• El número «52» de DC nació de una serie semanal en 2006 que duró 52 semanas, sin ningún significado cósmico real detrás.
• Warner convirtió un simple título editorial en falsa mitología del multiverso para vender el reboot de 2011, puro marketing sin visión.
• Mientras Snyder planificaba arcos narrativos coherentes de cinco películas, DC improvisaba con números que «sonaban bien» en hojas de cálculo.
¿Sabéis lo que más me revienta del cómic de superhéroes actual? Que todo es humo. Marketing disfrazado de mitología. Y el número «52» de DC es el ejemplo perfecto.
Llevamos años escuchando teorías sobre el significado cósmico del «52». Realidades paralelas. Dimensiones ocultas. Profecías ancestrales. Cuando la verdad es tan prosaica que da vergüenza ajena.
El famoso «52» no es más que el número de semanas que tiene un año. Así de simple. Así de decepcionante.
Todo empezó en 2006, después de «Infinite Crisis». DC tenía un problema: sus héroes principales habían pasado por un evento masivo y los lectores querían saber qué había ocurrido después.
La solución editorial fue saltarse un año entero. Todas las colecciones principales dieron un salto temporal con historias etiquetadas como «One Year Later».
¿Y qué pasó durante ese año perdido? Ahí entra «52».
La serie se llamaba así porque iba a publicarse semanalmente durante 52 semanas consecutivas. Una por semana. Cincuenta y dos números cubriendo cincuenta y dos semanas del Universo DC.
No había ningún misterio cósmico. No había ninguna profecía. Era literalmente el número de entregas que iban a sacar. Punto.
Eso sí, la serie fue buena. Muy buena, de hecho. Tenía un equipo creativo de primera y consiguió convertir personajes de segunda fila en protagonistas memorables.
Durante meses, DC jugó con el misterio del número. En el número seis apareció una pizarra del personaje Rip Hunter con la frase «EL TIEMPO ESTABA ROTO» y otras pistas crípticas.
Pero la revelación final fue anticlimática: «52» significaba las 52 semanas del año. Nada más.
Una decisión editorial convertida en falso enigma para mantener el hype.
Hasta aquí, todo relativamente honesto. El problema vino después.
En 2011, Dan DiDio decidió relanzar todo el universo DC. Tenía 48 colecciones nuevas preparadas para el reboot.
Pero entonces Jim Lee sugirió subir el número a 52. ¿Por qué? Porque la serie de 2006 había sido un éxito y el número «52» ya tenía reconocimiento de marca.
Y así nació «The New 52». No por coherencia narrativa. No porque hubiera 52 realidades en el multiverso desde siempre. Sino porque un ejecutivo pensó que venderían más cómics reciclando un número que ya había funcionado.
Lo que vino después es todavía más patético: DC empezó a construir mitología retroactiva alrededor del número.
De repente, el multiverso DC tenía exactamente 52 realidades paralelas. No 50. No 60. Exactamente 52.
Como si hubiera sido planeado desde el principio, cuando todos sabemos que fue al revés: primero eligieron el número por marketing, y luego inventaron la justificación cósmica.
Esto es lo que me revienta de cómo funcionan los estudios.
Cuando Zack Snyder planteó su visión para el universo DC en cine, había un arco narrativo claro de cinco películas. Había simbolismo visual coherente. Cada plano servía a una visión mayor. Había temas que se desarrollaban orgánicamente.
Pero Warner prefirió el caos. La improvisación. El pánico ante cada taquilla que no cumplía expectativas imposibles.
El «52» de DC es exactamente eso: caos disfrazado de plan maestro.
Imagina si Snyder hubiera construido su multiverso cinematográfico con la misma lógica: «Vamos a hacer 52 películas porque suena bien». Sin estructura. Sin propósito narrativo. Solo números en una hoja de cálculo.
Habría sido un desastre. Pero es exactamente lo que DC hizo con sus cómics.
Y lo más gracioso es que ni siquiera han mantenido la coherencia. Ahora tienen el «Absolute Universe» y otros modelos de continuidad que han dejado atrás el concepto de las 52 realidades.
Porque claro, cuando tu mitología está construida sobre arena, es fácil que se la lleve la siguiente ola de rebranding.
La historia del número «52» es la metáfora perfecta de todo lo que está mal en la industria del cómic y el cine de superhéroes moderno.
Estudios que prefieren el marketing a la narrativa. Ejecutivos que toman decisiones creativas basándose en hojas de cálculo. Y fans a los que se les vende humo mientras se les dice que es incienso sagrado.
Podríamos tener universos construidos con la épica y la coherencia visual de un Snyder. Con autores que entienden que cada símbolo y cada decisión narrativa debe servir a una visión mayor.
Pero en su lugar tenemos números elegidos porque «suenan bien» y mitologías inventadas a posteriori para justificar decisiones comerciales.
Y luego nos preguntamos por qué nada se siente auténtico.
Por eso el Snyderverso sigue vivo en la memoria: porque era cine de verdad, no un producto de comité diseñado para vender merchandising.
El «52» es solo otro recordatorio de que Warner nunca entendió lo que tenía entre manos. Prefirieron la improvisación al plan maestro. El marketing vacío a la narrativa con peso.
Y así nos va.

