Masters of the Universe se rodó de noche por falta de dinero — y funcionó

Masters of the Universe de 1987 se rodó casi íntegramente de noche, no por visión artística sino por la falta de dinero de Cannon Films. Gary Goddard convirtió esa limitación en concepto. Es uno de los grandes ejemplos de cómo la necesidad hace al director.

✍🏻 Por Alex Reyna

agosto 28, 2026
  • Masters of the Universe (1987) se rodó casi íntegramente de noche, no por una visión artística, sino por las estrecheces económicas de Cannon Films.
  • Gary Goddard convirtió esa limitación en concepto, inspirándose en El sueño de una noche de verano de Shakespeare para crear una atmósfera onírica y teatral.
  • La oscuridad ocultaba las costuras de vestuarios y decorados, y de paso volvía mucho más creíbles los efectos de láser.
  • Opinión: La escasez obliga a inventar, y esa textura humana que nace de trabajar con menos es precisamente lo que hoy, en la era de los recursos digitales infinitos, corremos el riesgo de perder.

Hay películas que recordamos por lo que dicen. Y hay otras que recordamos por cómo nos hacen sentir. Masters of the Universe (1987) pertenece, curiosamente, a las dos categorías, aunque no siempre por los motivos que cabría esperar.

Durante años se habló de ella como una película fallida, un producto de su época con las costuras a la vista. Y sin embargo, hay algo en esa oscuridad permanente que envuelve cada escena que sigue funcionando décadas después.

¿Y si esa oscuridad no fue un capricho estético, sino una solución casi desesperada a un problema muy prosaico? A veces el arte más interesante nace de las carencias más mundanas. Esta es la historia de cómo una película sin dinero se inventó una noche eterna, y de por qué eso fue, quizá sin pretenderlo del todo, una decisión brillante.

La restricción que nadie quería

Cannon Films, la productora del proyecto, atravesaba serias dificultades económicas a mediados de los ochenta. Gary Goddard se encontró ante un reto descomunal: trasladar a la pantalla un universo lleno de criaturas, guerreros, tecnología alienígena y poderes mágicos.

Sin ordenadores que generaran efectos visuales. Sin los presupuestos de las grandes superproducciones.

Todo tenía que construirse físicamente. Cada criatura, cada traje, cada decorado. Y eso cuesta dinero. Mucho dinero que sencillamente no había.

La solución: apagar las luces

Escena de Masters of the Universe (1987) con He-Man

Aquí empieza lo interesante. En lugar de rendirse ante las limitaciones, Goddard las convirtió en herramienta.

Decidió que toda la acción transcurriría en una sola noche. No como excusa, sino como concepto.

La oscuridad cumplía una función doble. Ocultaba las imperfecciones de vestuarios y decorados que, a plena luz del día, habrían resultado difíciles de sostener. Y creaba una atmósfera teatral y onírica que elevaba el material por encima de lo cotidiano.

El propio Goddard lo explicó con una claridad admirable: «Para mí, no hay teatralidad en eso, no hay magia. La luz del sol es muy implacable. Creo que habría hecho que todo pareciera torpe. Así que decidí que todo ocurriría en una noche.»

Shakespeare como inspiración inesperada

Lo que me parece genuinamente fascinante es de dónde vino la idea.

No de otro blockbuster. No de las tendencias del cine de acción ochentero. Sino de El sueño de una noche de verano, de Shakespeare.

En esa obra, la magia sucede entre el atardecer y el amanecer. Los límites entre mundos se difuminan cuando cae la noche. Goddard aplicó esa lógica al choque entre Eternia y la Tierra: la noche como espacio donde lo imposible se vuelve posible.

No es tan distinto de lo que hacen las mejores películas de ciencia ficción. Blade Runner convirtió la lluvia y la penumbra en un idioma propio. Recuerdo haber pausado Arrival para apuntar una frase sobre cómo el lenguaje moldea el pensamiento, y pensar que su extrañeza nacía justo de esos interiores fríos y esa luz difusa. La restricción visual como gramática narrativa. Aquí ocurre algo parecido, aunque a menor escala.

Lo que la oscuridad esconde, y lo que revela

El diseñador de producción William Stout fue más directo: «La razón por la que ruedas de noche es normalmente por atmósfera o para cubrir tus limitaciones presupuestarias. Y en nuestro caso era para cubrir las limitaciones presupuestarias.»

La honestidad de esa frase es refrescante.

Las sombras hacían desaparecer los detalles menos logrados. Y volvían los efectos de láser mucho más convincentes de lo que habrían sido bajo una luz brillante. Un equipo que sabía exactamente lo que tenía entre manos y decidió trabajar con ello, no contra ello.

Lo que el tiempo cambia

Hay algo poético en que los elementos más criticados en su momento sean hoy los que generan más cariño.

La atmósfera densa y teatral, los efectos prácticos con carácter propio, esa mezcla extraña de fantasía épica y acción terrestre: todo lo que en 1987 sonaba a limitación, hoy suena a identidad.

Y aquí llega la pregunta que me ronda. Cuando los recursos escasean, los creadores pueden lamentarse por lo que no tienen o redefinir lo posible con lo que sí tienen. Goddard eligió lo segundo.

Pero hay algo más grande en juego. Esa «estética de la escasez» dice mucho de nosotros. Hoy, con recursos digitales prácticamente infinitos, podemos generar cualquier cosa que imaginemos, y sin embargo tantas películas se sienten curiosamente vacías, pulidas hasta perder el alma.

Quizá la limitación no era el enemigo. Quizá era lo que obligaba a que hubiera una mano humana detrás de cada sombra. Y esa huella, décadas después, es exactamente lo que hace que una película siga siendo inolvidable.


Sobre Alex Reyna

Mi primer recuerdo de infancia es ver El Imperio Contraataca en VHS. Desde entonces, la ciencia ficción ha sido mi lenguaje. He montado Legos, he visto Interstellar más veces de las que debería, y siempre estoy buscando la próxima historia que me vuele la cabeza. Star Wars, Star Trek, Dune, Nolan… si tiene naves o viajes temporales, cuenta conmigo.

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