• Brett Ratner niega cualquier relación con Jeffrey Epstein tras aparecer en una fotografía desclasificada, explicando que fue tomada hace dos décadas en un evento social al que acudió con su entonces prometida.
• La controversia ilustra cómo una imagen descontextualizada puede convertirse en condena pública, recordándonos que en la era digital hemos olvidado el principio básico de la presunción de inocencia.
• El escándalo llega cuando el director experimenta un resurgimiento profesional con su documental sobre Melania Trump, que ha recaudado más de siete millones de dólares en su estreno.
En el cine, como en la vida, una imagen puede valer más que mil palabras, pero también puede mentir con la misma facilidad. Hitchcock lo sabía bien: en La ventana indiscreta, James Stewart construye narrativas enteras a partir de fragmentos visuales, demostrando cómo una imagen sin contexto puede ser tan engañosa como reveladora.
Brett Ratner, director de la trilogía de Rush Hour y más recientemente del documental sobre Melania Trump, se encuentra en el centro de una tormenta mediática que poco tiene que ver con su obra. Una fotografía de hace dos décadas, rescatada de documentos desclasificados por el Departamento de Justicia estadounidense, lo muestra junto a Jeffrey Epstein. Pero, como en toda buena historia, conviene detenerse en los detalles antes de emitir juicio.
La imagen en cuestión, según ha explicado el propio Ratner, fue tomada hace aproximadamente veinte años en un evento social al que acudió como invitado de su entonces prometida. El director ha sido categórico: no mantenía ninguna relación personal con Epstein.
«No tenía una relación personal con él, no lo conocía. Y ahí es donde se tomó la fotografía. Ni siquiera lo recordaba», declaró Ratner en su defensa.
La fotografía presenta los rostros de las dos mujeres difuminados y carece de información sobre la fecha o el lugar exactos. Sin contexto temporal ni espacial preciso, la imagen se convierte en un objeto flotante, susceptible de ser interpretado de múltiples maneras. Es el equivalente visual de un plano fuera de secuencia.
Ratner ha insistido en que la mujer que aparece junto a él era su prometida. «En ese momento, la chica de la foto es mi prometida. Y eso es todo. Te ves envuelto en estas cosas, es una locura, es horrible», añadió el director, visiblemente afectado.
No hay, según las fuentes consultadas, ninguna indicación de conducta inapropiada por parte de Ratner. Su nombre aparece en estos documentos por pura coincidencia fotográfica, no por implicación en actividad delictiva alguna.
Vale la pena recordar que Ratner no es el único nombre conocido que ha emergido en esta avalancha documental. Figuras como Jay-Z, Pusha T y Harvey Weinstein también aparecen mencionados en los archivos, aunque sus nombres proceden de informes del FBI y no de los registros personales de Epstein. Es el precio de la fama: cualquier conexión, por tangencial que sea, se magnifica hasta convertirse en titular.
La situación resulta particularmente irónica si consideramos que Ratner atraviesa actualmente un momento de resurgimiento profesional. Su documental Melania, centrado en la figura de la ex primera dama estadounidense, ha recaudado más de siete millones de dólares en su primer fin de semana en las salas norteamericanas. Es un éxito comercial nada desdeñable para un documental, un género que históricamente ha luchado por encontrar su público en las salas convencionales.
Desde una perspectiva cinematográfica, lo fascinante de este episodio es cómo una sola imagen puede construir o destruir narrativas. Eisenstein demostró en El acorazado Potemkin cómo la yuxtaposición de imágenes crea significado. Aquí ocurre algo similar, pero en sentido inverso: una imagen aislada, descontextualizada, genera una narrativa falsa o, cuando menos, incompleta.
La presunción de inocencia, ese principio fundamental del derecho que tanto ha inspirado al cine negro y al thriller judicial, parece evaporarse en la era de las redes sociales. Una fotografía antigua se convierte en prueba condenatoria sin juicio previo. Es el triunfo de la apariencia sobre la sustancia, del titular sobre el análisis.
Lo que este episodio nos recuerda es que vivimos en una época donde la imagen ha perdido su inocencia. Ya no basta con mirar; es necesario cuestionar, contextualizar, investigar.
El cine nos enseñó hace décadas que la cámara puede mentir, que el encuadre determina la verdad tanto como la oculta. Ratner, atrapado en esta tormenta mediática, es víctima de nuestra incapacidad colectiva para distinguir entre presencia y complicidad, entre coincidencia y culpabilidad.
Queda por ver si esta controversia afectará a su carrera recién revitalizada o si, como tantas otras tormentas mediáticas, se disolverá con el tiempo. Lo que resulta indiscutible es que, en ausencia de pruebas de conducta inapropiada, condenar a alguien por aparecer en una fotografía de hace dos décadas es tan injusto como cinematográficamente poco riguroso.
El cine nos ha enseñado a leer las imágenes con cuidado. Quizá sea hora de aplicar esa misma disciplina a la vida real.

