Esta Película de Zombis con Daisy Ridley Hace lo que 28 Years Later No Pudo

Daisy Ridley lidera un terror íntimo en Tasmania: We Bury the Dead usa el zombi para explorar el duelo con sobriedad, tensión creciente y humanidad desarmante.

✍🏻 Por Tomas Velarde

enero 7, 2026

We Bury the Dead, con Daisy Ridley, emplea el género zombi para reflexionar sobre el duelo en un escenario post-catástrofe en Tasmania.

• Una película que devuelve al terror su dignidad como vehículo emocional, alejándose del espectáculo vacío que domina el género.

• Compañera perfecta para quienes esperan 28 Years Later: The Bone Temple, demostrando que el horror puede ser íntimo sin perder tensión.


Resulta reconfortante descubrir que el cine de terror aún puede aspirar a la hondura emocional. En una época donde el género parece condenado a la repetición de fórmulas, encontrar una película que utilice la premisa zombi como medio y no como fin resulta casi revolucionario.

We Bury the Dead, dirigida por Zak Hilditch y protagonizada por Daisy Ridley, llega en el momento preciso. Cuando los aficionados al cine de muertos vivientes aguardan 28 Years Later: The Bone Temple, esta propuesta demuestra que aún hay territorios por explorar.

Lo que distingue a este filme no es su originalidad argumental, sino su comprensión de que el horror más efectivo no reside en la víscera expuesta, sino en el vacío que deja la ausencia. Hilditch parece haber comprendido algo que muchos realizadores contemporáneos olvidan: que el cine es, ante todo, un arte de la sugerencia.


La película nos sitúa en Tasmania, tras un accidente con armamento experimental que ha devastado una región entera. Ava, interpretada por Ridley, es una voluntaria estadounidense que participa en las labores de recuperación de cuerpos. Su verdadera misión es personal: encontrar a su marido, presente cuando ocurrió la catástrofe.

La premisa podría haber derivado hacia el thriller de acción o el espectáculo apocalíptico. Hilditch elige un camino más arriesgado y gratificante.

Lo que descubren los voluntarios resulta perturbador: algunas víctimas recuperan la consciencia, pero sin actividad mental reconocible. Con el tiempo, estos seres comienzan a mostrar agitación creciente hasta volverse violentos.

Aquí reside uno de los aciertos conceptuales del filme: estos no son muertos vivientes en el sentido tradicional, sino víctimas de un evento científico. La distinción transforma por completo la naturaleza del horror que presenciamos.

Frente a la tradición del cine zombi —desde Romero hasta los herederos contemporáneos—, We Bury the Dead se niega a convertir a sus criaturas en meros objetivos para la violencia catártica. Son personas perdidas, despojadas de su humanidad por circunstancias ajenas a su voluntad.

Esta perspectiva conecta la película con una tradición más noble del género: aquella que entiende que el verdadero horror no está en el monstruo, sino en lo que su existencia revela sobre nosotros mismos.


El enfoque narrativo privilegia la emoción sobre la acción, el silencio sobre el estruendo. Ridley ofrece una interpretación contenida, casi minimalista, que recuerda a las grandes actrices del cine europeo de los sesenta y setenta.

Su Ava no es una heroína de acción ni una superviviente endurecida. Es simplemente una mujer buscando un cierre imposible, navegando un duelo que no puede completarse mientras persista la incertidumbre.

La cámara de Hilditch la acompaña con paciencia, permitiendo que los silencios respiren, que las miradas comuniquen lo que las palabras no pueden expresar. Recuerdo haber visto esta misma contención en el cine de Bergman, donde el rostro humano se convertía en paisaje emocional.

Esta aproximación evoca inevitablemente a Don’t Look Now de Nicolas Roeg, aquella obra maestra de 1973 donde el horror surgía del duelo no procesado. También comparte ADN temático con Hereditary, aunque sin caer en sus excesos formales.

La película mantiene una sobriedad visual que sirve a su propósito narrativo: no estamos ante el apocalipsis, sino ante sus consecuencias. La sociedad no ha colapsado; simplemente debe lidiar con una tragedia de proporciones inimaginables.

Esta decisión de situar la acción en un mundo que aún funciona resulta particularmente efectiva. El horror no proviene del colapso civilizatorio sino de la normalización de lo anormal, de la rutina burocrática aplicada a la gestión de cadáveres que podrían despertar.

Hay algo profundamente perturbador en esta yuxtaposición entre procedimientos administrativos y pesadilla existencial.


La conexión con la franquicia 28 Days Later es evidente pero no servil. Ambas comparten una comprensión del género zombi como metáfora de crisis colectivas. Sin embargo, donde las películas de Danny Boyle optaban por la urgencia y el vértigo, We Bury the Dead elige la contemplación.

Con apenas 95 minutos de metraje, Hilditch demuestra que la economía narrativa no está reñida con la profundidad emocional. Cada escena cumple una función, cada plano comunica. No hay relleno, no hay concesiones al espectáculo gratuito.

La tensión se construye gradualmente, como debe ser, permitiendo que el peso acumulativo de la situación nos alcance de forma orgánica.


En una industria obsesionada con universos expandidos y secuelas interminables, We Bury the Dead se presenta como un recordatorio de que el cine puede ser modesto en escala y ambicioso en intención.

No necesita presupuestos desorbitados ni pirotecnia digital para generar impacto. Le basta con una premisa sólida, una dirección consciente de sus recursos y una actriz capaz de transmitir mundos interiores con mínimos gestos.

Para quienes aguardamos 28 Years Later: The Bone Temple, esta película funciona como prueba de que el género zombi aún tiene territorios por explorar. Que el horror puede ser íntimo sin dejar de ser efectivo. Que la contención puede resultar más aterradora que el exceso.

El cine de género, cuando se practica con respeto al oficio, sigue siendo capaz de conmovernos. Y eso merece celebrarse.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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