Emerald Fennell DESTRUYÓ Cumbres Borrascosas (pero creó algo mejor)

La directora de Saltburn lleva el clásico al límite entre lo sublime y lo recargado.

✍🏻 Por Tomas Velarde

febrero 10, 2026

Hay algo profundamente revelador en cómo cada generación siente la necesidad de revisitar los clásicos literarios, como si cada época necesitase reescribir el pasado con su propia caligrafía visual.

Cumbres Borrascosas, esa novela tormentosa de Emily Brontë que ha obsesionado a cineastas desde los albores del cine sonoro, vuelve a las pantallas de la mano de Emerald Fennell, una directora que ya demostró en Saltburn su inclinación por lo provocador y lo visualmente excesivo.

La pregunta no es si necesitábamos otra adaptación —el cine siempre ha sido un ejercicio de repetición y variación—, sino si esta nueva versión tiene algo sustancial que aportar al canon cinematográfico de una obra que William Wyler adaptó magistralmente en 1939.

Aquella versión de Wyler, con Laurence Olivier y Merle Oberon, comprendía que la novela de Brontë era ante todo un estudio sobre la pasión como fuerza destructiva. Wyler utilizaba la profundidad de campo y el claroscuro para crear un universo opresivo donde los personajes parecían atrapados por sus propios deseos.

Fennell toma el camino opuesto: donde Wyler contenía, ella desborda; donde él sugería, ella proclama. Es una apuesta arriesgada en tiempos donde el cine de época suele refugiarse en la corrección histórica y el buen gusto académico.

Pero el cine, recordemos, nunca ha sido un ejercicio de buenas maneras.


La trama gira en torno a Cathy (Margot Robbie), hija del brutal Mr. Earnshaw, propietario de Cumbres Borrascosas, y Heathcliff (Jacob Elordi), un huérfano adoptado que sufre el maltrato constante del patriarca.

Lo que comienza como una amistad infantil evoluciona hacia una pasión romántica que se ve amenazada cuando Edgar Linton, un pretendiente adinerado, solicita la mano de Cathy.

La joven se enfrenta entonces a la disyuntiva eterna entre el deseo y la conveniencia, entre el corazón y la supervivencia económica.

Fennell aborda esta historia con una libertad que algunos considerarán sacrílega y otros refrescante. No hay aquí reverencia por el texto original, sino una apropiación descarada que transforma la novela victoriana en un festín visual contemporáneo.

Los colores son vibrantes hasta resultar casi agresivos, los vestuarios rozan lo extravagante, y la música —con canciones originales de Charli xcx— oscila entre lo operático y lo anacrónico.

Es precisamente en estas decisiones donde la película revela tanto su mayor fortaleza como su talón de Aquiles. Hay momentos en los que uno no puede evitar preguntarse si Fennell confía plenamente en la historia que está contando o si necesita adornarla constantemente para mantener nuestra atención.


El trabajo de fotografía de Linus Sandgren merece mención aparte. Sandgren, quien ya demostró su maestría con la cámara en La La Land y First Man, construye aquí un universo visual que recuerda a la pintura prerrafaelita pero filtrada a través de una sensibilidad pop.

Cada encuadre parece diseñado para ser contemplado como una obra pictórica independiente, con una atención al detalle que evoca a los grandes maestros de la composición cinematográfica.

Hay ecos de la obsesión cromática de Hitchcock en Vértigo, esa manera de utilizar el color como elemento narrativo y no meramente decorativo. Pero donde Hitchcock ejercía un control milimétrico sobre cada elemento visual, Fennell a veces parece dejarse llevar por el puro placer estético.

La diseñadora de producción Suzie Davies y la vestuarista Jacqueline Durran crean un mundo que oscila deliberadamente entre la precisión histórica y la fantasía estilizada.

El uso simbólico del color rojo en el vestuario de Cathy funciona como un leitmotiv visual que traza su arco emocional a lo largo de la narrativa. Hay decisiones audaces, como ese papel pintado color carne con lunares, que podrían resultar grotescas en manos menos seguras.

Aquí es donde la película camina sobre la delgada línea entre lo exquisitamente elaborado y lo recargado. No siempre mantiene el equilibrio.


Robbie ofrece una interpretación contenida en la superficie pero turbulenta en su interior, un ejercicio de actuación que privilegia la sugerencia sobre la demostración.

