Así funciona el Registro Nacional de Cine en Estados Unidos

De The Thing a The Grand Budapest Hotel, así usa EE. UU. su Registro Nacional de Cine para preservar la cultura en forma de películas.

✍🏻 Por Tomas Velarde

enero 31, 2026

• La Biblioteca del Congreso de Estados Unidos incorpora 25 películas al Registro Nacional de Cine 2025, alcanzando un total de 925 obras preservadas como patrimonio cultural.

The Thing de John Carpenter fue la más votada por el público, demostrando que el cine de género merece el mismo reconocimiento que cualquier obra considerada «seria».

• La selección abarca desde 1896 hasta 2014, incluyendo títulos como Karate Kid, Clueless, Philadelphia e Inception, confirmando que preservar cine es preservar memoria colectiva.


Hay algo profundamente reconfortante en saber que existe una institución dedicada a preservar el cine como lo que realmente es: patrimonio cultural. No hablo de archivos digitales dispersos en plataformas que aparecen y desaparecen según convenga a los algoritmos, sino de una labor seria que entiende que cada fotograma es testimonio de su tiempo.

La Biblioteca del Congreso de Estados Unidos acaba de anunciar las 25 películas que se incorporan al Registro Nacional de Cine en 2025. La selección nos recuerda, una vez más, que el cine no es solo entretenimiento: es lenguaje, memoria y, cuando se hace bien, arte.

Lo que resulta especialmente estimulante de esta edición es la diversidad temporal y estilística. Desde The Tramp and the Dog de 1896 hasta The Grand Budapest Hotel de Wes Anderson en 2014, el registro abarca más de un siglo de evolución cinematográfica. Y lo hace sin caer en la trampa de la solemnidad vacía: aquí conviven el cine mudo, el documental, el musical y el cine de género.

Porque preservar no es solo guardar lo que la crítica académica considera «importante»; es reconocer aquello que ha dejado huella en la cultura.


El pasado 29 de enero, la Biblioteca del Congreso hizo pública la lista correspondiente a 2025. Se trata de 25 títulos que abarcan desde finales del siglo XIX hasta la segunda década del XXI: seis películas mudas, cuatro documentales, dos musicales y una cinta de animación.

La cifra total asciende ya a 925 obras preservadas, un archivo que no solo salvaguarda copias físicas, sino que las protege legalmente como patrimonio cultural estadounidense.

El proceso de selección no es arbitrario. Desde 1988, el Consejo Nacional de Preservación Cinematográfica colabora con el Bibliotecario del Congreso para elegir anualmente aquellas obras que poseen relevancia cultural, histórica o estética.

Y aquí viene lo interesante: el público tiene voz.

Este año se recibieron 7.559 nominaciones ciudadanas, y la película más votada fue The Thing de John Carpenter, estrenada en 1982.

Me parece un dato revelador. Carpenter, ese maestro del suspense que nunca recibió el reconocimiento que merecía en su momento, ve ahora cómo una de sus obras más incomprendidas —vapuleada por la crítica en su estreno— es reivindicada por el público.

The Thing es cine puro: tensión sostenida, efectos prácticos magistrales, una puesta en escena claustrofóbica que Hitchcock habría aplaudido. No necesita explicaciones ni subtextos forzados. Funciona porque está construida con oficio, con respeto al espectador.

Junto a The Thing, otras dos películas recibieron un respaldo público notable: The Truman Show (1998) y The Incredibles (2004).

La primera, una fábula inquietante sobre la vigilancia y la manipulación mediática que hoy resulta casi profética. La segunda, una demostración de que la animación puede ser tan sofisticada narrativamente como cualquier drama adulto.


Entre los 25 títulos seleccionados encontramos nombres que cualquier cinéfilo reconocerá de inmediato.

Karate Kid (1984), esa pequeña joya del cine adolescente que funciona porque nunca subestima a su audiencia. Clueless (1995), una adaptación libre de Jane Austen que es mucho más inteligente de lo que su estética pop podría sugerir.

Philadelphia (1993), un drama necesario que abordó el sida y la homofobia con una dignidad que Hollywood no siempre ha sabido mantener. Hanks y Washington construyen una película que podría haber caído en el melodrama fácil, pero que se sostiene por la sobriedad de su puesta en escena.

Y luego está Inception (2010), de Christopher Nolan.

