• Harrison Ford subraya que la participación de Michael J. Fox en la tercera temporada de Shrinking resulta esencial para interpretar con rigor un personaje diagnosticado con Parkinson.
• La decisión de incorporar a Fox trasciende lo narrativo: es un ejercicio de honestidad artística que recuerda que el cine debe servir a la verdad antes que al espectáculo.
• La tercera temporada ha finalizado su rodaje y se espera su estreno entre finales de 2025 y principios de 2026 en Apple TV+.
Harrison Ford, ese rostro que nos ha acompañado desde En busca del arca perdida hasta Blade Runner, se encuentra ahora en un territorio distinto: la comedia pausada, el drama íntimo, la vulnerabilidad sin aspavientos. En Shrinking, la serie de Apple TV+ que aún no ha encontrado la audiencia que merece, Ford interpreta a Paul, un psicólogo que debe enfrentarse a un diagnóstico de Parkinson mientras intenta recomponer sus relaciones personales.
Es precisamente en este cruce entre lo profesional y lo íntimo donde la incorporación de Michael J. Fox cobra una dimensión que trasciende lo narrativo.
Ford ha sido claro en sus declaraciones a Variety: la presencia de Fox en la tercera temporada no es un guiño nostálgico ni un truco publicitario. Es, en sus propias palabras, esencial. Y lo es porque Fox aporta algo que ningún actor sano podría simular con la misma autenticidad: décadas de experiencia conviviendo con una enfermedad neurodegenerativa.
La valentía de Fox es legendaria. Desde que hiciera pública su condición en 1998, ha transformado su lucha personal en una cruzada por la investigación y la concienciación. Verle regresar ahora, saliendo de un retiro más que merecido, para ayudar a Ford a construir un personaje que atraviesa el mismo camino, tiene algo de acto generoso.
Ford describe a Fox con palabras que resuenan con admiración genuina: inteligente, valiente, noble, generoso, apasionado. Pero más allá de los adjetivos, lo que el veterano actor subraya es algo más profundo.
Fox no solo le proporciona una referencia física para interpretar los síntomas de la enfermedad —los temblores, la rigidez, las dificultades motoras—, sino que le permite creer que su personaje, Paul, puede estar a la altura del desafío que tiene por delante.
Esta distinción es crucial. Cualquier actor competente puede estudiar los aspectos clínicos del Parkinson, observar vídeos, consultar con neurólogos. Pero lo que Ford necesitaba era algo más esquivo: la convicción de que es posible mantener la dignidad mientras el cuerpo se rebela. Y eso solo puede enseñarlo alguien que lo ha vivido.
La postura de Ford respecto al tratamiento de la enfermedad en la serie es inequívoca y merece ser aplaudida. En sus propias palabras: «No podemos andar jodiendo con esto solo para hacer una broma o lo que sea. El Parkinson no tiene gracia. Y quiero hacerlo bien».
Es un recordatorio necesario en una época donde el drama médico se utiliza con demasiada frecuencia como mero recurso argumental, sin el respeto que merecen quienes realmente padecen estas condiciones.
Ahora bien, cabe preguntarse si esta decisión, por noble que sea, no corre el riesgo de convertirse en lo que pretende evitar. ¿Puede Apple TV+ estar utilizando esta colaboración como estrategia de prestigio? ¿Merece Shrinking como serie este nivel de gravedad, o es elevada únicamente por la presencia de estos dos gigantes?
La respuesta, sospecho, la encontraremos cuando se estrene la tercera temporada. Pero la pregunta debe formularse.
Billy Wilder decía que el cine debía ser honesto antes que espectacular. Que la verdad emocional siempre superaba al artificio técnico. En Shrinking, parece que Ford y el equipo creativo han comprendido esta lección. No buscan explotar el Parkinson como giro dramático fácil, sino explorarlo con la seriedad que exige.
El personaje de Fox ayudará a Paul a navegar por su diagnóstico, y uno puede imaginar las escenas que surgirán de ese encuentro: dos hombres, dos generaciones de intérpretes, compartiendo un espacio donde la ficción y la realidad se entrelazan de forma inevitable.
No es la primera vez que Hollywood recurre a la experiencia vivida para dotar de autenticidad a una interpretación. John Huston trabajó con no actores precisamente por esta razón: porque la cámara detecta la verdad con una precisión implacable. Lo que Ford y Fox están haciendo es una variante de ese mismo principio: utilizar la vida como material dramático sin traicionarla.
Dos actores que definieron décadas distintas del cine popular estadounidense —Ford en los ochenta con sus aventureros y replicantes, Fox con su Marty McFly y su Alex P. Keaton— se encuentran ahora en un proyecto que les exige despojarse de toda máscara.
No hay látigos ni DeLoreans aquí. Solo dos hombres enfrentándose a la fragilidad humana con la única herramienta que realmente importa: la verdad.
Habrá que esperar hasta finales de 2025 o principios de 2026 para ver el resultado de esta colaboración. Pero ya el mero hecho de que exista nos recuerda por qué seguimos creyendo en el poder del cine y la televisión para iluminar rincones de la experiencia humana que de otro modo permanecerían en sombras.
Ford y Fox no están haciendo entretenimiento. Están dando testimonio.

