Hamnet: la película que me devolvió la fe en el cine

Una reseña apasionada de Hamnet: Chloé Zhao, Jessie Buckley y el poder del silencio para esculpir el duelo sin subrayados, devolviendo la fe en el cine.

✍🏻 Por Tomas Velarde

enero 16, 2026

Hamnet, de Chloé Zhao, traslada el foco del genio shakespeariano a su esposa Agnes, interpretada por Jessie Buckley, para explorar el duelo tras la muerte de su hijo.

• Una película de paciencia contemplativa excepcional que recupera el lenguaje del silencio y la imagen, recordando al mejor cine europeo de autor que tanto echo de menos.

• Demuestra cómo el arte puede convertirse en puente entre los vivos y los muertos, sin sentimentalismos baratos ni subrayados innecesarios.


Hay películas que uno posterga ver, no por desinterés, sino por respeto. Por intuición de que lo que aguarda al otro lado de la pantalla exigirá algo más que atención: exigirá entrega emocional, disposición al desasosiego.

Hamnet es una de esas obras. Desde que comenzaron a circular los primeros comentarios tras su estreno, supe que no era un filme para ver cualquier tarde, sino uno que requería preparación anímica.

Y tenía razón. Pero también descubrí algo más: que el cine, cuando está hecho con verdad y oficio, no solo duele. También sana.

Chloé Zhao ha demostrado en trabajos anteriores su capacidad para capturar la vastedad del paisaje y la intimidad del alma humana en un mismo encuadre. Con Hamnet, da un paso más allá.

No se conforma con narrar una tragedia; construye un espacio cinematográfico donde el dolor respira, se expande, se transforma. Y lo hace con una paciencia que hoy resulta casi revolucionaria en un panorama dominado por el ruido y la prisa.

Esta es una película que confía en su público, que no subraya, que no explica. Que simplemente es.


El silencio como lenguaje: la puesta en escena de la ausencia

La decisión de centrar la narrativa en Agnes, la esposa de Shakespeare, y no en el dramaturgo mismo, es el primer acierto fundamental de Hamnet.

Demasiadas veces hemos visto al genio masculino en el centro del relato, mientras las mujeres que sostuvieron su mundo permanecen en los márgenes. Aquí, Zhao invierte esa lógica sin aspavientos ni discursos.

Simplemente coloca la cámara donde debe estar: junto a quien verdaderamente habitó el duelo.

Jessie Buckley compone una Agnes de una complejidad apabullante. No hay en su interpretación ni un solo gesto falso, ni una lágrima de más.

Su rostro se convierte en paisaje, en territorio donde se libra una batalla silenciosa entre la vida y la rendición. La vemos conectada con la naturaleza, con los ritmos antiguos de la tierra, pero también atrapada en el laberinto de lo que pudo ser y nunca será.

Es una actuación que me recordó, salvando las distancias, a la Liv Ullmann de Gritos y susurros de Bergman: esa misma capacidad de transmitir universos enteros sin necesidad de palabras. Esa economía gestual que solo las grandes actrices dominan.

Paul Mescal, por su parte, ofrece un Shakespeare contenido, casi ausente. Y es precisamente esa ausencia la que articula uno de los ejes dramáticos más potentes del filme.

La distancia emocional entre dos personas que han perdido el lenguaje común. Shakespeare, el hombre de las palabras, se encuentra mudo ante el dolor. Agnes, en cambio, lo habita con todo su cuerpo.

La desconexión entre ambos se construye a través de miradas que no se encuentran, de silencios que pesan más que cualquier diálogo. Es cine puro, de eso que ya casi no se hace.

La dirección: el arte de la espera

Zhao demuestra en Hamnet algo que solo los grandes directores comprenden: que el cine no necesita llenar cada segundo con información.

Hay planos que duran lo que tienen que durar, no lo que dicta el manual de montaje contemporáneo. Hay escenas donde simplemente observamos a Agnes caminar por el campo, o quedarse inmóvil junto a una ventana, y esos momentos no son relleno. Son el corazón mismo de la película.

La fotografía es de una belleza terrenal, orgánica. Nada de esos filtros digitales que tanto abundan hoy, esa luz artificial que todo lo aplana.

Aquí la imagen tiene textura, huele a barro y a hierba mojada. Hay momentos en que la cámara captura algo casi fantasmal, una cualidad etérea que sugiere la presencia de lo ausente sin caer en lo literal.

