Esta joya de terror nunca verá cines… por culpa de Netflix

Netflix canceló ‘The Flood’, un claustrofóbico terror urbano, y desnuda la guerra entre salas de cine y algoritmos de streaming.

✍🏻 Por Alex Reyna

febrero 24, 2026

• Zach Cregger tenía lista una película de terror claustrofóbico para Netflix, pero el proyecto se canceló por desacuerdos sobre su estreno en cines.

• Me fascina la ironía: una historia sobre personas atrapadas sin salida, ella misma atrapada en el limbo corporativo por un conflicto sobre cómo debemos consumir el cine.

• Este caso expone la tensión entre la experiencia colectiva del cine y el modelo algorítmico de las plataformas, una batalla que define cómo entendemos las historias en 2024.


Hay algo profundamente irónico en que una película sobre personas atrapadas sin salida termine ella misma atrapada en el limbo corporativo.

The Flood, el proyecto de terror que Zach Cregger tenía preparado para Netflix, no llegará a nuestras pantallas porque el director quería que la gente pudiera verla en una sala oscura, rodeada de desconocidos, compartiendo el mismo miedo. Netflix dijo que no.

Y ahí quedó todo.

Lo fascinante no es solo que perdamos otra película de terror prometedora. Lo fascinante es lo que este conflicto dice sobre cómo entendemos el cine hoy. ¿Es una experiencia colectiva o un producto de consumo individual? ¿Importa dónde y cómo vemos una historia, o solo importa que la veamos?

Cregger apostó por lo primero. Netflix, como era de esperar, por lo segundo.

El concepto: cuando la ciudad se convierte en trampa

The Flood no es solo otra película de monstruos. Es, en esencia, una reflexión sobre la fragilidad de nuestras estructuras.

La premisa es sencilla pero potente: una inundación repentina atrapa a un grupo de vecinos en un edificio de apartamentos. El agua sube. Las infraestructuras colapsan. Y bajo la superficie, algo se mueve.

Lo interesante aquí no es el qué, sino el cómo.

Cregger, que ya demostró en Barbarian su habilidad para construir tensión desde la arquitectura misma de los espacios, parecía preparado para explorar la claustrofobia vertical. Un edificio que se convierte en prisión. Pisos que dejan de ser refugio para transformarse en trampas.

La ciudad moderna, con toda su promesa de seguridad y control, revelándose como un cascarón frágil ante las fuerzas que no controlamos.

Me recuerda a esas distopías urbanas donde el verdadero horror no es lo externo, sino descubrir que los sistemas en los que confiamos nunca fueron tan sólidos como creíamos. Como en High-Rise de Ballard, donde el edificio mismo se convierte en metáfora del colapso social.

La criatura —descrita como rápida, apenas visible, de origen incierto— funciona más como catalizador que como villano tradicional. ¿Es natural? ¿Mutada? ¿Algo peor?

La ambigüedad no es un defecto narrativo, es el punto. Como en las mejores historias de terror, el miedo real no viene de lo que vemos, sino de lo que no entendemos.

El reparto de personajes funciona como un pequeño experimento social: Kate, inteligente y capaz de liderar cuando todo se desmorona; Ben, que aporta estabilidad práctica; Rachel, una madre separada de su hijo cuyas decisiones arriesgadas nacen del amor y el terror; y Marcus, confrontativo y desconfiado.

Cuando las estructuras fallan, emergen nuestras verdaderas naturalezas.

El conflicto real: Netflix contra la experiencia cinematográfica

Pero aquí está el verdadero drama, el que ocurre fuera de la pantalla.

Cregger quería un estreno en cines. Netflix quería mantener la película en su plataforma. Y no es la primera vez que esto ocurre. Joseph Kosinski, Greta Gerwig, Emerald Fennell, los hermanos Duffer… todos han chocado con el mismo muro.

No se trata solo de ego o nostalgia. Se trata de entender que ciertas experiencias están diseñadas para ser compartidas en un espacio específico.

El terror, especialmente, vive de la respiración colectiva, del sobresalto sincronizado, de esa energía que solo existe cuando cien personas desconocidas reaccionan al mismo estímulo en la oscuridad.

Verlo en tu sofá, con el móvil al lado y la opción de pausar, no es lo mismo. Nunca lo será.

Netflix argumentará que llegan a más gente. Y tienen razón. Pero llegar a más gente no es lo mismo que crear una experiencia memorable.

Es la diferencia entre consumir contenido y vivir una película.

Hay algo paradójico en todo esto. Una película sobre el colapso de infraestructuras urbanas, sobre sistemas que fallan cuando más los necesitamos, termina siendo víctima del colapso de otra infraestructura: la del cine como experiencia compartida.

El sistema que debía sostenerla —la distribución cinematográfica— se reveló tan frágil como el edificio inundado de su propia trama.

¿Qué dice esto sobre cómo consumimos historias?

Actualmente, Cregger está trabajando en un reboot de Resident Evil, probablemente con estreno en cines. Mientras tanto, The Flood permanece en algún cajón digital de Netflix, esperando.

Quizá algún día encuentre otra casa. Quizá no.

Lo triste es que perdemos no solo una película, sino una conversación. Porque The Flood, con su mezcla de colapso urbano, criatura misteriosa y tensión claustrofóbica, parecía preparada para preguntarnos cosas incómodas sobre nuestra relación con las ciudades que construimos, las estructuras en las que confiamos, y lo que hacemos cuando todo eso se derrumba.

Y quizá esa sea la verdadera pregunta que The Flood nos deja, incluso sin existir: ¿qué estamos dispuestos a perder en nombre de la comodidad?

¿Cuántas experiencias cinematográficas genuinas sacrificaremos por la facilidad del algoritmo?

Porque cada vez que un proyecto como este se ahoga en desacuerdos corporativos, no solo perdemos una película. Perdemos un poco de lo que hace que el cine importe.

The Flood se convierte en su propia metáfora. Una película sobre personas atrapadas sin salida, ella misma atrapada en un sistema que no le permite existir como fue concebida.

Cregger quería que viviéramos su película en una sala oscura, sintiendo el agua subir junto a los personajes, compartiendo ese miedo primario de estar atrapados sin escapatoria. Netflix prefirió que la consumiéramos entre notificaciones y pausas.

Y eso, amigos, da más miedo que cualquier criatura bajo el agua.


Sobre Alex Reyna

Mi primer recuerdo de infancia es ver El Imperio Contraataca en VHS. Desde entonces, la ciencia ficción ha sido mi lenguaje. He montado Legos, he visto Interstellar más veces de las que debería, y siempre estoy buscando la próxima historia que me vuele la cabeza. Star Wars, Star Trek, Dune, Nolan… si tiene naves o viajes temporales, cuenta conmigo.

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