• Sam Raimi regresa al terror con clasificación R en una película original que recupera su estilo visual más reconocible y demuestra que el cine de autor puede convivir con el entretenimiento de género.
• La combinación de McAdams y O’Brien funciona mejor de lo esperado en una sátira sobre el abuso de poder que invierte dinámicas laborales en un escenario de supervivencia extrema.
• Una propuesta imperfecta pero necesaria que reivindica la personalidad cinematográfica frente a la homogeneización de las franquicias contemporáneas.
Existe algo profundamente satisfactorio en presenciar el retorno de un cineasta a su territorio natural. Sam Raimi, artesano de la imagen y del horror desenfadado, ha dedicado años recientes a superproducciones que, siendo competentes, apenas permitían vislumbrar la personalidad que caracterizó su obra temprana. Con Send Help, Raimi recupera lo que mejor domina: la fusión de terror, comedia y una puesta en escena tan distintiva como una rúbrica.
Cuando supe que Raimi volvía al terror con clasificación R, experimenté esa mezcla de esperanza y cautela que solo conocemos quienes hemos visto demasiadas veces cómo grandes directores se diluyen en el sistema. Send Help no es, afortunadamente, un ejercicio nostálgico vacío. Es una declaración: el cine de autor puede convivir con el entretenimiento de género cuando existe una mirada personal detrás de la cámara.
Heredera espiritual de un legado
Send Help funciona como sucesora de Arrástrame al infierno (2009), recuperando todo lo que hace inconfundible el cine de Raimi. Primeros planos extremos que distorsionan los rostros hasta lo grotesco. Travellings imposibles que desafían las leyes físicas. Violencia cartoonesca que provoca risa y repulsión simultáneamente. Ese humor sádico que solo él sabe dosificar sin caer en la vulgaridad.
La premisa es engañosamente simple. Linda Little (Rachel McAdams) es una empleada gris a quien el fundador de su empresa prometió un ascenso merecido. Cuando el fundador fallece y su hijo Bradley (Dylan O’Brien) asume el control, no solo le niega la promoción sino que la humilla públicamente antes de obligarla a acompañarle en un viaje de negocios a Tailandia.
El avión se estrella en el Pacífico. Solo sobreviven ellos dos. En esa isla desierta, las tornas cambiarán brutalmente.
Lo fascinante es cómo Raimi utiliza este escenario minimalista —sin elementos sobrenaturales ni superhéroes, algo que no hacía desde Por amor al juego en 1999— para construir una parábola sobre el poder y sus abusos. Linda, devota del programa Survivor y poseedora de conocimiento enciclopédico sobre supervivencia, florece en este entorno mientras Bradley, herido e inútil, se convierte en su subordinado.
Y ella, con crueldad que refleja la sufrida, comienza a ejercer su autoridad con idéntica saña.
Casting arriesgado, interpretaciones comprometidas
El casting de Rachel McAdams como la «gris» Linda Little resulta, sobre el papel, desconcertante. McAdams, con su historial de papeles glamurosos —recordemos su Regina George en Chicas malas— no es la primera opción para interpretar a una mujer invisible en una oficina.
Sin embargo, aquí reside uno de los mayores aciertos del filme. McAdams se entrega al papel con ausencia total de vanidad. Raimi siempre ha sabido extraer de sus protagonistas esa disposición a lo grotesco, esa voluntad de sacrificar la dignidad en el altar del personaje. Bruce Campbell arrastrándose por el barro, Alison Lohman siendo literalmente vomitada por demonios… McAdams se suma a esa tradición con entusiasmo.
Aunque físicamente pueda parecer un desajuste, su compromiso con el rol termina por convencernos.
Dylan O’Brien borda un personaje que podría haber sido unidimensional. Bradley es despreciable, pero O’Brien consigue el difícil equilibrio de hacernos odiarle y compadecerle simultáneamente. Hay matices en su interpretación que elevan lo que podría haber sido un simple villano corporativo a algo más complejo.
Virtudes y flaquezas estructurales
El guion de Damian Shannon y Mark Swift funciona especialmente bien en su planteamiento y desenlace. El primer acto establece con eficacia la dinámica de poder y la humillación de Linda. El tercero ofrece un cierre tan característicamente raimiano que resulta imposible no reconocer su autoría.
El segundo acto flaquea ligeramente. El conflicto se estira más de lo necesario, y algunos giros resultan predecibles para cualquiera familiarizado con las convenciones del género. Hay momentos donde uno desearía mayor economía narrativa.
Hitchcock afirmaba que el drama es la vida con los momentos aburridos eliminados. Aquí, algunos de esos momentos se cuelan en el metraje.
Sin embargo, estas debilidades quedan redimidas por la personalidad visual que Raimi imprime a cada fotograma. La composición de sus encuadres, con esa predilección por los ángulos holandeses y las perspectivas imposibles, transforma escenas convencionales en momentos distintivos. La iluminación, especialmente en las secuencias nocturnas de la isla, juega con contrastes expresionistas que remiten al mejor cine de terror clásico.
Nadie más podría haber dirigido esta película de esta manera. Esa es la marca de un verdadero autor.
Originalidad frente a la homogeneización
Vivimos una época donde el cine mainstream se ha convertido en gestión de propiedad intelectual. Secuelas, precuelas, reboots, universos compartidos… El cine como arte ha quedado relegado a los márgenes.
Ver a Raimi dirigiendo Doctor Strange en el multiverso de la locura fue agridulce: había destellos de su personalidad, pero constreñidos por las exigencias del MCU, por la necesidad de servir a una narrativa mayor que la del propio filme.
Send Help representa, en este contexto, un acto de resistencia. Es una película original, con clasificación R, que no pertenece a ninguna franquicia. Es cine hecho por un cineasta que tiene algo que decir y una forma particular de decirlo.
En 2026, eso resulta casi revolucionario.
Los guiños a Posesión infernal y Spider-Man que Raimi incluye no son nostalgia autocomplaciente, sino reconocimiento de su propia trayectoria. Un diálogo entre el Raimi de entonces y el de ahora.
Valoración
Send Help no es una obra maestra. Tiene imperfecciones, momentos de menor inspiración. Pero es, sin duda, una película necesaria.
Necesaria para recordarnos que el cine de género puede ser inteligente sin ser pretencioso, entretenido sin ser vacuo. Necesaria para demostrar que directores con décadas de carrera aún tienen cosas que aportar cuando se les permite trabajar con libertad.
La nota de 8 sobre 10 parece justa, quizá incluso generosa si atendemos estrictamente a la construcción narrativa. Pero el cine no es solo estructura; es también personalidad, riesgo, visión. Y en esos apartados, Raimi sigue siendo un maestro.
Para quienes llevamos años esperando que el viejo Raimi reapareciera, la ayuda ha llegado. Send Help no reinventa el género ni aspira a hacerlo, pero nos devuelve a un cineasta en pleno dominio de sus recursos.
En una industria cada vez más homogeneizada, eso ya es mucho.
Y si esta película sirve para que otros estudios se animen a dar carta blanca a directores con voz propia, habrá cumplido una función que trasciende su propio metraje. El cine necesita autores, no administradores. Necesita riesgo, no algoritmos.
Necesita, en definitiva, más películas como esta: imperfectas, personales, vivas.

