• Super Mario Galaxy Movie sacrifica la narrativa cinematográfica en el altar del fan service, acumulando cameos y referencias de Nintendo sin construir una historia coherente ni personajes con verdadero arco dramático.
• El reparto estelar resulta irreconocible bajo capas de procesamiento digital, convirtiendo el talento actoral en mero reclamo publicitario sin sustancia interpretativa real.
• Esta película representa el síntoma de una industria que ha olvidado que el cine, en su esencia, es el arte de contar historias que nos ayuden a comprendernos mejor.
Hay algo profundamente melancólico en observar cómo el cine contemporáneo ha abrazado con fervor la estética del videojuego sin comprender que ambos lenguajes, aunque hermanos, responden a gramáticas distintas. Lo que funciona en una experiencia interactiva no necesariamente se traduce en narrativa cinematográfica.
El cine requiere estructura, arco dramático, personajes con los que establecer una conexión emocional. Requiere, en definitiva, respeto al oficio.
Super Mario Galaxy Movie es el ejemplo perfecto de esta confusión de lenguajes. Una película que parece haber olvidado que el séptimo arte nació para contar historias, no para enumerar referencias.
Recuerdo las tardes de mi infancia frente a la pantalla pixelada de la NES, imaginando mundos enteros en aquellos sprites rudimentarios. Cuando Miyamoto creó a Mario, lo hizo con la economía narrativa del mejor cine mudo: un fontanero que salta para salvar a una princesa. Simple, directo, efectivo.
Esta película, en cambio, parece temer el silencio, la pausa, el espacio narrativo donde podría florecer algo genuino.
La primera señal de alarma debería haber sido el reparto. Brie Larson como Rosalina, Donald Glover prestando su voz a Yoshi, Jack Black regresando como Bowser, Chris Pratt repitiendo como Mario, Charlie Day como Luigi, Anya Taylor-Joy como la Princesa Peach. Un elenco que en manos de un director con visión podría haber resultado en algo memorable.
Sin embargo, el problema no reside en quiénes prestan sus voces, sino en cómo se utilizan. Los actores están tan filtrados, tan procesados, tan diluidos en efectos de sonido y modulaciones digitales que resultan completamente irreconocibles hasta que aparecen los créditos finales.
Es como si los productores hubieran contratado a estos intérpretes únicamente para poder incluir sus nombres en el material promocional, sin ningún interés real en aprovechar su talento.
Chris Pratt, protagonista de ambas películas de Mario, no consigue un solo momento genuinamente gracioso o memorable. Y no es culpa suya necesariamente. El problema es sistémico: cuando el guion de Matthew Fogel no ofrece material con el que trabajar, cuando los directores Aaron Horvath y Michael Jelenic parecen más interesados en replicar la estética visual de los juegos que en construir escenas con peso dramático, ¿qué puede hacer un actor?
Debo reconocer que, desde el punto de vista puramente visual, el equipo de animación ha logrado algo notable. Han conseguido recrear la estética de los clásicos juegos de NES con animación por ordenador moderna, haciendo que esos niveles vintage luzcan exactamente como los imaginábamos en nuestra memoria idealizada.
Pero el cine, señores, no es solo técnica. Hitchcock lo sabía. Kubrick lo sabía. Incluso en el terreno de la animación, Miyazaki lo ha demostrado una y otra vez: la tecnología debe estar al servicio de la historia, nunca al revés.
La trama, basada vagamente en el juego Super Mario Galaxy de 2007 para Wii, se reduce a una persecución apresurada de noventa minutos por el espacio para rescatar a Rosalina después de que Bowser Jr. la secuestre.
Noventa minutos que se sienten simultáneamente interminables y vacíos, como si estuviéramos viendo a alguien jugar en lugar de experimentar una narrativa cinematográfica.
El guion introduce numerosos hilos argumentales que luego abandona sin resolución alguna. Los arcos de personajes son inconsistentes hasta resultar contradictorios: Bowser comienza como un personaje reformado que intenta enmendarse, pero revierte a la villanía en cuanto aparece Bowser Jr., contradiciendo flashbacks anteriores que sugerían que había sido un padre cariñoso.
¿Dónde está la coherencia narrativa? ¿Dónde el respeto por la inteligencia del espectador?
La película parece diseñada para recompensar la desatención en lugar del compromiso. Cuanto menos atención prestes a lo que ocurre en pantalla, más la disfrutarás. Es una filosofía cinematográfica que me resulta profundamente perturbadora.
Y luego está la saturación de personajes. La película está atestada de cameos de todo el catálogo de Nintendo: Wart, la Reina Abeja, Fox McCloud… Una procesión interminable de referencias que no dejan espacio para la construcción de una historia coherente.
Incluso un niño de diez años, según relata el crítico original, cuestionó quién quedaría para futuras secuelas. Cuando un espectador infantil detecta la sobreexplotación de recursos, algo va fundamentalmente mal.
Esto no es cine de Miyazaki, evidentemente. Nadie esperaba que lo fuera. La gente acude a ver cosas que reconoce de otras cosas; en este caso, cuarenta años de juegos de Super Mario Bros. de Nintendo.
Y si eso es todo lo que buscas en esta película —huevos de pascua de Nintendo y power-ups y personajes de Mario Bros. sin fin— obtendrás lo que pagas.
Pero ¿no debería una película, incluso Super Mario Galaxy Movie, ser algo más que eso? ¿No deberíamos exigir un mínimo de ambición narrativa, de construcción dramática, de respeto por el medio cinematográfico?
Pienso en cómo Kurosawa adaptaba obras literarias, transformándolas en algo genuinamente cinematográfico. Pienso en cómo Wilder podía tomar la premisa más simple y construir sobre ella capas de significado y emoción.
No pido que una película de Super Mario alcance esas alturas. Pero sí pido que al menos intente ser cine, no un catálogo interactivo de referencias para consumidores.
La calificación de 4 sobre 10 que recibió la película me parece generosa, aunque comprendo la dificultad de evaluar un producto que ni siquiera aspira a ser juzgado por los criterios tradicionales del arte cinematográfico.
Lo más triste es que había potencial aquí. El universo de Mario, con su imaginería onírica y sus mundos imposibles, podría haber sido el punto de partida para algo visualmente innovador y narrativamente sorprendente. En manos de un verdadero visionario, podría haberse convertido en algo memorable.
En cambio, tenemos un producto corporativo diseñado por comité, donde cada decisión creativa parece haber pasado por innumerables filtros de marketing y grupos de enfoque. El resultado es algo técnicamente competente pero artísticamente inerte, una película que existirá brevemente en las salas de cine antes de desvanecerse en el olvido del streaming.
Super Mario Galaxy Movie es síntoma de una industria que ha olvidado que el cine, en su esencia más pura, es el arte de contar historias que nos ayuden a comprender mejor el mundo y a nosotros mismos. Y ninguna cantidad de cameos de personajes de Nintendo puede compensar esa ausencia fundamental.

