Disney lleva 16.000 millones ganados con Toy Story y aún quiere más

Toy Story 5 ya está en cines y Pixar ya habla de una sexta y séptima entrega. Una franquicia que empezó como experimento tecnológico se ha convertido en la mayor máquina de dinero de la historia de la animación.

✍🏻 Por Tomas Velarde

junio 12, 2026
  • Andrew Stanton, director de Toy Story 5, ha confirmado que la franquicia podría prolongarse con al menos dos entregas más después de la quinta película, cuyo estreno está fijado para el 19 de junio de 2026.

  • El cineasta ha adelantado que el personaje de Bonnie protagonizará su propia trilogía, un arco pensado para reflejar la trilogía original centrada en Andy.

  • Toy Story ha generado 16.000 millones de dólares para Disney desde 1995, una cifra que convierte su expansión en una decisión casi inevitable desde la lógica empresarial.

  • Opinión del autor: La idea de articular una nueva trilogía tiene cierto mérito sobre el papel, pero la historia del cine nos ha enseñado, demasiadas veces y con escasas excepciones, que pocas sagas sobreviven intactas a la tentación de la perpetuidad.


Hay una pregunta que me ronda la cabeza cada vez que se anuncia una nueva entrega de cualquier franquicia consagrada: ¿saben realmente cuándo parar? No es una pregunta retórica. Es, a mi modo de ver, una de las pruebas más exigentes a las que se enfrenta un cineasta. Saber cuándo terminar una historia es, quizás, la forma más honesta de respetarla. Y esta semana esa pregunta vuelve a ponerse sobre la mesa con un nombre propio: Toy Story.

Toy Story fue, en su momento, algo genuinamente extraordinario. No solo por lo que supuso en lo técnico —que fue mucho—, sino porque Pixar demostró que una película de animación podía albergar la misma hondura emocional que cualquier obra de autor. La primera entrega, de 1995, tenía la simplicidad y la elegancia de los mejores guiones clásicos; esa economía narrativa que tanto admiraba en Billy Wilder, donde no sobra ni un solo plano.

Recuerdo bien aquel año. Yo apenas empezaba a publicar mis primeras reseñas en foros de cinéfilos, defendiendo con vehemencia que la animación merecía sentarse a la misma mesa que el cine «serio». Toy Story me dio la razón sin que yo tuviera que esforzarme demasiado.

Y Toy Story 3 —esa película que hizo llorar a adultos que creían haberlo visto todo— cerró un ciclo con una verdad y una dignidad que pocas sagas alcanzan. Basta recordar la secuencia del incinerador: los juguetes, resignados ante el fuego, tomándose de la mano para afrontar juntos el final. Es uno de los momentos más sobrecogedores del cine de su década, animado o no. Tom Hanks llegó a afirmar que aquello era el cierre perfecto. Y tenía razón. Entonces llegó Toy Story 4, y la conversación cambió.


Andrew Stanton, uno de los artífices más importantes de la saga, acaba de confirmar en una entrevista con Entertainment Weekly lo que muchos ya intuían: Toy Story 5 no será el final.

Stanton, vinculado a la franquicia desde sus orígenes y responsable de la dirección y el guion de la próxima entrega, asegura que durante el proceso creativo de esta quinta película identificó suficientes elementos en torno al ciclo de vida de un juguete como para convencerse de que la historia puede —y debe— continuar.

El estreno de Toy Story 5 está fijado para el 19 de junio de 2026. Pero Stanton ya mira más allá.

En la alfombra roja de la premiere, el director avanzó algo que tiene, al menos sobre el papel, cierta coherencia estructural: Bonnie, la niña que recibió los juguetes al final de Toy Story 3, tendrá su propia trilogía. Un arco narrativo concebido para emular la trilogía original centrada en Andy.

Con sus propias palabras: «El fin de los años de Andy puede cerrarse con Andy, pero nos queda toda una trilogía con Bonnie.»

La idea no carece de atractivo. Si Bonnie aporta una perspectiva genuinamente nueva sobre la relación entre los niños y sus juguetes, quizás haya material real para construir algo con sustancia. Hitchcock insistía en que una buena historia es aquella que no puede contarse de otra forma. La pregunta es si este nuevo ciclo responde a esa necesidad narrativa o simplemente a otra muy distinta.

Stanton también ha reconocido que, aunque espera seguir involucrado de alguna manera —según sus propias palabras, hasta que esté *»en una mecedora en algún lugar»*—, las futuras entregas podrían quedar perfectamente en manos de otros realizadores.

Este detalle, para mí, es el más revelador de toda la conversación.

No porque el relevo creativo sea necesariamente empobrecedor —puede ser justo lo contrario—, sino porque confirma que hablamos ya de una franquicia en el sentido más industrial del término, antes que de una visión autoral cohesionada. Kubrick no hacía secuelas. Bergman concibió su trilogía como una unidad cerrada desde el principio. Kurosawa entendía cada película como un universo autónomo, no como un eslabón de una cadena infinita. No son comparaciones caprichosas: son recordatorios de lo que ocurre cuando una obra nace de una necesidad expresiva y no de una hoja de cálculo.

Y los números, claro, tienen su propia elocuencia: Toy Story ha generado más de 16.000 millones de dólares para Disney en tres décadas. Una cifra que convierte cualquier debate artístico en algo secundario dentro de los despachos de Burbank. No es un reproche —es la realidad de la industria—, pero sí una advertencia que conviene no ignorar, porque el dinero rara vez sabe cuándo detenerse, y el arte casi siempre debería.


Dicho todo esto, me reservo el derecho a esperar antes de juzgar. La primera Toy Story me sorprendió en su momento, y condenar algo que aún no existe es un ejercicio poco honesto para cualquier crítico que se precie. Si Pixar logra levantar la trilogía de Bonnie con la misma intención narrativa, la misma emoción contenida y el mismo respeto al oficio que definieron las tres primeras películas, puede que tengamos algo valioso entre las manos. El cine tiene la costumbre de sorprendernos cuando menos lo esperamos.

Pero si algo me han enseñado treinta años de cinefilia es que las grandes obras no se perpetúan: se honran. Y honrar Toy Story no significa necesariamente seguir haciendo Toy Story. Significa, ante todo, no traicionar aquello que la hizo grande. Estaremos atentos.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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