• Los K-dramas alcanzaron su cúspide tras el éxito de El juego del calamar en 2021, pero ahora la industria prioriza adaptaciones seguras sobre historias originales, poniendo en riesgo su futuro.
• La ironía es brutal: El juego del calamar triunfó por ser arriesgado, pero la industria aprendió justo la lección contraria y ahora solo busca fórmulas garantizadas.
• Los microdramas chinos, con episodios de menos de un minuto y presupuestos mínimos, están amenazando seriamente el dominio global de los K-dramas.
Vale, esto va a doler un poco. Especialmente si habéis pasado noches enteras enganchados a Crash Landing on You o llorando con Reply 1988 (yo incluida, sin vergüenza). Pero tenemos que hablar de esa sensación de que los K-dramas ya no son lo que eran.
Y no es nostalgia tóxica. Es algo más profundo.
Porque después de que El juego del calamar arrasara en 2021, la industria hizo exactamente lo contrario de lo que debería. En lugar de apostar por más historias valientes, se acojonó. Ahora hay más K-dramas que nunca, pero menos magia.
Cuando todo era más sencillo
Los K-dramas siempre tuvieron su público fiel. Mucho antes de Netflix, ya había gente enganchada a Winter Sonata o descubriendo Strong Girl Bong-soon. Estas series tenían algo especial: no seguían fórmulas estrictas y contaban historias que sentías auténticas.
Tenían el mismo espíritu que encuentro en ciertos slice of life: esa capacidad de mezclar géneros sin complejos, de pasar del drama más desgarrador a la comedia más absurda. Como Barakamon o March Comes in Like a Lion, donde los personajes respiran y las historias no tienen prisa.
Las series solían tener 16 episodios. Un formato que permitía desarrollar personajes con calma, construir relaciones creíbles. Había espacio para respirar.
El éxito que lo cambió todo
Septiembre de 2021. El juego del calamar aterriza en Netflix y explota. De repente, todo el mundo hablaba de K-dramas. Las inversiones se dispararon, los presupuestos se multiplicaron, la producción se aceleró brutalmente.
Pero aquí viene la ironía más cruel.
El juego del calamar triunfó precisamente porque era arriesgado, original, diferente. Las cadenas tradicionales coreanas lo habían rechazado. Era demasiado oscuro, demasiado violento. Y sin embargo, esa valentía fue exactamente lo que lo convirtió en fenómeno global.
¿Y qué lección aprendió la industria? Justo la contraria.
«Necesitamos garantías, nombres conocidos, adaptaciones de material que ya funciona». Es como si Ghibli, después del éxito de El viaje de Chihiro, hubiera decidido hacer solo secuelas seguras. Menos mal que Miyazaki es más cabezota.
La fórmula que mata la creatividad
Ahora mismo, la mayoría de K-dramas nuevos son adaptaciones de webnovels o manhwa. No me malinterpretéis: algunas son fantásticas. Lovely Runner (2024) es un ejemplo de adaptación bien hecha. Business Proposal también funcionó de maravilla.
Pero el problema no es la calidad individual, sino la falta de diversidad en el enfoque.
Los episodios se han reducido de 16 a veces solo 8. Los estudios buscan minimizar riesgos con presupuestos astronómicos. El gancho principal ya no es «esta historia es increíble», sino «mira qué actores famosos tenemos».
Me recuerda a cuando ciertos géneros de anime se saturaron de copias sin alma después de que algunos títulos arrasaran. La diferencia es que el anime tiene una tradición más larga de experimentación. Los K-dramas, en su momento de hipervisibilidad, no se pueden permitir ese lujo.
La amenaza silenciosa
Y por si fuera poco, ahora hay un nuevo jugador: los microdramas chinos.
Episodios de menos de un minuto, presupuestos ridículamente bajos, y están generando más ingresos que la producción cinematográfica doméstica china. Sí, habéis leído bien.
Con China bloqueando los K-dramas en su mercado, estos microdramas están llenando ese hueco. Son rápidos, adictivos, perfectamente diseñados para la era de TikTok. No tienen la profundidad emocional de un buen K-drama, pero tampoco la necesitan. Son comida rápida audiovisual, y funcionan.
Algunos sugieren que los productores coreanos podrían usar este formato como prueba de concepto. Suena inteligente en teoría, pero cuando todo se reduce a números, la creatividad es la primera víctima.
Sé que esto suena pesimista. Los K-dramas me han dado momentos increíbles, me han hecho llorar (mucho), reír, y conectar con historias que sentía universales. Esa magia sigue existiendo en algunos títulos. Pero cada vez es más difícil encontrarla entre el ruido de producciones diseñadas por comité y algoritmos.
La era dorada no se acabó porque los K-dramas sean malos ahora. Se acabó porque la industria eligió la seguridad sobre el riesgo, las fórmulas sobre la innovación.
Ojalá me equivoque. Ojalá dentro de un año esté escribiendo sobre cómo un K-drama completamente original y arriesgado volvió a cambiarlo todo.
Pero por ahora, toca despedirse de lo que fue. Aunque duela un poco.