Es un trabajo que recuerda a las grandes actrices del Hollywood clásico, capaces de transmitir universos emocionales con una mirada o un gesto mínimo. Hay algo de la intensidad controlada de Joan Fontaine en su manera de habitar el personaje.

Elordi, por su parte, construye un Heathcliff dual: tierno y amenazante, vulnerable y peligroso. Su voz grave y su presencia física aportan una dimensión casi animal al personaje, alejándose de interpretaciones más cerebrales del rol.

La química entre ambos protagonistas es innegable y constituye el verdadero motor de la película. Fennell entiende que Cumbres Borrascosas es, ante todo, una historia sobre la imposibilidad del deseo, sobre cómo la pasión puede ser tanto salvación como condena.

Las escenas entre Cathy y Heathcliff poseen una carga erótica palpable que nunca cae en lo explícito pero que impregna cada plano compartido.

El reparto secundario cumple con eficacia sus funciones. Martin Clunes como Mr. Earnshaw aporta la brutalidad necesaria sin caer en la caricatura, mientras que Shazad Latif construye un Edgar Linton que trasciende el arquetipo del pretendiente rico.


Donde la película encuentra su mayor fortaleza es en su coherencia estilística. Fennell no hace nada a medias: si va a ser excesiva, lo será hasta las últimas consecuencias.

Esta radicalidad estética puede resultar alienante para quienes busquen una adaptación más tradicional, pero es precisamente esa falta de concesiones lo que convierte la película en una obra con personalidad propia.

Sin embargo, hay que señalar que esta coherencia a veces se convierte en obstinación. La decisión de incorporar música de Charli xcx, por ejemplo, funciona dentro de la lógica interna de la película, pero uno no puede evitar sentir que es un capricho posmoderno que distrae más que suma.

Fennell no busca la autenticidad histórica sino la verdad emocional, un objetivo loable. Pero el cine de época más memorable —pienso en Barry Lyndon de Kubrick— ha demostrado que ambas cosas no son mutuamente excluyentes.

La comparación con Saltburn resulta inevitable. Ambas películas exploran la riqueza, la clase social, el deseo como fuerza destructiva. Pero donde Saltburn se regodeaba en su propia provocación, Cumbres Borrascosas encuentra un equilibrio más maduro entre el exceso y la sustancia.

Hay una madurez en esta nueva película que sugiere que Fennell está encontrando su voz, aunque todavía no ha aprendido del todo cuándo bajar el volumen.


Hay momentos en los que la película amenaza con colapsar bajo el peso de sus propias ambiciones estéticas. Algunos planos parecen existir más para ser admirados que para servir a la narrativa.

Recuerdo una escena en particular, un plano cenital de Cathy en su habitación, rodeada de telas rojas, que se sostiene durante varios segundos más de lo necesario. Es hermoso, sin duda, pero uno siente que Fennell está pidiendo nuestra admiración en lugar de ganársela.

Pero incluso en esos instantes de posible autoindulgencia, hay una convicción artística que resulta admirable en tiempos donde tanto cine de estudio carece de cualquier personalidad visual distintiva.

La calificación de 7 sobre 10 parece justa. No estamos ante una obra maestra que redefina el género de la adaptación literaria, pero sí ante una película con una voz autoral clara y una propuesta visual memorable.

Fennell demuestra que es una cineasta con ideas propias y la valentía para llevarlas hasta sus últimas consecuencias, cualidades cada vez más escasas en el panorama cinematográfico actual.


Lo que esta Cumbres Borrascosas nos recuerda es que el cine, en su esencia más pura, es un arte visual antes que literario.

Las adaptaciones más interesantes no son aquellas que reproducen fielmente cada página del libro, sino las que comprenden que cambiar de medio implica cambiar de lenguaje.

Fennell habla en imágenes, en colores, en texturas, y su película funciona precisamente porque confía en el poder de la puesta en escena para transmitir emociones que las palabras apenas pueden rozar.

En una época donde el cine de época suele ser sinónimo de corrección y contención, esta Cumbres Borrascosas desmesurada y sensual resulta casi subversiva.

No será del gusto de todos —las obras con personalidad rara vez lo son—, pero merece ser vista y debatida. Porque el cine, al final, no debería aspirar al consenso sino a la provocación, no a la comodidad sino al desafío.

Y en eso, al menos, Fennell ha triunfado.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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