Es un trabajo visual que dialoga con el mejor cine de Terrence Malick, pero sin su ocasional tendencia a la autocomplacencia. Y eso es decir mucho.

La estructura narrativa avanza sin prisa, acumulando capas de emoción como quien construye un muro de piedra: una a una, con cuidado.

No hay giros artificiales ni revelaciones calculadas para provocar lágrimas fáciles. El dolor aquí no es espectáculo; es estado, condición, atmósfera.

Y cuando llegamos al acto final, cuando Agnes y Shakespeare finalmente vuelven a verse de verdad, el impacto es devastador precisamente porque ha sido ganado, construido minuto a minuto.

El arte como redención: Shakespeare y la alquimia del dolor

Uno de los aspectos más conmovedores de Hamnet es cómo aborda la relación entre vida y arte, entre pérdida personal y creación.

Sin caer en la biografía especulativa ni en el psicologismo barato, la película sugiere cómo la muerte de Hamnet pudo haber alimentado una de las obras más grandes de la literatura universal.

No se trata de reducir Hamlet a un mero ejercicio terapéutico, sino de entender cómo el arte puede convertirse en recipiente para lo que de otro modo sería insoportable.

Hay una escena hacia el final —no la revelaré en detalle— donde comprendemos que la obra de Shakespeare no resucita a su hijo, pero sí le otorga una forma de permanencia.

El arte como puente entre los vivos y los muertos. Es una idea antigua, tan antigua como el propio teatro griego, pero aquí se presenta con una honestidad emocional que desarma cualquier cinismo.

Me viene a la memoria aquella frase de Tarkovsky sobre el cine como «esculpir en el tiempo». Hamnet esculpe el duelo, le da forma visible, lo convierte en algo que podemos contemplar y, quizá, comprender un poco mejor.

No ofrece consuelo fácil ni respuestas definitivas. Simplemente muestra que el dolor nos transforma, que seguimos viviendo con él, que aprendemos a llevarlo como quien lleva una cicatriz: visible, permanente, pero ya no sangrante.

Un cine que exige y recompensa

Seamos claros: Hamnet es una película difícil. Exige concentración, paciencia, disposición a habitar la incomodidad.

No es entretenimiento en el sentido convencional del término. Habrá quien la encuentre lenta, quien eche de menos más diálogo, quien espere una narrativa más convencional. Y es comprensible.

Pero para quienes aún creemos que el cine puede ser algo más que distracción, algo más que producto, esta obra de Zhao es un regalo.

Hay un tipo de cine que se consume y se olvida, y hay otro que se experimenta y permanece. Hamnet pertenece a esta segunda categoría.

Es de esas películas que uno no «disfruta» exactamente, pero que agradece haber visto. Que te acompañan días después, que resurgen en momentos inesperados, que modifican sutilmente tu manera de mirar el mundo.

La honestidad emocional de la que hace gala este filme es cada vez más rara en el panorama actual. Vivimos tiempos de sobreproducción, de efectos que buscan impresionar antes que conmover, de guiones que subrayan cada emoción como si el público fuera incapaz de sentir por sí mismo.

Hamnet es todo lo contrario: confía en nosotros, nos trata como adultos capaces de navegar la complejidad emocional sin necesidad de mapas detallados.


Salí de Hamnet con esa sensación particular que solo el gran cine provoca: agotado, removido, pero también extrañamente agradecido.

Agradecido por haber presenciado algo hecho con verdad, con respeto al oficio, con comprensión profunda de lo que el lenguaje cinematográfico puede lograr cuando se le permite respirar.

Zhao ha dirigido una obra mayor, de esas que justifican la existencia misma del medio.

En una época donde tanto cine parece diseñado para no incomodar, para no exigir, para ser consumido entre distracciones, Hamnet se erige como recordatorio de lo que este arte puede ser cuando se lo toma en serio.

Una elegía visual de una belleza desgarradora, un estudio sobre el duelo que no ofrece respuestas fáciles, un testimonio de que seguimos viviendo incluso cuando todo se derrumba.

Y, sobre todo, una demostración de que el cine, cuando está a la altura de su potencial, puede tocar algo esencial en nosotros. Algo que las palabras, incluso las de Shakespeare, apenas rozan.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

Document

Ediciones Especiales

AL MEJOR PRECIO

books

SOLO EN

Ediciones Especiales

AL MEJOR PRECIO

SOLO EN

{"email":"Email address invalid","url":"Website address invalid","required":"Required field missing"}
>