

Sky ha apostado fuerte por esta adaptación, y no es difícil entender por qué. Con James McAvoy al frente, un actor que ha demostrado sobradamente su capacidad para habitar personajes al borde del abismo —recordemos su trabajo en Filth—, la serie promete explorar territorios incómodos.


La trama de Meantime se centra en Felix McAveety, un hombre cuya vida ya era un desastre antes de que su mejor amigo apareciera muerto en un parque de Glasgow. McAvoy interpreta a este adicto atormentado que, de repente, se encuentra siendo el principal sospechoso de un asesinato que jura no haber cometido.

Lo interesante aquí —y lo que podría elevar esta serie por encima del thriller criminal convencional— es que no estamos ante un protagonista que simplemente debe demostrar su inocencia. Felix es un personaje profundamente fracturado, cuya propia mente es tan poco fiable como las pruebas que lo incriminan.

Esta ambigüedad moral y psicológica me recuerda inevitablemente a la forma en que Polanski construyó El quimérico inquilino, donde la paranoia del protagonista se convierte en el verdadero motor narrativo. Si se maneja con la delicadeza necesaria, puede convertirse en el corazón de la serie.

El reparto de apoyo es, cuando menos, prometedor. Benedict Wong, cuya presencia en pantalla siempre aporta una gravitas particular, se une a Mark Bonnar y Christopher Eccleston, dos actores británicos de sólida trayectoria.

Pero quien realmente despierta mi curiosidad es Josette Simon en el papel de una ex inspectora de policía convertida en novelista de crimen. Hay algo deliciosamente meta en ese personaje: una detective que ahora escribe ficción criminal ayudando a resolver un crimen real. Si Boyle y Webster saben explotar esa ironía sin caer en la autocomplacencia, podríamos estar ante algo verdaderamente interesante.

Jamie Michie completa el elenco como un amigo impredecible de Felix, un personaje que, sospecho, servirá tanto de apoyo como de obstáculo en la búsqueda desesperada de la verdad por parte del protagonista.


Lo que me genera cierta reserva es precisamente el origen del proyecto. El salto de la comedia al drama no es trivial. Hemos visto demasiados intentos fallidos de cómicos que creen que la oscuridad se logra simplemente eliminando las risas.

El drama verdadero, el que perdura, requiere una comprensión profunda de la estructura narrativa, del ritmo, de los silencios que dicen más que los diálogos. Bergman construyó carreras enteras sobre esos silencios.

Boyle adapta su propia novela junto a Neil Webster, lo cual puede ser tanto una bendición como una maldición. Por un lado, nadie conoce mejor el material que su creador original. Por otro, la adaptación requiere una capacidad de distanciamiento, de matar a tus propios queridos, como decía Faulkner.

La página escrita y la imagen en movimiento son lenguajes distintos. Lo que funciona en una no necesariamente se traduce a la otra. La mise-en-scène no es un mero acompañamiento del texto, sino un lenguaje propio que debe hablar con la misma elocuencia.

Glasgow como escenario es una elección acertada. La ciudad escocesa tiene una textura visual y una atmósfera que se prestan naturalmente al noir contemporáneo. Sus calles grises, su arquitectura industrial, su luz difusa —todo ello puede convertirse en un personaje más si la dirección fotográfica está a la altura.

Pienso en cómo Carol Reed utilizó Viena en El tercer hombre, convirtiendo la ciudad en un laberinto moral. El potencial está ahí, pero requiere una visión directorial clara y comprometida.

Los temas que promete explorar Meantime —adicción, paranoia, la fragilidad de la verdad— son terreno fértil para el drama psicológico. Pero estos temas también han sido explorados hasta la saciedad. La pregunta crucial es: ¿qué tiene esta serie que decir que no hayamos escuchado ya?


McAvoy es, sin duda, un activo valioso, un actor capaz de transmitir vulnerabilidad y peligro en la misma mirada. Si Boyle ha logrado escribir un guion que le dé espacio para explorar esos matices, y si la dirección entiende que el drama psicológico se construye en los detalles —en un temblor de manos, en una pausa incómoda, en la forma en que la luz cae sobre un rostro— entonces podríamos estar ante algo memorable.

La verdadera prueba no será si Meantime es entretenida, sino si perdura. Si sus imágenes permanecen en nuestra memoria, si logra decir algo genuino sobre la condición humana más allá del artificio del género, entonces habrá cumplido su propósito.

Hasta entonces, esperaremos con la curiosidad del cinéfilo, pero también con el rigor crítico que exige el oficio.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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