• Sadie Sink interpreta que Eleven murió en el final de Stranger Things, viendo la última historia de Mike como un mecanismo de despedida emocional.
• La ambigüedad del desenlace permite múltiples lecturas, algo que convierte el cierre en un espejo de cómo cada espectador procesa la pérdida y el final de una era.
• Que el propio reparto tenga teorías distintas demuestra que las mejores historias no necesitan respuestas definitivas, sino espacio para la interpretación personal.
Hay finales que cierran. Y hay finales que abren.
Los primeros nos dan certezas, nos dejan tranquilos, nos permiten pasar página sin mirar atrás. Los segundos nos persiguen. Nos hacen volver sobre lo visto, reinterpretar gestos, palabras, silencios.
El desenlace de Stranger Things pertenece a esta segunda categoría. Y no porque sus creadores no supieran qué contar, sino porque eligieron dejarnos con algo más valioso que una respuesta: una pregunta que cada uno debe responder por sí mismo.
El final que no cierra
Sadie Sink, la actriz que da vida a Max Mayfield, acaba de ofrecer su propia lectura del destino de Eleven en el programa de Jimmy Fallon. Y su interpretación no es precisamente reconfortante: para ella, Eleven murió.
Pero lo interesante no es tanto la conclusión, sino el porqué. Porque lo que Sink propone no es una teoría más de fan, sino una reflexión sobre cómo usamos las historias para sobrevivir al duelo.
El último episodio dejó el destino de Eleven en una zona gris deliberada. ¿Murió sacrificándose? ¿Escapó? ¿Logró sobrevivir de alguna forma que no alcanzamos a comprender? Ni siquiera el reparto lo sabe con certeza. Solo Millie Bobby Brown y los creadores tienen la respuesta definitiva.
Y eso, lejos de ser un problema, es una decisión narrativa potente. Porque Stranger Things, con todos sus monstruos y dimensiones alternas, siempre ha sido ciencia ficción disfrazada de nostalgia ochentera. Y las grandes historias de ciencia ficción no siempre necesitan explicarlo todo.
A veces, lo que queda sin resolver es lo que más resuena.
La historia como despedida
Cuando Fallon le preguntó qué creía que había pasado realmente, Sink respondió sin rodeos: «Creo que está muerta. No lo sé». La reacción del público fue inmediata. Gemidos, suspiros, incredulidad.
Pero Sink no se echó atrás. Al contrario, profundizó en su lectura.
Para ella, la última historia que Mike cuenta no es un relato literal de lo que ocurrió. Es otra cosa. Es un ritual. Una forma de decir adiós.
«Creo que la historia de Mike es como una última historia. Y con eso… dicen adiós a la infancia. Pero es solo un último cuento, y ya está. Creo que es como una forma de sobrellevar las cosas», explicó.
Esa interpretación cambia todo. Porque si aceptamos esa lectura, el final no trata sobre si Eleven sobrevivió o no. Trata sobre cómo los que quedan procesan la pérdida. Sobre cómo las historias nos ayudan a dar sentido a lo que no tiene sentido.
Es una lectura que me recuerda a Her, curiosamente. No por el tono ni por el género, sino por esa misma idea de que las narrativas que construimos —sobre nosotros mismos, sobre los demás— son formas de supervivencia emocional. Theodore se cuenta una historia sobre Samantha. Mike se cuenta una historia sobre Eleven.
Y nosotros, como espectadores, elegimos en cuál creer.
La ambigüedad como fortaleza
Sink también añadió algo importante: cree que su interpretación hace que el impacto emocional del final sea «más fuerte». Y tiene razón.
Porque si Eleven murió, entonces todo lo que vemos después —la calma, la aparente normalidad, la historia de Mike— adquiere un peso distinto. Se convierte en un acto de resistencia. En una negación colectiva. En un último esfuerzo por preservar algo de magia en un mundo que ya no la tiene.
Jimmy Fallon, por cierto, coincidió con ella. También cree que Eleven muere. Pero lo fascinante es que otros miembros del reparto probablemente piensen lo contrario.
Y eso no es un fallo de comunicación. Es una característica.
Las mejores historias de ciencia ficción —desde Blade Runner hasta 2001— no nos dan respuestas. Nos dan espejos. Nos obligan a mirar dentro y preguntarnos qué queremos creer. Qué necesitamos creer.
El reparto también especula
Que Sadie Sink tenga su propia teoría dice mucho sobre cómo se construyó este final. Los Duffer Brothers eligieron no cerrar todas las puertas. Dejaron espacio para la duda.
Y eso, en una era donde todo se explica hasta el agotamiento, donde cada detalle tiene su wiki y su hilo de Reddit, es casi un acto de rebeldía.
Max, el personaje de Sink, estuvo al borde de la muerte en la cuarta temporada. Vecna casi acaba con ella. Pero regresó en la quinta. Quizá esa experiencia —tanto del personaje como de la actriz al interpretarla— influyó en su lectura del destino de Eleven.
Quizá entiende mejor que nadie lo que significa estar en ese umbral.
Al final, lo que Sadie Sink nos ofrece no es una respuesta. Es una invitación.
A repensar lo que vimos. A cuestionar lo que dimos por hecho. A aceptar que, a veces, no saber es más poderoso que saber.
Stranger Things ya está completa en Netflix. Pero su final, parece, seguirá escribiéndose en cada espectador que decida darle su propia lectura.
Y eso, en el fondo, es lo más generoso que una historia puede hacer: dejarnos espacio para terminarla a nuestra manera.

