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Dune: Parte Tres se estrena oficialmente el 18 de diciembre de 2026, con proyecciones anticipadas en IMAX 70mm desde el 14 de diciembre en salas seleccionadas de Estados Unidos y Canadá.
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Villeneuve es el primer director de la saga en rodar con cámaras de película IMAX —incluida la IMAX Keighley Film Camera— junto a cámaras digitales certificadas, además de una mezcla de sonido exclusiva y 140 minutos de metraje.
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Mi opinión: El compromiso formal de Villeneuve evoca la obsesión de Kubrick, pero conviene recordar que el fetichismo por el formato nunca ha garantizado, por sí solo, una gran película.
Hay películas que se ven. Y hay películas que se experimentan. La diferencia no reside en el presupuesto, ni en el reparto, ni siquiera en el guion: reside en la intención del director. En ese propósito casi sagrado de construir algo que trascienda la pantalla y permanezca en la memoria del espectador como una imagen indeleble.
Cuando pienso en esas películas —las que uno lleva consigo durante años— me vienen a la mente los encuadres de Kubrick en 2001: Una odisea del espacio, o la obertura de Lawrence de Arabia, con esa pantalla en negro absoluto y la música de Maurice Jarre abriéndose paso antes de que aparezca una sola imagen. Recuerdo aún mi primera proyección de 2001 en 70mm, hace ya demasiados años: salí de la sala con la sensación de haber presenciado algo que el cine rara vez se atreve a intentar. Hoy, Denis Villeneuve parece empeñado en entrar en esa misma conversación con el tercer capítulo de su Dune.
El tráiler de Dune: Parte Tres ha confirmado lo que muchos esperaban: la película llegará a los cines el 18 de diciembre de 2026. Pero más allá de la fecha, lo que ha captado la atención de los cinéfilos más atentos no es el espectáculo visual prometido, sino la ambición técnica que subyace al proyecto.
Villeneuve ha declarado que la película fue «soñada, diseñada y rodada» específicamente para el formato IMAX. No es un recurso de marketing. Es una declaración de intenciones.
Para calibrar el peso de esa afirmación, conviene saber que Dune: Parte Tres es la primera entrega de la saga rodada con cámaras de película IMAX —en concreto, la avanzada IMAX Keighley Film Camera— junto a cámaras digitales certificadas por el mismo sello. Una combinación que habla de un director dispuesto a explorar todas las herramientas disponibles para acercarse a su visión.
No es un detalle menor. En una época en la que el cine de gran escala se construye cada vez más frente a pantallas verdes y en el interior de servidores de renderizado, que un director apueste por la película —ese soporte físico que tanto amamos quienes crecimos viendo celuloide— dice mucho sobre su forma de entender el oficio.
Y no queda ahí. La producción cuenta también con una mezcla de sonido exclusiva para salas IMAX, elaborada para aprovechar la acústica de esos recintos. Villeneuve trabajó directamente con el equipo técnico de IMAX, realizando pruebas de cámara y revisiones en sus propias instalaciones. Eso no es delegar; eso es dirigir hasta el último fotograma.

Permítanme, sin embargo, una cautela. He estudiado el suficiente cine —y he escrito sobre él desde aquellos foros de finales de los noventa— para desconfiar de la idolatría del formato. La secuencia de la arena en Giedi Prime, rodada en aquel blanco y negro infrarrojo de Dune: Parte Dos, fue deslumbrante precisamente porque servía a una idea, no a la inversa. El 70mm de Kubrick nunca fue un fin en sí mismo: era el vehículo de un control autoral absoluto, de una geometría del plano al servicio del sentido. El riesgo, siempre, es que la proeza técnica devore la narración. Y Dune, no lo olvidemos, es antes que nada una historia.
El argumento retoma donde lo dejó Dune: Parte Dos: Paul Atreides —de nuevo Timothée Chalamet— debe afrontar las consecuencias de su ascenso al poder. La sinopsis oficial lo expresa así: «El Emperador Paul Atreides enfrenta las repercusiones de su ascenso al poder mientras las conspiraciones políticas y una guerra santa galáctica amenazan el futuro que solo él puede ver.»
Un material narrativo de enorme complejidad, heredado de Frank Herbert, que en manos de Villeneuve adquiere la gravedad que merece. Dune no es una franquicia de acción disfrazada de ciencia ficción. Es una reflexión sobre el poder, el mesianismo y la fragilidad de las civilizaciones. Y el director canadiense lo sabe.
El reparto mantiene los nombres conocidos —Zendaya, Florence Pugh, Rebecca Ferguson, Jason Momoa— y la película tendrá una duración de 140 minutos, espacio suficiente para desarrollar las capas políticas y personales que el arco de Paul exige.
En cuanto a la distribución, el calendario es el siguiente: las proyecciones anticipadas en salas IMAX 70mm comenzarán el 14 de diciembre en cines seleccionados de Estados Unidos y Canadá. El 15 de diciembre, las sesiones se ampliarán a todas las salas IMAX. Las proyecciones regulares arrancarán el 17 de diciembre a las 14:00 h (hora local), y el estreno oficial tendrá lugar el 18 de diciembre de 2026.
Lo que Villeneuve pretende con Dune es algo que el cine contemporáneo rara vez se permite: tratarlo como un acto total. No como un producto diseñado por comités de marketing, sino como una obra que nace de una visión singular y se articula con cada decisión técnica y narrativa. Esa es la diferencia entre fabricar películas y hacerlas.
No sé si Dune: Parte Tres estará a la altura de esa ambición cuando la veamos en diciembre de 2026. El tiempo —y la pantalla— lo dirán. La comparación con Kubrick es tentadora, pero también exigente: el perfeccionismo solo se convierte en arte cuando sirve a una idea, no cuando se contempla a sí mismo. Villeneuve tiene el talento y la disciplina para lograrlo; queda por ver si tendrá también la contención. Y, sin embargo, que un director todavía entienda el formato como lenguaje ya merece, en estos tiempos, toda la atención del mundo.

