La muerte de Robin Hood: el ocaso que el mito merecía
-
The Death of Robin Hood, producida por A24 y dirigida por Michael Sarnoski, debuta con un 64% en Rotten Tomatoes, convirtiéndose en la adaptación cinematográfica del personaje mejor valorada por la crítica desde Robin y Marian (1976).
-
Hugh Jackman interpreta a un Robin Hood anciano y consumido por la culpa, en una propuesta clasificada R que apuesta por la violencia explícita y la reflexión moral frente a la aventura ligera de costumbre.
-
La película podría poner fin a una racha de 35 años en la que ninguna adaptación de Robin Hood ha superado el 60% en la crítica especializada.
La opinión de Tomás: Un héroe en declive, arrepentido y doblado por el peso de sus actos, es exactamente el Robin Hood que el cine necesitaba desde hace décadas. Que sea A24 quien lo intente no es ninguna casualidad.
Para saber más: El film se inspira en la balada del siglo XVII Robin Hood’s Death y reúne en su reparto a Jodie Comer, Bill Skarsgård, Murray Bartlett y Noah Jupe.
Hay personajes que el cine lleva décadas maltratando con tan encomiable constancia que uno termina por aceptarlo como parte del orden natural de las cosas. Robin Hood es, sin lugar a dudas, uno de ellos. Desde la exuberancia irresistible de Errol Flynn en 1938 hasta el atropello de Ridley Scott en 2010, el forajido de Sherwood ha sido reducido una y otra vez a un espectáculo de espadas relucientes y discursos sobre la justicia popular que no resistirían un análisis serio ni cinco minutos. La pregunta que siempre sobrevolaba estas producciones era la misma: ¿puede alguien, alguna vez, tomarse en serio a este hombre?
Pues bien, parece que A24 y el director Michael Sarnoski han decidido intentarlo. Y lo han hecho de la única manera que, a mi juicio, merecía la pena: mirando de frente al ocaso de un hombre que, quizás, nunca fue tan heroico como la leyenda quiso hacernos creer.
The Death of Robin Hood llega con una clasificación R por violencia explícita y una propuesta que desde el primer fotograma marca distancias con cualquier versión anterior. Aquí no hay glorificación del arquero de Sherwood. Hay un ajuste de cuentas.
Hugh Jackman encarna a un Robin Hood envejecido, consumido por el peso de sus crímenes pasados. No es el guerrero ágil y carismático que poblaba otras épocas. Es un hombre al final de su camino, doblado por la culpa y la conciencia de que la violencia —por muy justa que pareciese en su momento— deja cicatrices que el tiempo no borra.
Es, en esencia, la misma pregunta que Bergman llevó al límite en El séptimo sello: aquel caballero que juega su partida de ajedrez contra la Muerte en una playa barrida por el viento, intentando arrancar un sentido a una vida entera de cruzadas estériles. O la que Kurosawa planteó con Kambei en Los siete samuráis, cuando murmura, contemplando las tumbas de sus compañeros, que de nuevo han perdido y que quienes han ganado son los campesinos. ¿Qué queda de un guerrero cuando su guerra ha terminado? ¿Puede haber redención para quien ha vivido y matado por la espada?
El film se inspira en la balada del siglo XVII Robin Hood’s Death, y eso ya dice mucho de sus intenciones. No estamos ante una historia de aventuras. Estamos ante una elegía.
A24 y Sarnoski: una apuesta que tiene sentido
La elección de A24 como productora no es ni casual ni inocente. El estudio ha demostrado en los últimos años una capacidad singular para apostar por proyectos de género con ambición artística real. Michael Sarnoski, por su parte, es el director de Pig —esa extraordinaria y contenida película con Nicolas Cage que pocos supieron valorar en su momento con la justicia que merecía—, y trae a este proyecto un estilo meditativo que, según los primeros críticos, encaja bien con la propuesta aunque no siempre logra sostener el ritmo.
Y ahí reside, precisamente, el principal reproche de la crítica: una cadencia lenta que en ocasiones se convierte en lastre, una violencia que algunos consideran excesiva, y un cierto cinismo tonal que puede resultar agotador.
No son defectos menores. Pero tampoco invalidan lo que parece ser una propuesta genuinamente seria en un género que llevaba décadas sin serlo.
Una racha de 35 años, a punto de romperse
Con un 64% en Rotten Tomatoes sobre las primeras críticas, The Death of Robin Hood se convierte en la adaptación cinematográfica del personaje mejor valorada desde Robin y Marian (1976), aquella hermosa película de Richard Lester con Sean Connery y Audrey Hepburn en la que también se exploraba, con una ternura admirable, el ocaso inevitable de los héroes. Una película que, dicho sea de paso, merece ser reivindicada con más frecuencia de la que se hace.
Que en casi medio siglo ninguna adaptación haya logrado superar esa referencia habla por sí solo del estado de la cuestión. Robin Hood: Príncipe de los ladrones (1991), el Robin Hood de Ridley Scott (2010) y cuanto llegó después: todo ha caído por debajo del 60%.
Si The Death of Robin Hood mantiene o mejora su puntuación, habrá logrado algo que nadie consiguió en tres décadas y media.
El reparto que acompaña a Jackman no es menor: Jodie Comer, Bill Skarsgård, Murray Bartlett y Noah Jupe conforman un elenco con peso suficiente para sugerir que la producción no ha escatimado en talento. Y la crítica ha destacado especialmente el trabajo emocional de Jackman, señalado como el auténtico núcleo dramático de la función.
Un héroe envejecido y arrepentido que carga con el peso de sus actos no es, por supuesto, un concepto nuevo en el cine. Lo vimos con John Ford y John Wayne, con Sergio Leone y sus pistoleros en declive, con Clint Eastwood en Sin perdón. Imposible no recordar a William Munny, cuando ese joven fanfarrón intenta justificar un asesinato y él, con la mirada vacía de quien ya no cree en nada, sentencia: «Deserve’s got nothin’ to do with it» —merecerlo no tiene nada que ver—. Aplicar esa misma desolación a Robin Hood, un personaje tan codificado, tan anclado en el imaginario popular como símbolo de pureza moral, tiene algo de audaz y de absolutamente necesario.
No afirmaré que The Death of Robin Hood sea necesariamente una gran obra. Aún no he podido verla, y pocas cosas me generan más desconfianza que juzgar una película por sus primeras críticas antes de haber tenido la oportunidad de sentarme frente a ella con la debida calma. Pero sí afirmaré que el planteamiento me parece el correcto: cuando un mito lleva décadas siendo tratado con ligereza, la única respuesta honesta es la oscuridad. El arrepentimiento. La muerte, en su sentido más literal y más metafórico.
Recuerdo que, allá por finales de los noventa, discutíamos en aquellos viejos foros de cinéfilos si un personaje tan idealizado podía soportar una mirada adulta sin desmoronarse. Tres décadas después, parece que alguien por fin ha tenido el valor de comprobarlo.
Si Sarnoski ha tenido el pulso necesario para sostener esa idea de principio a fin, estaremos ante una de esas raras ocasiones en que el cine de género se toma en serio a sí mismo. Y eso, en los tiempos que corren, ya es motivo más que suficiente para prestarle toda la atención.

