Sam Neill rodó un papel en Zelda antes de morir — nadie lo sabía

Sam Neill rodó un papel secreto en la adaptación de The Legend of Zelda varios meses antes de su fallecimiento el 13 de julio. Nadie lo sabía. Una de sus últimas apariciones en pantalla quedó guardada en silencio hasta hoy.

✍🏻 Por Tomas Velarde

agosto 8, 2026
  • Sam Neill rodó un papel secreto en la adaptación cinematográfica de The Legend of Zelda varios meses antes de su fallecimiento, el pasado 13 de julio, en lo que constituye una de sus últimas apariciones en pantalla.
  • Dichen Lachman (Severance) encarnará a Impa, guardaespaldas y consejera de la Princesa Zelda, mientras que Yvonne Strahovski dará vida a una reina cuya identidad aún no ha sido revelada.
  • La película, dirigida por Wes Ball y coproducida por Sony y Nintendo, llegará a los cines el 7 de mayo de 2027, con Benjamin Evan Ainsworth como Link, Bo Bragason como Zelda y Uli Latukefu como Ganondorf.
  • Opinión: La presencia póstuma de Neill dota a este proyecto de una carga emocional que trasciende cualquier debate sobre videojuegos, recordándonos que el cine, incluso en sus formatos más comerciales, guarda espacio para el legado y la melancolía.

Hay noticias que llegan envueltas en una extraña dualidad: la emoción de un descubrimiento y el peso inevitable de una pérdida. Cuando supe que Sam Neill había rodado un papel en la adaptación cinematográfica de The Legend of Zelda antes de su fallecimiento, no pude evitar pensar en esas actuaciones finales que el celuloide preserva como si fueran reliquias. Ocurrió con Spencer Tracy, que terminó Adivina quién viene esta noche sabiendo que era su despedida. Ocurrió con Heath Ledger, cuya interpretación en El caballero oscuro nos dejó sin palabras. Y ahora, de forma silenciosa y casi secreta, Sam Neill ha hecho lo propio.

El cine posee esa capacidad única —y a veces cruel— de conservar a quienes ya no están entre nosotros. Cada fotograma se convierte en un instante perpetuo, una forma de inmortalidad discreta que ningún otro arte ofrece de la misma manera. Por eso esta noticia merece algo más que un simple titular. Merece detenerse, reflexionar y preguntarse qué nos dejará esa última pantalla.


La adaptación de acción real de The Legend of Zelda no es, a priori, el tipo de proyecto que me quita el sueño. El historial del videojuego en el cine ha sido, cuanto menos, desigual. Pero hay elementos en torno a esta producción que reclaman atención.

Sam Neill, cuyo nombre quedará ligado para siempre al doctor Alan Grant y a esa escena magistral de Jurassic Park en la que Spielberg le muestra por primera vez un dinosaurio vivo —basta recordar cómo la cámara abandona la criatura para detenerse en la mirada de asombro de Grant, la mano temblorosa obligando a Ellie a girarse; ahí está toda la lección de que el prodigio se cuenta en los rostros, no en los efectos—, había completado su trabajo en esta película varios meses antes de que el rodaje concluyera en abril de este año. Su muerte llegó el 13 de julio.

El papel que interpretó permanece en secreto, protegido por las estrictas medidas de confidencialidad que imponen Nintendo y Sony. Algo que, dicho sea de paso, no hace sino alimentar una curiosidad legítima.

Sam Neill junto a Dichen Lachman y Yvonne Strahovski, reparto de la película de The Legend of Zelda

Lo que sí se conoce es el reparto que lo rodea. Dichen Lachman, a quien muchos conoceréis por Severance, dará vida a Impa, la guardaespaldas y consejera de confianza de la Princesa Zelda. Es un personaje central en la mitología del videojuego, y la elección parece razonable. Yvonne Strahovski, recordada por su trabajo en El cuento de la criada, interpretará a una reina cuya identidad concreta no ha sido desvelada.

El protagonismo recaerá en Benjamin Evan Ainsworth como Link y Bo Bragason como la Princesa Zelda. El papel del gran antagonista, Ganondorf, lo encarnará el actor australiano Uli Latukefu.

Detrás de las cámaras, la dirección la firma Wes Ball, conocido por Kingdom of the Planet of the Apes. No es un nombre que evoque a los grandes maestros que admiro, pero es un artesano con criterio para el espectáculo. La cinta está coproducida por Sony y Nintendo, con Shigeru Miyamoto —creador del propio videojuego— y Avi Arad al frente de la producción. El guion ha sido escrito por T.S. Nowlin.

Ball ha expresado públicamente su deseo de capturar «el asombro de Miyazaki» al trasladar el mundo de Nintendo a la acción real. Es una referencia estimable. Hayao Miyazaki es uno de los grandes narradores visuales de nuestro tiempo, y si Ball ha tomado esa ambición en serio, quizá haya razones para un optimismo moderado. Pero conviene no engañarse: el asombro de Miyazaki nace de la contención, del plano que respira y del silencio que precede al prodigio, justo lo contrario de la maquinaria digital que suele devorar estas superproducciones. El verdadero riesgo no es la falta de presupuesto, sino el exceso; que la puesta en escena quede sepultada bajo capas de efectos y la película se convierta en un catálogo de estímulos sin alma.

La franquicia Zelda lleva activa desde 1986 y ha vendido más de 150 millones de unidades en todo el mundo. Su traslado al cine es, por tanto, un acontecimiento cultural que merece seguimiento.


Seré honesto: las adaptaciones de videojuegos rara vez me han convencido como ejercicio cinematográfico serio. El medio interactivo tiene sus propias reglas, su propio ritmo, y traducir todo eso al lenguaje del cine sin perder lo esencial exige no solo destreza técnica, sino una comprensión profunda de ambas disciplinas. Habrá que esperar a 2027 para juzgar si Ball ha sabido priorizar la mirada sobre el artificio.

Pero lo que sí es innegable, ya desde ahora, es que la aparición póstuma de Sam Neill transforma este proyecto en algo distinto. El cine tiene esa extraordinaria capacidad de guardar a los que se van, de devolverlos cada vez que la sala se oscurece y el proyector comienza a girar. Y eso, para quienes amamos este arte de verdad, nunca deja de ser un pequeño milagro.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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