Aquí debo detenerme. Nolan es un cineasta que divide opiniones. Inception es, sin duda, un ejercicio de ambición narrativa. Pero a veces me pregunto si esa complejidad estructural no esconde cierta frialdad emocional.

Kubrick construía laberintos visuales y conceptuales, sí, pero siempre había algo profundamente humano —o inhumano, según el caso— latiendo debajo. En Nolan, a menudo encuentro más arquitectura que alma.

Dicho esto, su inclusión es comprensible: Inception marcó una época, demostró que el cine comercial puede aspirar a la complejidad.


Otro título destacable es Frida (2002), de Julie Taymor. Una película que logra capturar la intensidad vital de Frida Kahlo sin caer en el biopic convencional.

Taymor entiende que el cine puede ser pictórico, que cada encuadre puede funcionar como un lienzo. Es una lección que muchos directores contemporáneos parecen haber olvidado, obsesionados con la velocidad del montaje y la saturación visual.

Y no puedo dejar de mencionar The Grand Budapest Hotel (2014), la obra más reciente en incorporarse al registro.

Wes Anderson es otro de esos cineastas que generan debate. Su estilo es tan reconocible que algunos lo acusan de manierismo. Pero yo siempre he defendido que el estilo, cuando está al servicio de la narración, no es un defecto.

Anderson construye mundos completos, coherentes hasta el último detalle. Sus encuadres simétricos, su paleta de colores milimétrica, su ritmo pausado… todo responde a una visión autoral clara. Y eso, en una época de cine anodino y despersonalizado, merece ser preservado.


La película más antigua de esta selección es The Tramp and the Dog, de 1896. Un cortometraje de apenas un minuto que nos recuerda los orígenes del medio: la fascinación por el movimiento capturado, la magia de ver la vida reproducida en una pantalla.

Ver cine mudo hoy requiere un esfuerzo, lo admito. Pero ese esfuerzo es recompensado con una comprensión más profunda del lenguaje cinematográfico.

Sin diálogos, sin música sincronizada, aquellos pioneros tuvieron que inventar la gramática visual que todavía usamos. Cada plano, cada gesto, cada movimiento de cámara tenía que contar algo. Es una lección de economía narrativa que muchos directores actuales deberían repasar.

El requisito para que una película pueda ser considerada es que tenga al menos diez años de antigüedad. Es una norma sensata: permite que el tiempo haga su trabajo de criba, que la perspectiva histórica revele qué obras realmente importan más allá del ruido mediático de su estreno.

Cuántas películas aclamadas en su momento han envejecido mal, y cuántas otras, ignoradas o maltratadas por la crítica, han encontrado su lugar con los años.


Robert R. Newlen, Bibliotecario del Congreso en funciones, declaró que «cuando preservamos películas, preservamos la cultura estadounidense para las generaciones venideras».

Y tiene razón, aunque yo ampliaría la idea: preservar cine es preservar la cultura humana, punto.

Porque el cine, cuando es honesto, trasciende fronteras. Las películas de Kurosawa hablan de Japón, pero hablan también de la condición humana. Las de Bergman son suecas, pero su exploración de la fe, la muerte y el silencio de Dios es universal.

Que instituciones como la Biblioteca del Congreso dediquen recursos a preservar el cine es una noticia que debería alegrarnos a todos. En una época en la que el streaming ha convertido las películas en contenido fungible, iniciativas como el Registro Nacional de Cine nos recuerdan que hay otra forma de relacionarnos con el séptimo arte.

Una forma que implica respeto, memoria y conciencia histórica.

Ojalá más países siguieran este ejemplo. Ojalá entendiéramos que preservar cine no es nostalgia vacía ni fetichismo cinéfilo, sino un acto de responsabilidad cultural.

Porque las películas —desde The Tramp and the Dog hasta The Grand Budapest Hotel— son fragmentos de tiempo capturado, testimonios de cómo fuimos, cómo pensamos, qué nos asustaba y qué nos hacía soñar.

Y eso, sencillamente, no puede perderse.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

Document

Ediciones Especiales

AL MEJOR PRECIO

books

SOLO EN

Ediciones Especiales

AL MEJOR PRECIO

SOLO EN

{"email":"Email address invalid","url":"Website address invalid","required":"Required field missing"}
>