Crítica de Send Help: Sam Raimi acaba de firmar el thriller más incómodo del año

Un naufragio, una isla desierta y una «heroína» capaz de todo por ascender en la empresa.

✍🏻 Por Tomas Velarde

enero 31, 2026

• Sam Raimi regresa al thriller psicológico con Send Help, una parábola sobre el privilegio y la ambición corporativa camuflada de relato de supervivencia en una isla desierta.

• La película subvierte el género al revelar que el verdadero monstruo no es la naturaleza, sino la hipocresía de quien critica el privilegio ajeno mientras oculta el propio.

• Una propuesta incómoda que demuestra que Raimi, lejos de acomodarse en fórmulas seguras, sigue explorando los rincones más oscuros de la condición humana con inteligencia y precisión.


Hay algo profundamente perturbador en ver cómo el cine de género, cuando está en manos adecuadas, puede convertirse en un bisturí social. Sam Raimi, ese artesano que nos regaló la trilogía de Evil Dead y nos hizo creer en superhéroes antes de que fuera rentable, vuelve a demostrar por qué su nombre sigue siendo sinónimo de cine inteligente.

Send Help no es una película de supervivencia al uso. Es una fábula cruel sobre el capitalismo contemporáneo, donde la selva corporativa y la isla desierta se funden en una misma metáfora.

Lo que en apariencia podría haber sido otro ejercicio de tensión entre dos personajes aislados se transforma en algo mucho más retorcido. Raimi construye un relato que nos obliga a preguntarnos: ¿qué diferencia hay entre sobrevivir y triunfar en el mundo moderno?

La respuesta que ofrece es tan lúcida como desoladora.


El privilegio oculto de Linda

La estructura narrativa descansa sobre una revelación que redefine todo lo presenciado. Linda Liddle, interpretada con contención admirable, no es la superviviente nata que aparenta ser.

Su ventaja sobre Bradley Preston —encarnado por Dylan O’Brien en un papel que le exige abandonar cualquier rastro de simpatía— no proviene de habilidades innatas. Linda ha descubierto, por puro azar, una casa moderna en el extremo opuesto de la isla. Una vivienda equipada con cocina, herramientas y todas las comodidades que convierten la supervivencia en un mero trámite.

Este hallazgo no es un giro argumental gratuito. Es el corazón temático de la película.

Raimi nos está diciendo algo incómodo: el éxito, incluso en las circunstancias más extremas, raramente es producto del esfuerzo puro. Es consecuencia del acceso, de la suerte, del privilegio.

Linda critica a Bradley por ser un ejecutivo mimado que nunca ha luchado por nada, pero ella misma se beneficia de una ventaja fortuita que no ha ganado. La diferencia es que Linda sabe ocultar su privilegio, mientras que Bradley lo exhibe con la inconsciencia propia de quien nunca ha conocido la carencia.

Esta ironía estructural recuerda a las mejores películas de Billy Wilder, donde los personajes se definen por sus contradicciones. La puesta en escena refuerza esta dualidad: los planos de Linda en la casa moderna contrastan deliberadamente con las escenas de Bradley luchando contra los elementos, creando una disonancia visual que subraya la hipocresía del relato que Linda construye.

Un pasado revelador

El guion introduce un elemento biográfico que funciona como presagio. Linda es viuda. Su marido, alcohólico y violento, murió en un accidente de tráfico conduciendo ebrio.

Pero hay un detalle crucial: Linda admite que deliberadamente no escondió las llaves del coche aquella noche, sabiendo perfectamente el estado en que se encontraba su esposo.

Esta confesión es la piedra angular del personaje. Nos revela que Linda no es una víctima que reacciona ante las circunstancias. Es una estratega que comprende el poder de la inacción calculada, de permitir que las cosas sucedan cuando eso le conviene.

Raimi filma esta revelación con economía admirable. No hay música dramática ni primeros planos exagerados. Simplemente la información, entregada con naturalidad, mientras la cámara mantiene una distancia prudente.

Es cine adulto, que confía en la inteligencia del espectador.

Este pasado explica cómo Linda será capaz, más adelante, de engañar a Bradley con una escopeta descargada. No es un truco argumental improvisado. Es la confirmación de un patrón de comportamiento establecido con precisión.

La escalada hacia la oscuridad

El verdadero rostro de Linda se revela cuando Zuri, la prometida de Bradley, llega a la isla acompañada del capitán de un barco. Aquí es donde Send Help abandona cualquier pretensión de ambigüedad moral.

