15 Remakes Que SUPERAN a la versión Original (Y Nadie Lo Admite)

Quince remakes que, con visión y puesta en escena, superan a sus originales: de Cukor y Kaufman a Scorsese, Cronenberg y Coppola. El cómo importa más que el qué.

✍🏻 Por Tomas Velarde

enero 16, 2026

Existe una tendencia casi refleja en el cinéfilo contemporáneo: despreciar los remakes antes incluso de verlos. Lo entiendo perfectamente.

Durante décadas hemos asistido al saqueo sistemático de obras maestras, convertidas en productos insípidos diseñados para audiencias que, supuestamente, no toleran el blanco y negro o los ritmos pausados.

Sin embargo, esta postura, por comprensible que sea, nos ciega ante una verdad incómoda: algunos remakes no solo justifican su existencia, sino que dialogan con sus predecesores de formas inesperadas y, ocasionalmente, los superan.

Recuerdo mis primeras discusiones en aquellos foros de finales de los noventa, cuando defender un remake equivalía a cometer herejía cinéfila.

Pero la historia del cine está plagada de ejemplos que desmienten el dogma. Hitchcock refilmó su propio El hombre que sabía demasiado y mejoró sustancialmente la versión británica. Scorsese revisitó Cape Fear con resultados fascinantes.

El propio concepto de «original» es más escurridizo de lo que parece: ¿cuántos sabían que Scarface de De Palma era un remake?

La cuestión no radica en si una película es un remake, sino en cómo se aborda ese material previo, qué mirada nueva aporta, qué comprensión del lenguaje cinematográfico demuestra.


El prejuicio y la realidad

La desconfianza hacia los remakes no surge de la nada. Hollywood ha convertido la práctica en una fórmula industrial: adquirir derechos de películas extranjeras exitosas, eliminar cualquier aspereza cultural o narrativa, y servir un producto homogeneizado.

Es comprensible que el espectador informado levante las cejas cuando se anuncia la enésima revisión de un clásico intocable.

Pero esta visión monolítica ignora matices esenciales. Existen remakes concebidos por cineastas con algo genuino que decir, con una visión personal que justifica volver sobre material conocido.

No hablamos de meros ejercicios de nostalgia o cálculos de taquilla, sino de obras que reinterpretan, cuestionan o expanden sus fuentes.

Más allá de los ejemplos obvios

Cuando se discuten remakes valiosos, siempre emergen los mismos nombres: La cosa de Carpenter, La mosca de Cronenberg, incluso Por un puñado de dólares de Leone (remake no acreditado de Yojimbo de Kurosawa, dicho sea de paso).

Son ejemplos legítimos, obras maestras por derecho propio. Pero su omnipresencia en estas conversaciones oscurece otros títulos igualmente meritorios.

Existen remakes que han pasado desapercibidos, incomprendidos en su momento o simplemente eclipsados por el ruido mediático.

Algunos provienen de épocas en que el concepto mismo de «remake» no cargaba el estigma actual. Otros son producciones recientes que, por diversos motivos, no encontraron su público.

1. A Star Is Born (1954) de George Cukor

La versión de Cukor con Judy Garland y James Mason permanece injustamente eclipsada por la original de 1937 y las posteriores iteraciones.

Sin embargo, esta es posiblemente la más completa desde el punto de vista cinematográfico: el uso del Technicolor, la dirección de actores impecable, y sobre todo, la comprensión profunda de Cukor sobre la tragedia del estrellato.

La escena en que Norman Maine interrumpe la ceremonia de los Oscar es un prodigio de puesta en escena. Cukor mantiene el plano general, permitiendo que la humillación se desarrolle ante nuestros ojos sin cortes sensacionalistas.

Es cine adulto, consciente de su lenguaje.

2. Invasion of the Body Snatchers (1978) de Philip Kaufman

La versión de Don Siegel de 1956 es un clásico indiscutible de la paranoia de la Guerra Fría. Pero Kaufman logró algo extraordinario: trasladar esa paranoia a la San Francisco de los setenta sin perder un ápice de inquietud.

El trabajo de fotografía de Michael Chapman crea una atmósfera de alienación urbana que la original, con sus limitaciones presupuestarias, apenas podía sugerir.

Y ese plano final, con Donald Sutherland señalando y emitiendo ese chillido inhumano, es más perturbador que cualquier cosa en la versión de Siegel.

