- Paramount Pictures está desarrollando una secuela de la comedia romántica de 2003, con Kate Hudson confirmada como protagonista y productora del proyecto.
- Matthew McConaughey podría retomar su papel original, aunque su participación dependerá de la dirección que tome el guion, que todavía está en búsqueda de escritor.
- La película original recaudó más de 177 millones de dólares en todo el mundo, lanzando a ambos actores al estrellato de la comedia romántica.
- Opinión del autor: Una secuela sin los dos protagonistas originales sería un ejercicio vacío. La química entre Hudson y McConaughey no es algo que se pueda reemplazar fácilmente, y Hollywood debería aprender a distinguir entre regresar con algo que decir y regresar simplemente porque el nombre vende.
- Dato relevante: No es la primera vez que ambos actores coinciden tras el original: en 2008 protagonizaron juntos Fool’s Gold, lo que demuestra que su compenetración va más allá de una sola película.
Hay películas que no pretenden cambiar el mundo. Que no te dejan pensando días enteros ni te invitan a replantearte la condición humana. Y sin embargo, funcionan. Se instalan en la memoria colectiva con una comodidad irritante, como si supieran exactamente el espacio que ocupan y no pidieran permiso para quedarse.
How to Lose a Guy in 10 Days es una de esas películas. No la recordamos porque sea profunda. La recordamos porque algo en ella —en la dinámica entre sus protagonistas, en la ligereza con la que juega con las expectativas de género, en ese humor que envejece mejor de lo que cabría esperar— sigue funcionando dos décadas después. Y ahora Paramount quiere volver a ese pozo. La pregunta, como siempre, es si hay algo dentro o si simplemente siguen tirando de la cuerda de la nostalgia.
El regreso de Andie y Ben
Según informa Variety, Paramount Pictures está desarrollando actualmente una secuela de la comedia romántica dirigida en 2003 por Donald Petrie.
Kate Hudson, que en la película original interpretaba a Andie Anderson, una columnista de revista con una misión autoimpuesta de destrozar una relación en tiempo récord, está confirmada tanto como protagonista como productora del nuevo proyecto.
La intención del estudio es que Matthew McConaughey también regrese para retomar el papel de Ben Barry, el ejecutivo publicitario que acepta, sin sospecharlo, el reto más absurdo de su vida amorosa.
Sin embargo, hay matices importantes.
El proyecto se encuentra en una fase muy temprana. Tan temprana que todavía no hay guionista. Y la participación de McConaughey, aunque deseada por el estudio y los productores, dependerá en última instancia de hacia dónde apunte el nuevo guion cuando este exista.
Lo que hizo especial al original
Para entender por qué esta secuela importa —o debería importar— hay que recordar qué fue la película en su momento.
El año 2003 no era un año cualquiera para Hollywood. Las comedias románticas vivían un momento de apogeo casi industrial, pero pocas tenían la capacidad de ser algo más que fórmula. How to Lose a Guy in 10 Days jugó con algo interesante: dos personajes que se mienten mutuamente con objetivos opuestos, atrapados en una coreografía de manipulaciones que, paradójicamente, los va uniendo.

Es una película que, si uno se detiene a pensarla, tiene más capas de las que aparenta.
Y aquí no puedo evitar mirarla como miro casi todo el cine: no me interesa tanto si es divertida como qué está diciendo sobre nosotros. Tengo alma de filósofo pero mente de ingeniero, y me gusta desmontar las historias para ver cómo funcionan por dentro.
Porque bajo la superficie, esta película habla de cómo construimos relaciones sobre pretextos falsos. De cómo los roles de género se convierten en estrategias. De cómo, a veces, la mentira más elaborada termina revelando una verdad.
No digo que sea Arrival, esa que pausé varias veces para apuntar frases. Pero tampoco es tan superficial como la etiqueta de «rom-com» podría sugerir.
Y recaudó más de 177 millones de dólares en todo el mundo. El mercado habló con claridad.
El problema de las secuelas que llegan demasiado tarde
He visto cómo sagas enteras de ciencia ficción quedaban diluidas por secuelas que nadie pidió. Star Wars me enseñó que volver a un universo querido no garantiza nada. Y Blade Runner 2049 me enseñó lo contrario: que a veces, cuando hay una idea real detrás, regresar treinta años después puede tener sentido.
La nostalgia es una herramienta poderosa. Y también es una trampa.
Cuando algo funciona veinte años después de su estreno, es tentador regresar. Pero regresar solo tiene sentido si hay algo nuevo que contar. Si los personajes han evolucionado de una manera que justifique la historia. Si el mundo en el que viven —y en el que vivimos nosotros— ha cambiado lo suficiente como para que valga la pena revisitarlos.
¿Qué tienen que decirse hoy Andie y Ben?
Aquí es donde la cosa se pone interesante para alguien como yo, que se pasa la vida pensando en cómo la tecnología reescribe lo que somos. Cuando se estrenó la película, seducir o desesperar a alguien en diez días exigía presencia, gestos, insistencia física. Hoy una relación puede empezar y morir sin que dos personas estén nunca en la misma habitación.
Las aplicaciones de citas convirtieron el afecto en un catálogo. Las redes sociales transformaron cada gesto íntimo en contenido. Y la hiperconectividad, paradójicamente, nos dejó más solos. Her me tuvo pensando días enteros precisamente en esto: en lo fácil que resulta hoy amar a una versión editada de otra persona.
Ese es el terreno fértil que tiene delante el guionista —quienquiera que sea— antes de escribir una sola línea. Si lo ignora y se limita a repetir la fórmula de 2003, habrá desperdiciado la única razón que justificaría volver.
La química no se fabrica
Una cosa tengo clara: una secuela sin Hudson y McConaughey sería un error.
No porque sean irreemplazables en términos absolutos, sino porque la película original era, en gran medida, un vehículo construido alrededor de su energía compartida. Separar esa ecuación es cambiar la película de forma fundamental.
Ambos coincidieron de nuevo en Fool’s Gold en 2008, lo que demuestra que su compenetración no fue un accidente de producción. Hay algo ahí que funciona, que es genuino, y que el público reconoce.
Si el estudio entiende eso, tiene una oportunidad real. Si decide tomar atajos, el resultado será predecible.
El cine vive de decisiones valientes. Y a veces, la decisión más valiente es esperar a tener algo que decir antes de encender la cámara.
Porque las mejores historias —ya sean de amor, de naves estelares o de columnistas con plazos de entrega— merecen algo más que una excusa para volver a existir. Merecen una razón.
Y por ahora, esa razón todavía está por escribir. Literalmente.