Zuri no es una antagonista. Es, de hecho, amable con Linda. No representa ninguna amenaza personal. Pero su mera existencia pone en peligro el control que Linda ha establecido sobre Bradley y sobre la narrativa de supervivencia que está construyendo.

Así que Linda toma una decisión: los mata a ambos.

La película no nos ahorra los detalles. Linda hace parecer inicialmente que ambos cayeron por un acantilado, pero después revela que atacó activamente al capitán mientras este intentaba salvar a Zuri. No es defensa propia. No es un accidente.

Es asesinato premeditado ejecutado con frialdad.

Raimi, que en su juventud nos regaló la violencia cartoonesca de Evil Dead, aquí opta por algo mucho más perturbador: la violencia como decisión empresarial. Linda elimina obstáculos como quien cancela reuniones innecesarias.

La brutalidad no está en la sangre derramada, sino en la absoluta ausencia de conflicto moral.

Este es el momento en que la película deja de ser un thriller de supervivencia para convertirse en una sátira negra sobre el darwinismo corporativo. Y funciona precisamente porque Raimi nunca subraya el mensaje. Lo deja ahí, como un cadáver en la playa, para que nosotros decidamos qué hacer con él.

El triunfo de la hipocresía

Linda emerge como única superviviente. Regresa a la civilización con una historia perfectamente construida de resistencia y superación. Y la sociedad, ávida de narrativas inspiradoras, la convierte en heroína.

Recibe un ascenso en su empresa. Escribe libros de autoayuda sobre «salvarse a uno mismo». Aparece en programas de televisión.

Se convierte en exactamente el tipo de persona que antes despreciaba: una privilegiada que atribuye su éxito al mérito personal, ignorando deliberadamente las circunstancias que lo hicieron posible.

El plano final es de una ironía devastadora: Linda conduce un coche de lujo con un pájaro de compañía en el asiento del copiloto. Ha adoptado todos los símbolos de estatus que antes criticaba. Incluso juega al golf, ese deporte que en la película funciona como símbolo del privilegio de clase.

De hecho, mata a Bradley con un palo de golf, apropiándose literalmente del instrumento de su opresión.

Raimi cierra su película con esta imagen porque comprende algo fundamental sobre el poder: no corrompe a quienes lo ostentan, sino a quienes lo desean. Linda no se ha vengado del sistema. Se ha convertido en su expresión más pura.

Una parábola contemporánea

Send Help funciona en múltiples niveles. Como thriller, mantiene la tensión con eficacia. Como estudio de personajes, ofrece una protagonista compleja y profundamente desagradable.

Pero donde realmente brilla es como comentario social.

La película nos dice que en el capitalismo contemporáneo, la supervivencia no es suficiente. Hay que ganar. Y ganar significa eliminar a la competencia por cualquier medio necesario.

Linda no es una villana en el sentido tradicional. Es una triunfadora en el sentido moderno: alguien dispuesto a hacer lo que otros no harían, y luego vender esa disposición como virtud.

El uso del programa Survivor como referencia no es casual. Ese reality show convirtió la traición y la manipulación en entretenimiento familiar, en estrategia legítima. Linda simplemente aplica esas reglas fuera de la pantalla.

Y la sociedad la recompensa por ello.

Me recuerda, salvando las distancias, a cómo Claude Chabrol diseccionaba la burguesía francesa en sus thrillers psicológicos. Esa misma mirada fría, casi entomológica, sobre la hipocresía de clase. Raimi no tiene la elegancia visual de Chabrol, pero comparte su lucidez moral.


Hay películas que entretienen y películas que perturban. Las mejores hacen ambas cosas simultáneamente.

Send Help pertenece a esa categoría cada vez más escasa de cine que no teme mirar directamente a los aspectos más oscuros de nuestra sociedad y devolvernos una imagen que preferiríamos no reconocer.

Sam Raimi demuestra que, después de décadas de carrera, sigue siendo capaz de sorprender, de incomodar, de hacer cine que importa.

Lo más aterrador de Send Help no es la violencia que muestra, sino la que normaliza. Porque al final, cuando vemos a Linda triunfante en su nueva vida, una parte de nosotros —esa parte que hemos aprendido a cultivar en este mundo despiadado— comprende perfectamente su lógica.

Y esa comprensión, ese reconocimiento involuntario, es lo que convierte una buena película en una experiencia cinematográfica que no olvidaremos fácilmente.

El cine, cuando se hace bien, no nos deja salir de la sala siendo las mismas personas que entramos. Esta película cumple con ese propósito incómodo y necesario.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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