3. The Maltese Falcon (1941) de John Huston

Pocos recuerdan que la obra maestra de Huston era ya la tercera adaptación de la novela de Dashiell Hammett. Las versiones de 1931 y 1936 han caído en el olvido, y con razón.

Huston comprendió algo esencial: el noir no es solo argumento, es atmósfera, es el modo en que la luz recorta los rostros, es el ritmo sincopado de los diálogos.

Bogart no interpreta a Sam Spade, lo encarna. Cada encuadre respira la desilusión moral que define el género.

4. Heat (1995) de Michael Mann

Técnicamente, Heat es un remake expandido del telefilm L.A. Takedown (1989) del propio Mann. Pero la diferencia es abismal.

Con presupuesto y tiempo adecuados, Mann construyó una sinfonía urbana sobre la soledad profesional. El famoso encuentro en la cafetería entre Pacino y De Niro es un ejemplo magistral de cómo dos actores pueden crear tensión dramática sin alzar la voz.

Mann filma Los Ángeles como un personaje más, sus autopistas nocturnas convertidas en ríos de luz que separan a hombres condenados a la soledad.

5. Suspiria (2018) de Luca Guadagnino

Aquí entramos en territorio controvertido. La Suspiria de Argento (1977) es una obra maestra del horror visual, un delirio cromático irrepetible.

¿Cómo justificar un remake?

Guadagnino no intenta replicar a Argento. Su Suspiria es una meditación sobre la culpa histórica alemana, sobre el cuerpo como campo de batalla, sobre la danza como lenguaje de lo indecible.

Es más larga, más sombría, más intelectual. No sustituye al original, dialoga con él desde una perspectiva completamente distinta.

6. The Departed (2006) de Martin Scorsese

Infernal Affairs (2002) es un thriller hongkonés brillante y económico. Scorsese tomó su estructura y la convirtió en una ópera sobre la identidad y la traición, ambientada en el Boston irlandés que conoce íntimamente.

La escena en el cine porno, cuando DiCaprio y Damon casi se cruzan, es puro Scorsese: tensión construida mediante montaje y música, no mediante diálogos explicativos.

El remake ganó el Oscar que Hollywood le debía a Scorsese desde hacía décadas.

7. The Ring (2002) de Gore Verbinski

El original japonés Ringu (1998) inauguró la ola de horror asiático. La versión americana podría haber sido otro remake insulso.

Pero Verbinski comprendió que el horror de Nakata funcionaba precisamente por su ambigüedad, por lo que no mostraba. Su versión mantiene esa contención, añadiendo una fotografía desaturada que convierte Seattle en un purgatorio húmedo y gris.

Naomi Watts aporta una vulnerabilidad que ancla lo sobrenatural en lo emocional. Es un remake que respeta su fuente sin limitarse a copiarla.

8. 3:10 to Yuma (2007) de James Mangold

El western de Delmer Daves (1957) es competente pero convencional. Mangold lo transforma en una reflexión sobre la masculinidad y el honor en un Oeste que ya no tiene lugar para héroes.

Russell Crowe y Christian Bale construyen una relación compleja entre captor y prisionero que trasciende los arquetipos del género.

La secuencia final en la estación es un prodigio de tensión sostenida, cada disparo coreografiado con precisión quirúrgica.

9. True Grit (2010) de los hermanos Coen

La versión de Henry Hathaway (1969) es recordada principalmente por el Oscar de John Wayne. Los Coen regresaron a la novela de Charles Portis y descubrieron algo que Hathaway había suavizado: su dureza bíblica, su violencia casual, su humor negro.

Hailee Steinfeld como Mattie Ross es una revelación, y los Coen filman el Oeste como un lugar de belleza terrible, donde la justicia es tan arbitraria como la muerte.

El epílogo, ausente en la versión de Hathaway, añade una melancolía devastadora sobre el precio del tiempo.

10. Dredd (2012) de Pete Travis

La versión de Stallone (1995) es un desastre camp. Dredd de Travis (con guion de Alex Garland) es lo que el personaje siempre debió ser: un western fascista ambientado en un infierno vertical.

La decisión de mantener el casco puesto durante toda la película es valiente. Karl Urban interpreta con la mandíbula y la postura corporal, convirtiendo a Dredd en una fuerza de la naturaleza más que en un personaje.

La fotografía de Anthony Dod Mantle durante las secuencias con Slo-Mo es de una belleza hipnótica que contrasta brutalmente con la violencia.

