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Ian McKellen, a sus 87 años, vuelve a encarnar a Magneto en Avengers: Doomsday de los hermanos Russo y, durante el rodaje, gritó «¡Mar-a-Lago!» para canalizar la furia de su personaje en una escena de destrucción.
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El gesto enlaza con años de críticas del actor hacia Donald Trump, sobre todo por su gestión de los derechos del colectivo LGBTQ+ durante su primer mandato.
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Opinión: Que un actor encuentre rabia auténtica pensando en política real no es una anécdota graciosa, sino un síntoma de hasta qué punto la distancia entre Magneto y nuestro presente se ha vuelto incómodamente pequeña.
Hay algo que se queda suspendido en el aire cuando escuchas esta historia por primera vez. No es el chiste en sí, aunque tiene su gracia. Es la imagen concreta: un hombre de 87 años, de pie en un set rodeado de efectos especiales y cámaras, que necesita encontrar dentro de sí la rabia auténtica de un personaje que lleva décadas sobre sus hombros, y lo que le funciona es pensar en un resort de Palm Beach.
La ciencia ficción, en su mejor versión, no trata de poderes imposibles. Trata de nosotros. De lo que somos capaces de sentir cuando el mundo parece ir en la dirección equivocada. Y que Ian McKellen encuentre el puente emocional entre un mutante mítico y la política real no es casualidad: es que quizás la distancia entre la ficción y el presente es más pequeña de lo que queremos admitir.
Un grito que vale más que mil ensayos de actuación
La anécdota la contó el propio McKellen en el festival Cinema in Piazza de Roma, durante una de esas noches de proyección gratuita y coloquio abierto con el público.
Los hermanos Russo, directores de Avengers: Doomsday, necesitaban que McKellen apareciera en pantalla completamente consumido por la rabia. Le pedían que transmitiera odio visceral hacia lo que su personaje estaba destruyendo.
Y entonces McKellen, sin más preámbulo, gritó: «¡Mar-a-Lago!».
El público rompió a reír. Él también, aparentemente. Pero detrás del chiste hay algo más denso que merece detenerse un momento.
Magneto no es solo un personaje de cómic
Llevamos décadas viendo a Magneto en pantalla y sigo convencido de que es uno de los personajes más complejos que ha producido el cine de superhéroes.
No es un hombre que quiera el poder por el poder. Es alguien que aprendió, de la manera más brutal posible, que las instituciones fallan sistemáticamente a los que más las necesitan. Es un superviviente que decidió no volver a depositar su destino en sistemas que prometían protegerle.
Eso lo convierte en un personaje con una dimensión política muy concreta. Y aquí está lo interesante: esa dimensión no es un añadido moderno. Está inscrita en su origen, en la decisión de un escritor de imaginar a un villano cuya lógica entendemos perfectamente, aunque no la compartamos.
Cuando McKellen, que ha dedicado décadas de su vida pública a defender los derechos del colectivo LGBTQ+, necesita canalizar esa rabia, recurre a algo real y específico. No a una abstracción. A un lugar. A un símbolo.
Eso no es un truco de actuación improvisado. Es un actor que entiende profundamente a quién está interpretando.
Una crítica que viene de muy lejos
La relación de McKellen con Trump no comienza en este set de rodaje.
En 2017, durante el primer mandato presidencial, McKellen habló con claridad y sin rodeos. La Casa Blanca no había reconocido el Mes del Orgullo. Se había dado marcha atrás en normativas de protección laboral para personas LGBTQ+. Y McKellen no lo dejó pasar sin decir algo.
«Es espantoso, completamente innecesario y muy poco americano», declaró entonces. «El movimiento por los derechos gay empezó en América. Empezó en San Francisco, empezó en Stonewall, la ciudad donde Donald Trump nació y prosperó».
Hay algo llamativo en ese argumento. No es solo una crítica política directa. Es casi una apelación a la contradicción interna: cómo puede alguien ignorar un movimiento que surgió en su propio entorno, en su misma ciudad.
También le definió como «muy mal comunicador» y le exigió más claridad. No más amabilidad. Claridad.
Eso es lo que hace McKellen: no ataca con rabia ciega. Argumenta. Y cuando el argumento parece no llegar a ningún lado, al parecer, grita «¡Mar-a-Lago!» en un set de rodaje de la Marvel.
Lo que una anécdota puede decir sobre un momento
Me quedo pensando en esto: ¿qué nos dice de nuestro tiempo que un actor encuentre rabia auténtica recurriendo a la política real?
No es una pregunta retórica. Es genuina.
Arrival no habla del futuro. Habla de cómo procesamos el presente desde el lenguaje que tenemos disponible. Blade Runner no habla de androides. Habla de quién merece ser considerado humano y quién decide esos límites.
Magneto, en ese mismo sentido, siempre ha sido presente. Siempre ha sido la pregunta de hasta dónde llegas cuando el sistema te ha fallado lo suficiente como para que la rabia deje de parecer desproporcionada.
La gran ciencia ficción funciona así: nos da una distancia segura para mirar lo que tenemos demasiado cerca. Un mutante con casco, una nave que aterriza, un replicante que cuestiona su existencia. Son espejos con cierta coartada. Y cuando el espejo deja de necesitar la coartada, cuando basta con pronunciar el nombre de un lugar real para invocar la misma emoción, algo se ha movido en el terreno que pisamos.
Y McKellen, que tiene 87 años y ha vivido lo suficiente para saber cuándo la rabia no es exagerada, encuentra ese presente en un nombre propio. En un lugar físico con una carga simbólica muy específica.
Eso me parece más honesto que muchas declaraciones políticas formales. Y, de alguna manera, también más revelador.
Hay actores que interpretan personajes. Y hay actores que los habitan desde dentro. McKellen pertenece claramente al segundo grupo, y esta anécdota lo confirma de una manera inesperada y, en cierto modo, hermosa. No necesitó ninguna técnica elaborada ni ensayos interminables. Necesitó un ancla emocional real. Y la encontró exactamente donde muchos encontramos la nuestra: en el estado actual de las cosas.
Avengers: Doomsday es, en última instancia, entretenimiento a gran escala. Pero los personajes que pueblan ese universo llevan décadas cargando con preguntas que no tienen nada de ficción: quién merece protección, quién establece las normas, qué ocurre cuando las instituciones abandonan a los más vulnerables. Que un actor de la talla de McKellen encuentre el camino hacia esas preguntas a través de la realidad política no hace la película mejor ni peor. Pero sí dice algo importante sobre por qué ciertos personajes, décadas después de su creación, siguen resonando como si los hubiesen escrito esta mañana.

