• Los Óscar 2026 ofrecieron una ceremonia técnicamente impecable pero carente de verdadera audacia, con Conan O’Brien como maestro de ceremonias y «One Battle After Another» como gran triunfadora con seis estatuillas.
• Una gala que ejemplifica el miedo de Hollywood a arriesgar: cuando la corrección técnica sustituye a la emoción genuina, el cine pierde su capacidad de conmover y provocar.
• La omisión de Brigitte Bardot en el In Memoriam resulta imperdonable, mientras que la victoria de Michael B. Jordan como Mejor Actor proporcionó uno de los escasos momentos memorables de la noche.
Hay ceremonias que permanecen en la memoria colectiva por su capacidad de sorprender, de incomodar incluso. Pienso en aquellas galas donde el riesgo formaba parte del espectáculo, donde los discursos tenían filo y las decisiones del jurado generaban debate durante meses.
La edición de 2026 de los Premios de la Academia no será una de ellas, me temo.
Lo que presenciamos fue una velada pulcra, ordenada, ejecutada con la precisión de un relojero suizo pero desprovista de ese elemento impredecible que convierte una ceremonia en un acontecimiento memorable. Como espectador que ha seguido estas galas desde hace décadas, reconozco la diferencia entre lo competente y lo extraordinario.
Esta edición se instaló cómodamente en el primer territorio.
Conan O’Brien asumió las riendas de la noche con un monólogo afilado que tocaba los temas esperados: Ted Sarandos, la inteligencia artificial, Timothée Chalamet. Todo ello con ingenio, ciertamente, pero con un ingenio domesticado, desprovisto de verdadera mordacidad.
Lo que O’Brien ofreció fue una burla amistosa, como quien hace una broma en una cena familiar sin querer ofender a nadie. Hubo un momento, eso sí, en que el presentador habló del optimismo que representa el cine, y en ese instante su voz adquirió una sinceridad conmovedora.
La escenografía reflejaba perfectamente el espíritu de la velada: un muro alto con ventanas de listones y plantas que evocaba un restaurante de sushi o un bar tiki. Agradable, cómodo, genérico. Nada que recordar al día siguiente.
Me pregunto cuándo decidió Hollywood que la elegancia consistía en no arriesgar absolutamente nada.
La categoría de Mejor Actor generó el único suspense genuino de la noche. Cuatro candidatos —Michael B. Jordan, Timothée Chalamet, Ethan Hawke, Wagner Moura— parecían tener posibilidades reales.
La victoria de Jordan resultó catártica y reconoció el poder de «Sinners», una película que merece ser vista y revisitada. Hay actuaciones que trascienden la pantalla, que se quedan contigo días después de abandonar la sala. La de Jordan pertenece a esa categoría.
«One Battle After Another» se erigió como la gran triunfadora de la noche, llevándose seis estatuillas incluyendo Mejor Dirección para Paul Thomas Anderson y el flamante premio a Mejor Casting. Anderson es un cineasta que comprende el lenguaje cinematográfico, que construye cada plano con la precisión de un arquitecto.
Sin embargo, la ceremonia cometió un error imperdonable: no explicó de qué trataba realmente la película ni celebró su significado político.
Porque «One Battle After Another» no es una simple pieza de resistencia. Es arte político catártico que aborda la América contemporánea desde su mismo ADN cinematográfico. Que la gala no dedicara tiempo a explorar esta dimensión revela una timidez preocupante.
El cine siempre ha sido un espejo de su tiempo, desde «El gran dictador» de Chaplin hasta «La lista de Schindler» de Spielberg. Ignorar esta tradición es negar la esencia misma del medio.
Las actuaciones musicales ofrecieron dos momentos destacables: «Golden» de «KPop Demon Hunters» e «I Lied to You» de «Sinners». Ambas interpretaciones demostraron que la música cinematográfica sigue siendo un elemento narrativo fundamental, no un mero adorno.
La canción bien integrada en una película amplifica la emoción, subraya el subtexto, permanece en la memoria mucho después de que los créditos hayan terminado.
El reencuentro de Ewan McGregor y Nicole Kidman, veinticinco años después de «Moulin Rouge!», proporcionó uno de los escasos instantes de verdadera emoción. Verlos juntos en ese escenario evocaba no solo aquella película de Baz Luhrmann, sino toda una época del cine.
En contraste, la reunión del reparto de «Bridesmaids» para entregar el premio a Mejor Banda Sonora cayó en el vacío, un ejercicio de nostalgia forzada que no conectó con nadie.
El segmento In Memoriam rindió tributo a Rob Reiner y Robert Redford, dos figuras que dejaron huella indeleble en la historia del cine. Redford, en particular, representaba una forma de entender el oficio que parece cada vez más lejana: la del actor-director comprometido con historias que importan.
Su ausencia deja un vacío difícil de llenar.
Pero la omisión de Brigitte Bardot en este homenaje resulta incomprensible e imperdonable. Bardot no fue simplemente una estrella; fue un icono que redefinió la feminidad en la pantalla, que trabajó con Godard y Vadim, que formó parte esencial de la Nouvelle Vague.
Olvidarla es olvidar una parte fundamental de la historia del cine.
Javier Bardem subió al escenario con su activismo de eslóganes, un enfoque que resulta cada vez más anticuado. En cambio, Pavel Talankin, al recoger el premio al Mejor Documental por «Mr. Nobody Against Putin», ofreció reflexiones sustanciales sobre el fascismo que resonaron con mayor profundidad.
La diferencia entre ambos momentos ilustra cómo el discurso político en el cine requiere matices, no consignas.
Al final, lo que queda de esta gala es la sensación de una oportunidad perdida. El cine necesita ceremonias que celebren no solo la excelencia técnica, sino también la valentía artística, el riesgo creativo, la capacidad de incomodar y provocar.
Una gala «segura» es, paradójicamente, la opción más peligrosa: convierte el arte en producto, la pasión en protocolo.
Seguiré viendo los Óscar cada año, como llevo haciendo desde hace décadas, con la esperanza de presenciar una ceremonia que recupere ese espíritu de imprevisibilidad que hace del cine un arte vivo. Mientras tanto, nos conformamos con galas técnicamente impecables pero emocionalmente inertes.
Y eso, para alguien que ama el cine con devoción, resulta más triste que cualquier desastre espectacular.

