• El tráiler de El diablo viste de Prada 2 confirma el regreso de Andy Sachs a Runway como editora de reportajes, dos décadas después de abandonar el mundo de Miranda Priestly.
• Esta secuela parece responder más a la lógica comercial de Hollywood que a una verdadera necesidad narrativa, aunque el reencuentro del reparto original genera expectación inevitable.
• El estreno llegará a las salas el 1 de mayo, reuniendo nuevamente a Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt y Stanley Tucci.
Hay películas que no necesitan secuela. Obras que cierran su círculo narrativo con elegancia y que, precisamente por ello, permanecen intactas en la memoria colectiva.
El diablo viste de Prada (2006) era una de ellas. Una comedia ácida, brillantemente interpretada, que supo capturar el dilema moral de una joven atrapada entre sus principios y la seducción del poder.
Dos décadas después, Hollywood vuelve a hacer lo que mejor sabe: exhumar éxitos del pasado apostando por la nostalgia como garantía de taquilla.
El pasado 1 de febrero se estrenó el tráiler oficial de El diablo viste de Prada 2. Con él, la confirmación de que Andy Sachs regresa al universo de Runway.
¿Era necesario? Probablemente no.
¿Despierta curiosidad? Innegablemente. Porque si algo tiene este proyecto es el peso de un reparto que, en su momento, elevó un guion inteligente hasta convertirlo en fenómeno cultural.
El tráiler, ambientado al ritmo de «Vogue» de Madonna —recurso obvio que funciona como anzuelo generacional—, nos sitúa en 2026. El mundo editorial ha cambiado radicalmente.
Las revistas impresas agonizaban ya en 2006; veinte años después, su declive es irreversible. En este contexto, Miranda Priestly se enfrenta a nuevos desafíos para mantener a flote Runway.
Según informa The Hollywood Reporter, Andy ha dejado atrás su puesto de asistente para convertirse en reportera de renombre internacional. Ahora regresa a la revista como editora de reportajes.
Un ascenso narrativo que, sobre el papel, promete tensión y reencuentros incómodos.
Porque Andy no vuelve sola a ese edificio de cristal y ambiciones: también está Emily Charlton. Emily Blunt retoma su papel, pero ya no es la asistente neurótica que soñaba con París.
Ahora es ejecutiva de alto nivel en el mundo de las marcas de lujo, controlando presupuestos publicitarios millonarios. Tiene poder. Poder real.
Y eso, en el ecosistema de Runway, lo cambia todo.
El tráiler nos ofrece destellos: la Gala del Met, el regreso de Andy a Nueva York, planos de la redacción que evocan la estética pulida del original. Stanley Tucci regresa como Nigel, cuya presencia siempre aportó calidez y lucidez en medio del caos.
Pero lo que no revela el avance —y esto es tanto virtud como incógnita— es el verdadero conflicto dramático. ¿Qué ha cambiado en Miranda? ¿Qué ha aprendido Andy?
¿O acaso estamos ante un simple ejercicio de repetición?
Ahí reside el peligro de las secuelas tardías. En su afán por recuperar la magia del original, muchas terminan siendo ecos huecos, desprovistas de riesgo narrativo.
Pienso en El Padrino III, que regresó dieciséis años después creyendo que bastaba con reunir a la familia Corleone. No bastó. Nunca basta.
Una secuela debe justificar su existencia con algo más que nostalgia: necesita una razón dramática, una evolución real de los personajes.
En el caso de El diablo viste de Prada 2, el contexto de la crisis editorial podría ofrecer esa justificación. En 2006, el film capturaba el esplendor decadente de una industria en su cúspide.
En 2026, esa misma industria está al borde del abismo. Hay potencial ahí para una reflexión sobre la obsolescencia, sobre cómo el poder se transforma cuando las estructuras que lo sostenían se desmoronan.
Pero todo dependerá de la ejecución. De si el guion tiene el coraje de ir más allá de las frases ingeniosas, y de si la dirección logra capturar no solo la estética, sino la sustancia.
Meryl Streep, por supuesto, es garantía de calidad interpretativa. Su Miranda Priestly fue una creación memorable, un personaje que trascendió el arquetipo de la jefa despiadada para convertirse en algo más complejo: una mujer brillante, solitaria, consciente del precio de su poder.
Anne Hathaway, por su parte, demostró en el original una capacidad notable para transmitir la transformación de Andy sin caer en la caricatura. Si ambas están a la altura de lo que fueron, el film tendrá al menos una base sólida.
El detalle de que Miranda «apenas parece recordar a su antigua asistente estrella» es revelador. Dice mucho sobre el personaje, sobre su capacidad para descartar lo que ya no le sirve.
También sobre la ilusión que Andy pudo haberse hecho respecto a su importancia en la vida de Miranda. Ese tipo de matices son los que pueden elevar una secuela de producto comercial a obra digna de análisis.
El estreno está fijado para el 1 de mayo, y llegará a las salas de cine. Un detalle no menor en tiempos donde tantas producciones van directamente a plataformas.
Que Disney apueste por un estreno teatral indica confianza en el proyecto, o al menos en su capacidad de atraer público. Y es probable que lo consiga.
Pero la nostalgia, por sí sola, no hace buen cine. Hace taquilla, quizá. Hace que las redes sociales se llenen de comentarios entusiastas durante una semana.
Pero el cine que perdura necesita algo más. Necesita honestidad narrativa, coherencia dramática, y sobre todo, respeto por los personajes y por el público.
Veremos si El diablo viste de Prada 2 tiene eso que ofrecer, o si se queda en un ejercicio elegante pero vacío de reencuentro con viejas glorias. El 1 de mayo tendremos la respuesta.

