• Steve Harrington sobrevive al final de Stranger Things no por suerte, sino porque su arco siempre trató sobre aprender a confiar y ser rescatado, no sobre morir heroicamente.
• La decisión de que Jonathan Byers lo salve cierra una tensión emocional que llevaba temporadas sin resolverse, demostrando que las series pueden elegir profundidad sobre impacto fácil.
• Este momento nos recuerda que la vulnerabilidad, no el sacrificio, puede ser el verdadero cierre de un personaje: a veces lo más radical es dejar que alguien te atrape cuando caes.
Durante años, los fans de Stranger Things vivieron con la certeza de que Steve Harrington no llegaría vivo al final. Cada temporada alimentaba esa expectativa: cada enfrentamiento con el Upside Down, cada gesto imprudente de heroísmo. Cuando el episodio final lo coloca cayendo desde una torre de radio, parece que el momento ha llegado.
Pero no.
Y ahí está todo: no se trata de si sobrevive, sino de quién lo salva y por qué. Porque cuando Jonathan Byers extiende la mano y tira de Steve hacia arriba, la serie no está jugando con nuestros nervios. Está cerrando un círculo sobre cómo las relaciones se construyen en los momentos donde la vulnerabilidad se encuentra con la acción.
El rescate como resolución
Steve y Jonathan nunca fueron enemigos, pero tampoco amigos. Orbitaban alrededor de Nancy Wheeler, cada uno con su propia inseguridad sobre qué significaba ser «suficiente». La serie los puso en el mismo bando muchas veces, pero rara vez los dejó hablar de verdad.
El rescate cambia eso.
Matt Duffer explicó que diseñaron la escena precisamente para esto: «Queríamos que esos dos encontraran un terreno común al final de la serie». Después de que Jonathan lo sube, ambos tienen esa conversación pendiente en el Abismo. Finalmente se abren sobre Nancy, sobre el conflicto que nunca verbalizaron.
Es una escena pequeña en medio del apocalipsis, pero enorme en términos emocionales. Me recuerda a esos momentos en Her donde lo importante no es la tecnología o el futuro, sino dos personas intentando entenderse. O a Arrival, donde el verdadero contacto no es con lo alienígena, sino con nuestra propia capacidad de conexión.
De ego a comunidad
Steve empezó la serie como puro ego. El chico popular que medía su valor en victorias superficiales. Pero su evolución fue siempre hacia lo contrario: aprender a cuidar, a confiar, a ser parte de algo más grande.
Que su supervivencia dependa de Jonathan es perfecto narrativamente.
No es el héroe solitario que se salva a sí mismo. Es alguien que necesita ayuda, que la acepta, y que en ese acto de vulnerabilidad completa su transformación. Como Roy Batty en Blade Runner salvando a Deckard: el gesto que define no es la fuerza, sino la elección de extender la mano.
Matt Duffer lo dejó claro: «Nunca he entendido realmente por qué están tan preocupados por que Steve muera». No es arrogancia. Es coherencia narrativa. Steve no estaba ahí para ser un mártir. Estaba ahí para aprender algo.
La decisión menos obvia
Stranger Things eligió el camino menos obvio. En lugar de sacrificar a Steve para arrancar lágrimas fáciles, decidió usarlo para cerrar una relación que siempre estuvo en segundo plano pero que merecía resolución.
Es una decisión valiente en una era donde las series suelen confundir impacto con profundidad.
Hay algo en la ciencia ficción que siempre me ha fascinado: su capacidad para usar lo extraordinario —monstruos, portales dimensionales, apocalipsis— como espejo de lo más humano. Star Trek nunca fue sobre naves espaciales, sino sobre qué significa construir comunidad. Dune no trata sobre el desierto, sino sobre el peso de las expectativas y el destino.
Y Stranger Things, en este momento final, no trata sobre sobrevivir al Upside Down. Trata sobre aprender que caer no es el final si alguien está ahí para atraparte.
Las historias no tienen que destruir para importar. A veces, el acto más radical es dejar que dos personas se entiendan. Que la vulnerabilidad, no la muerte, sea el verdadero final de un arco de personaje.
Steve cayó, sí. Pero alguien estuvo ahí para atraparlo.
Y eso, en un mundo lleno de monstruos, es lo más esperanzador que podían contarnos. Es la prueba de que hemos evolucionado más allá del sacrificio como única forma de redención. Que podemos elegir la conexión sobre el drama, la comprensión sobre el impacto.
Quizá eso es lo que más necesitamos ahora: historias que nos recuerden que está bien necesitar ayuda, que extender la mano es tan heroico como cualquier batalla, que sobrevivir juntos siempre fue el punto.

