• Michael termina en 1984 porque esa cronología permite celebrar al genio sin enfrentarse a las sombras, una decisión que dice tanto sobre la película como sobre nuestra relación con los ídolos caídos.
• Elegir dónde termina una historia es como seleccionar qué línea temporal mostrar en un multiverso: cada corte construye una realidad diferente, y esta película elige la más luminosa.
• La ausencia de canciones como «Man in the Mirror» no es solo una limitación cronológica, sino una declaración narrativa sobre qué versión de Michael Jackson queremos recordar.
Hay algo fascinante en cómo elegimos contar las vidas de nuestros ídolos. No hablo solo de qué incluimos o qué omitimos, sino de dónde decidimos poner el punto final.
Ese corte temporal no es inocente: es una declaración de intenciones, una forma de decir «esto es lo que queremos que recordéis». Me recuerda a cómo la ciencia ficción construye sus mundos: cada detalle que incluyes o excluyes define la realidad que estás creando.
En el caso de Michael, el biopic sobre Michael Jackson que llegará a los cines el 24 de abril de 2026, ese punto final está en 1984, justo después del Victory Tour. Y esa decisión lo cambia todo.
Al establecer ese límite, la película no solo está eligiendo qué parte de la vida de Jackson contar, sino también qué canciones pueden formar parte de la banda sonora. Porque cuando pensamos en Michael Jackson, pensamos en «Thriller», sí, pero también en «Man in the Mirror», en «Smooth Criminal», en toda esa segunda mitad de su carrera que definió tanto su legado como su tragedia.
Pero esas canciones no existen en el universo de esta película. Y eso dice mucho.
Una cronología que marca límites
Dirigida por Antoine Fuqua y protagonizada por Jaafar Jackson (sobrino del artista), Michael traza un arco que va desde los años 60 y principios de los 70, cuando Michael era la voz principal de los Jackson 5, hasta su consolidación como artista en solitario a finales de los 70 y principios de los 80.
El viaje termina con el Victory Tour de 1984, un momento simbólico: la última vez que Michael actuó junto a sus hermanos en una gira importante.
Esta decisión temporal explica por qué solo 13 canciones clásicas forman parte de la banda sonora. Temas como «Man in the Mirror» o prácticamente todo el álbum Bad quedan fuera porque simplemente no existían en ese periodo.
El productor Graham King lo explicó con claridad: hay canciones que les hubiera encantado incluir, pero la cronología es implacable. Y luego está el otro problema, quizá más sutil: usar el catálogo de Michael como música incidental resultó más complicado de lo esperado.
Las letras no siempre encajaban con las escenas. A veces, las palabras dicen demasiado, o dicen algo distinto a lo que la imagen necesita transmitir.
El arte de lo que no se dice
Colman Domingo, que interpreta a Joseph Jackson en la película, mencionó algo revelador: hay momentos que hay que dejar fuera, no por falta de importancia, sino porque la narrativa exige enfoque.
Habló del momento en que los Jackson trabajaron con Gamble y Huff en Filadelfia, grabando «Show Me The Way to Go». Para él, ese instante captura algo esencial: el momento en que los Jackson dejaban de ser niños y buscaban un sonido propio más allá de Motown.
Es una forma de entender el biopic no como un catálogo exhaustivo, sino como una tesis sobre un periodo específico. La tensión entre la verdad histórica y la verdad emocional. Contar una vida entera en 130 minutos es imposible.
Lo que sí puedes hacer es elegir qué fragmento de esa vida dice algo sobre quién fue esa persona, o sobre quiénes somos nosotros al recordarla.
El guion original de John Logan, según se ha filtrado, incluía contenido que abordaba las controversias que rodearon la vida de Jackson. Pero la versión final las omite. Los cineastas argumentan que muchas de esas acusaciones ocurrieron en años posteriores, fuera del marco temporal de la película.
Es técnicamente cierto, pero también es una forma de esquivar preguntas incómodas.
La recepción y lo que dice de nosotros
Michael tiene un 35% en Rotten Tomatoes, con críticas que apuntan precisamente a esa evasión de los aspectos más oscuros. Sin embargo, se proyecta una taquilla global de 150 millones de dólares en su estreno.
La gente quiere ver esta película, aunque los críticos la cuestionen.
¿Qué esperamos de un biopic? ¿Queremos una hagiografía que celebre al genio y evite las sombras? ¿O necesitamos enfrentarnos a la complejidad completa, aunque sea dolorosa?
La respuesta probablemente depende de qué buscamos en el cine. Si es consuelo, validación de nuestros recuerdos, entonces una película que termina en 1984 tiene sentido. Si es comprensión, contexto, entonces quizá nos quedemos con hambre.
La música misma se convierte en un personaje ausente. Esas canciones que no están —»Man in the Mirror», con su llamada a la responsabilidad personal; «Earth Song», con su grito ecológico— son precisamente las que muestran a un Michael más maduro, más consciente, más complejo.
Al dejarlas fuera, la película elige mostrar al artista en ascenso, no al ícono en crisis.
Al final, Michael es un ejercicio de nostalgia controlada. Nos devuelve a un momento en que Michael Jackson era pura magia, antes de que la fama se convirtiera en jaula, antes de que las preguntas sin respuesta empañaran el brillo.
Es comprensible. Quizá incluso necesario para algunos. Pero también es incompleto, y esa incompletud no es accidental.
Elegir dónde termina una historia es tan revelador como elegir dónde empieza. Y al poner el punto final en 1984, Michael nos dice algo sobre nosotros mismos: que preferimos recordar el ascenso que la caída, la luz que la sombra.
No sé si eso hace que sea una buena película, pero sí sé que dice mucho sobre cómo queremos relacionarnos con nuestros ídolos. Y quizá, al final, eso sea lo más honesto que un biopic puede hacer: mostrarnos no solo a quién retrata, sino también a quiénes somos nosotros al mirarlo.

