Se hunden los Globos: apuestas, podcasts y taquilla matan credibilidad

Los Globos de Oro 2026 mezclaron apuestas, podcasts y “logro de taquilla”, relegando categorías clave y sacrificando rigor. Una gala coherente en forma, incoherente en fondo.

✍🏻 Por Tomas Velarde

enero 12, 2026

• Los Globos de Oro 2026 evidenciaron una ceremonia dividida entre aciertos artísticos puntuales y una deriva comercial que compromete gravemente su credibilidad institucional.

• La incorporación de categorías como «Mejor Pódcast» y «Logro de Taquilla» demuestra que la organización antepone la rentabilidad inmediata a la coherencia artística, traicionando sus propios esfuerzos de rehabilitación.

• A pesar de una presentación competente y premiados generalmente acertados, la gala confirmó que los Globos de Oro siguen sin comprender que la credibilidad se construye con rigor, no con estratagemas publicitarias.


Existe algo profundamente revelador en observar cómo una institución intenta reconstruir su reputación mientras simultáneamente la socava desde dentro. Los Globos de Oro llevan media década intentando limpiar su imagen tras el escándalo de 2021 que expuso las vergüenzas de su membresía y sus prácticas cuestionables.

Han cambiado de propietarios, reformado sus votantes, eliminado salarios sospechosos. Todo ello, en teoría, para convertirse en lo que siempre debieron ser: una ceremonia seria que honre el cine y la televisión con criterio y dignidad.

Sin embargo, la edición número 83 de estos premios demostró que el problema no es meramente estructural, sino existencial. No saben qué quieren ser. O peor aún: quieren serlo todo a la vez, y el resultado es un espectáculo esquizofrénico que alterna momentos de genuina calidad artística con decisiones tan cínicas que uno no sabe si apartar la mirada.

Una presentadora competente en una ceremonia incoherente

Empecemos por lo positivo, que lo hubo. Nikki Glaser regresó como maestra de ceremonias y demostró oficio. Su monólogo inicial fue afilado sin resultar cruel, autocrítico sin caer en la autocompasión.

Glaser se permitió lanzar dardos certeros, pero siempre desde un lugar de complicidad con la audiencia, no de superioridad moral. Demostró que había estudiado el ritmo de una gala de tres horas, que sabía cuándo acelerar y cuándo dejar respirar a la sala.

Los premiados, en líneas generales, también fueron respetables. La victoria de Teyana Taylor abrió la noche con un discurso genuinamente emotivo. Wagner Moura ganó por «The Secret Agent», una elección que demuestra una de las pocas virtudes genuinas de los Globos: su alcance internacional.

Mientras la Academia sigue mirándose el ombligo estadounidense, los Globos al menos tienen la decencia de reconocer que el cine se hace en más de un idioma y en más de un continente.

El precio de la expansión

Pero aquí es donde la ceremonia comenzó a descarrilar. Los presentadores Kevin Frazier y Marc Malkin decidieron incorporar estadísticas de apuestas de la plataforma Polymarket, con gráficos en pantalla incluidos.

Dejemos que eso se asiente un momento: una ceremonia que intenta reconstruir su credibilidad tras años de acusaciones de corrupción decidió asociarse visiblemente con una plataforma de apuestas.

La ironía resulta desconcertante. La credibilidad institucional no se construye con reformas estructurales si luego conviertes tu ceremonia en un anuncio ambulante de apuestas.

Pero la cosa no acabó ahí. Decidieron relegar premios importantes como Mejor Banda Sonora Original a los cortes publicitarios para hacer espacio a luchadores de la UFC caminando por el escenario como «seguridad extra».

Ludwig Goransson ganó por su trabajo en «Sinners», una película de Ryan Coogler que merecía ese reconocimiento en horario de máxima audiencia, no escondida entre anuncios.

La categoría que nadie pidió

Y luego llegó la categoría de Mejor Pódcast. Amy Poehler ganó, enfrentándose a «Smartless» y «Up First» en una competición que carecía de cualquier criterio claro más allá de «estos pódcasts son populares».

Lo verdaderamente insultante no fue la existencia de la categoría en sí, sino el tratamiento que recibió. Proyectaron clips promocionales extensos de cada nominado, una cortesía que no se extendió a las categorías de interpretación tradicionales.

Actores que han dedicado décadas a perfeccionar su oficio recibieron menos tiempo en pantalla que presentadores de pódcast. Recuerdo cuando los Globos de Oro, con todos sus defectos, al menos mantenían cierta coherencia temática. Eran premios de cine y televisión. Punto.

Ahora parecen decididos a convertirse en una feria comercial del entretenimiento, donde todo vale si genera audiencia y oportunidades publicitarias.

La taquilla como virtud artística

La introducción de un premio al «logro de taquilla» fue otro clavo en el ataúd de la credibilidad. Ryan Coogler ganó por «Sinners», y hay que decir que Coogler es un cineasta talentoso que merece reconocimiento.

Pero este premio en particular resulta problemático. Los propios Oscar rechazaron esta idea hace años, reconociendo que premiar la taquilla es premiar el marketing y la distribución, no necesariamente la calidad cinematográfica.

Los criterios fueron inconsistentes hasta el absurdo: algunas películas nominadas ni siquiera se habían estrenado en el momento de la nominación, otras no habían tenido ningún rendimiento comercial significativo.

¿Qué estamos celebrando exactamente? ¿El éxito comercial? ¿La habilidad de un estudio para saturar el mercado con publicidad? ¿La suerte de estrenar en el momento adecuado?

El dilema fundamental

Los Globos de Oro intentan crecer en dos direcciones simultáneas y contradictorias. Por un lado, quieren madurar como institución, ganarse el respeto de la industria, convertirse en un referente de calidad.

Por otro, quieren expandirse, llegar a más audiencias, generar más ingresos, incorporar más categorías y más patrocinadores.

El problema es que estas dos ambiciones son fundamentalmente incompatibles. La credibilidad se construye con rigor, con criterios claros, con respeto al oficio y a la tradición.

La expansión comercial, en cambio, requiere flexibilidad, apertura a nuevos mercados, disposición a diluir la marca si eso significa llegar a más gente.

Hitchcock nunca habría permitido que un anunciante dictara el montaje de una de sus películas. Kubrick era famoso por su control obsesivo sobre cada aspecto de la producción, precisamente porque entendía que la coherencia artística no admite compromisos.

Los Globos de Oro, en cambio, parecen dispuestos a comprometer cualquier cosa si el precio es adecuado.


Salí de esta ceremonia con una sensación de oportunidad desperdiciada. Había elementos genuinamente buenos: una presentadora competente, premiados respetables, momentos de emoción auténtica.

Pero todo ello quedó enterrado bajo capas de cinismo comercial, de decisiones que priorizan el beneficio inmediato sobre la construcción de una reputación duradera.

Los Globos de Oro tuvieron su oportunidad de reinventarse tras el escándalo de 2021. Podían haber emergido como una alternativa más internacional y menos pomposa a los Oscar, manteniendo el rigor pero con mayor apertura al cine mundial.

En cambio, eligieron el camino fácil: más categorías, más patrocinadores, más trucos para mantener la atención de una audiencia cada vez más fragmentada.

El resultado es un espectáculo que no satisface a nadie del todo: demasiado comercial para los puristas, demasiado pretencioso para el público general, demasiado inconsistente para tomarlo en serio.

En el cine, como en la vida, no se puede servir a dos amos. Los Globos de Oro aún no han aprendido esa lección. Hasta que lo hagan, seguirán siendo exactamente lo que fueron este domingo: una promesa incumplida envuelta en papel de regalo corporativo.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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