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DC Studios ha confirmado que no revelará el aspecto completo de Clayface en ningún material promocional previo al estreno del 23 de octubre, en una cinta de clasificación R dirigida por James Watkins sobre un borrador original de Mike Flanagan, con Tom Rhys Harries como Matt Hagen y Naomi Ackie como la científica responsable de su transformación.
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La película bebe directamente del body horror de Cronenberg y del mítico episodio «Feat of Clay» de Batman: La Serie Animada, apostando por los efectos prácticos frente al CGI y por el misterio como herramienta narrativa y de marketing.
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En mi opinión, el enfoque de «no mostrar el tiburón» es justo lo que este proyecto necesitaba para diferenciarse en un panorama superheroico saturado; aunque, siendo honestos, esa misma estrategia arrastra un riesgo evidente que conviene no perder de vista.
Hay algo que el cine moderno ha olvidado entre tanto tráiler extendido, clip exclusivo y «making of» prematuro: el placer del desconocimiento. Llegar a una sala oscura sin saber exactamente lo que te vas a encontrar es una experiencia que se está volviendo escasa, casi de lujo. Y en ese contexto, lo que DC Studios está haciendo con Clayface suena, como mínimo, refrescante.
Porque esta no es solo una película de superhéroes —o más bien, de supervillanos— con clasificación R. Es una apuesta deliberada por recuperar algo que el mejor cine de terror siempre ha sabido: que lo que imaginas suele ser más aterrador que lo que te muestran. Y si hay un personaje del universo DC que merece ese tratamiento, ese es precisamente Matt Hagen.
«No enseñes el tiburón»: la filosofía que guía el marketing de Clayface
James Watkins, director de la película, lo ha explicado con una claridad que da gusto escuchar. En una entrevista con Entertainment Weekly, recurrió a la referencia cinematográfica por excelencia cuando se habla de suspense y anticipación.
«No quieres mostrar el tiburón. Creo que la gente desvela demasiado. Creo en el poder del misterio, en el poder de la sugestión y en el poder de que el espectador saque sus propias conclusiones. Creo que es más divertido así.»
Quien haya visto Tiburón sabe perfectamente de qué habla Watkins. El verdadero terror de aquella película no estaba en el escualo, sino en los minutos de calma antes de que la música de John Williams empezara a sonar bajo el agua. La anticipación, bien construida, es el mejor efecto especial que existe. Y parece que el equipo de Clayface lo ha interiorizado.
Ahora bien, permitidme el matiz: esa estrategia es un arma de doble filo. Ocultar al monstruo hasta el último fotograma genera una expectativa que la película tiene que cumplir sí o sí. Si el resultado no está a la altura del misterio que se ha construido, el efecto rebote puede ser demoledor. Es una apuesta valiente, pero también arriesgada, y DC no siempre ha salido bien parada de este tipo de órdagos.
Efectos prácticos y el aval de quien ya ha visto al monstruo
Lo que hace especialmente interesante esta decisión es que no viene de la inseguridad respecto al resultado, sino de todo lo contrario. Tom Rhys Harries, el actor que encarna a Matt Hagen —un prometedor intérprete de Hollywood desfigurado brutalmente por un mafioso que, en su desesperación por recuperar su apariencia, acepta someterse a un procedimiento experimental que lo convierte en un metamorfo de arcilla viva—, ya ha visto la criatura construida. Y sus palabras hablan por sí solas.
«Llevo un año desde que vi cómo se construía esa cosa. No puedo esperar a que la gente lo vea. Estoy constantemente asombrado por la enorme maquinaria creativa que hay detrás de una película como esta.»
Y aquí está uno de los detalles que más me entusiasma del proyecto: estamos hablando de efectos prácticos. En un momento en que el CGI lo ha sustituido casi todo, que Clayface sea una criatura física, construida con materiales y artesanía real, conecta directamente con la tradición del mejor cine de terror clásico. Y también con lo que el personaje merece.
Las influencias que convierten esto en algo más que un origen de supervillano
El guion original es obra de Mike Flanagan, el autor detrás de La maldición de Hill House o Misa de medianoche, dos referentes del terror contemporáneo que saben perfectamente cómo mezclar lo sobrenatural con el drama humano. Aunque la dirección recayó en Watkins, las huellas de Flanagan en la concepción del proyecto son un sello que no hay que ignorar.
Las influencias declaradas son igualmente reveladoras. El body horror de David Cronenberg —ese cine visceral que convierte el cuerpo humano en metáfora de la pérdida de control y la identidad fragmentada— y el episodio «Feat of Clay» de Batman: La Serie Animada, que es, sin exagerar, uno de los mejores retratos de Clayface en cualquier medio.
Aquí me permito una confesión personal: descubrí a Matt Hagen precisamente en aquel episodio, siendo un crío pegado a la tele, y recuerdo perfectamente que me marcó más su tragedia que cualquier pelea con Batman. Fue la primera vez que entendí que un villano podía darte más pena que miedo. Quien recuerde ese capítulo sabe que la historia de Hagen tiene una profundidad que no le envidia nada a ningún drama clásico.
Naomi Ackie completa el reparto principal como la doctora Caitlin Corr, la científica cuyo procedimiento experimental desencadena la transformación. Una relación que promete explorar la obsesión, los vínculos tóxicos y la destrucción progresiva de la humanidad de Hagen desde un ángulo mucho más complejo que el típico origen de villano.
Clayface llega a los cines el 23 de octubre y, si el equipo mantiene su promesa hasta el final, podría protagonizar uno de los grandes momentos de sorpresa colectiva del año.
Y conviene situar esto en su contexto. DC lleva años buscando su lugar, y su relación con las apuestas adultas y de terror ha sido de todo menos lineal. Basta recordar el tono gótico y casi expresionista del Batman de Burton, los excesos de neón de Schumacher, los tropiezos de los primeros 2000 —esa Catwoman que aún nos duele— o el giro más sombrío y autoral que abrió Joker de Todd Phillips demostrando que un cómic de DC podía ganar un León de Oro en Venecia. La nueva etapa de Gunn y Safran, con su esquema de «DC Elseworlds», parece dispuesta a dejar respirar historias así: proyectos que se salen del canon central y se permiten arriesgar tonalmente.
Apostar por el terror adulto, los efectos prácticos y el misterio como estrategia es, cuanto menos, una declaración de intenciones valiente y coherente con ese nuevo rumbo. Ojalá el resultado acompañe, porque DC ha demostrado que sabe soñar en grande, aunque no siempre haya sabido aterrizar.
Clayface siempre ha sido uno de los grandes incomprendidos del universo Batman: un villano con una tragedia genuina, con capas de humanidad bajo toda esa arcilla. Si esta película logra que el público general lo descubra de la misma forma en que los fans del cómic ya lo conocemos —con respeto, con escalofrío y con algo de compasión— habrá merecido la pena guardar el secreto hasta el último fotograma.