11. A Star Is Born (2018) de Bradley Cooper

Cuarta versión de esta historia, y Cooper demuestra que aún quedaban cosas por decir. Su comprensión de la música en vivo, filmada con inmediatez documental, da autenticidad a la historia.

La química entre Cooper y Lady Gaga es innegable, pero lo que eleva la película es su honestidad sobre la adicción y el resentimiento.

La escena en que Jackson Maine se orina encima durante los Grammy es devastadora precisamente porque Cooper no la filma con morbo, sino con compasión.

12. Let Me In (2010) de Matt Reeves

Déjame entrar de Tomas Alfredson (2008) es una obra maestra sueca. El remake americano llegó apenas dos años después, lo que parecía un insulto.

Pero Reeves hizo algo inteligente: trasladó la historia a Nuevo México en los ochenta, manteniendo la atmósfera gélida pero añadiendo una textura americana específica.

La secuencia del accidente de coche, filmada desde el interior del vehículo volcado, es un alarde técnico al servicio del horror.

13. The Fly (1986) de David Cronenberg

Aunque más conocida que otras en esta lista, sigue infravalorada como drama romántico. La versión de Kurt Neumann (1958) es ciencia ficción de serie B. Cronenberg la convirtió en una tragedia sobre la desintegración del cuerpo y la identidad.

Jeff Goldblum y Geena Davis crean una relación creíble que hace insoportable su destrucción.

La transformación de Brundle no es solo maquillaje espectacular (aunque lo es), es una metáfora sobre la enfermedad y la pérdida de humanidad.

14. The Beguiled (2017) de Sofia Coppola

Don Siegel dirigió la versión de 1971 con Clint Eastwood. Coppola tomó la misma novela de Thomas Cullinan y la reinterpretó desde una perspectiva femenina.

Donde Siegel filmaba con voyeurismo masculino, Coppola observa con distancia clínica. Su internado sureño es un invernadero claustrofóbico donde la represión sexual se mezcla con la violencia latente.

La fotografía de Philippe Le Sourd convierte cada encuadre en un cuadro prerrafaelita, belleza que oculta peligro.

15. Scarface (1983) de Brian De Palma

Cerramos con un ejemplo que muchos desconocen que es remake. La versión de Howard Hawks (1932) es un clásico del cine de gángsters. De Palma la trasladó al Miami de los ochenta, al mundo del narcotráfico cubano.

Lo que podría haber sido un simple ejercicio de actualización se convirtió en una ópera barroca sobre el exceso americano.

Pacino está al borde de la sobreactuación durante toda la película, pero ese es precisamente el punto: Tony Montana es un hombre sin controles internos, y De Palma filma su ascenso y caída como una tragedia shakespeariana ambientada en decorados de mal gusto.


El valor de la segunda mirada

Estos quince remakes demuestran que la práctica de refilmar no es inherentemente corrupta. Cuando un cineasta con visión propia aborda material previo, puede iluminar aspectos que la versión original apenas rozó.

No se trata de sustituir los originales, sino de expandir nuestra comprensión de las historias que contamos una y otra vez.

Como bien sabía Roger Ebert, cuya lucidez crítica siempre he admirado profundamente, no importa sobre qué trata una película, sino cómo trata ese tema. Aplicado a los remakes, el principio es cristalino: no importa qué se rehace, sino cómo se rehace.

La puesta en escena, el trabajo con los actores, el ritmo narrativo, la fotografía, el diseño sonoro: todos estos elementos constituyen el «cómo» que determina el valor de una obra.

Como espectadores formados, tenemos la responsabilidad de aproximarnos a cada obra con mente abierta, sin permitir que categorías preconcebidas dicten nuestro juicio.

Un remake merece la misma atención rigurosa que cualquier otra película: análisis de su estructura narrativa, valoración de su puesta en escena, comprensión de sus intenciones artísticas.

Esto no significa aceptar acríticamente cualquier remake que Hollywood produzca. Al contrario, exige mayor discernimiento.

Debemos distinguir entre remakes concebidos como meros productos comerciales y aquellos que representan genuinos esfuerzos creativos. La diferencia suele ser evidente para quien sabe mirar.

Estos quince títulos merecen que los rescatemos del olvido y los valoremos con la seriedad que su ambición artística demanda. Porque, como bien sabía Ebert, lo que importa nunca es el qué, sino siempre el cómo.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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