¿Sigue teniendo sentido Scream 30 años después… o ya es un fantasma?

La saga que se reía del terror se ha convertido en su propio cliché. Repasamos su legado, sus reglas y su futuro.

✍🏻 Por Tomas Velarde

febrero 27, 2026

• La saga Scream cumple treinta años, superando ya la edad que tenía Halloween cuando Wes Craven estrenó su obra maestra del meta-terror en 1996.

• Ghostface no es un único asesino sino múltiples identidades que han tejido una compleja red de traumas y venganzas, manteniendo la tensión dramática que el terror sobrenatural difícilmente alcanza.

• La franquicia ha conservado su relevancia gracias a un equilibrio entre brutalidad, humor autoconsciente y una estructura narrativa que respeta las reglas del género mientras las subvierte, aunque ha perdido parte de su frescura transgresora original.


Hay algo profundamente irónico en que una saga cinematográfica nacida para deconstruir el cine de terror haya terminado convirtiéndose en aquello mismo que satirizaba: una franquicia interminable con sus propias convenciones, sus reglas sagradas y su mitología cada vez más enrevesada.

Scream, la obra con la que Wes Craven cerró brillantemente su carrera —al menos en términos de impacto cultural—, ha cumplido treinta años. Treinta años en los que hemos visto a Ghostface cambiar de rostro, de motivaciones y de víctimas, pero nunca de esencia.

Y ahora, con Scream 7 a punto de llegar a las salas, uno no puede evitar preguntarse: ¿cuánto más puede dar de sí esta fórmula sin traicionarse a sí misma?

El peso de la historia

Cuando Scream se estrenó en 1996, Halloween —la película que John Carpenter dirigió en 1978— tenía dieciocho años de antigüedad. Hoy, Scream tiene treinta.

Dejemos que esa cifra repose un instante.

La película que se burlaba de los clichés del slasher, que diseccionaba con bisturí afilado las convenciones del género de terror, que convertía a sus personajes en espectadores conscientes de estar viviendo dentro de una película de miedo, es ahora más vieja que su principal referente cuando ella misma vio la luz.

Esta paradoja temporal no es un mero dato anecdótico. Es, en realidad, el corazón mismo de lo que Scream representa como fenómeno cultural.

La saga ha envejecido con su público, ha visto cómo el cine de terror mutaba, se reinventaba, moría y resucitaba una y otra vez. Y en cada nueva entrega, ha intentado —con mayor o menor fortuna— comentar sobre ese estado de cosas.

El guion de Kevin Williamson para aquella primera película era una obra maestra de economía narrativa y agudeza crítica. Cada diálogo servía a un propósito doble: avanzar la trama y, simultáneamente, comentar sobre las reglas del género.

«Nunca digas ‘ya vuelvo'», «Los que tienen sexo mueren», «Nunca bebas ni consumas drogas». Estas máximas, enunciadas por el personaje de Randy Meeks —interpretado con perfecta sincronía entre ironía y sinceridad por Jamie Kennedy—, se convirtieron en el catecismo de una generación de cinéfilos.

La máscara y sus rostros

Pero si hay algo que distingue a Scream de otras sagas de terror es precisamente la naturaleza cambiante de su villano.

Ghostface no es Michael Myers, no es Jason Voorhees, no es Freddy Krueger. No es una fuerza sobrenatural, ni un asesino inmortal, ni siquiera un único individuo. Ghostface es, en cada película, una persona diferente. O varias personas.

Y esa es, quizá, la idea más brillante de toda la franquicia.

Porque al hacer que el asesino sea siempre alguien cercano a las víctimas, alguien con motivaciones humanas —por retorcidas que sean—, la saga mantiene una tensión dramática que el terror sobrenatural difícilmente puede alcanzar.

No estamos ante un monstruo imparable, sino ante la traición, el resentimiento, la obsesión. Ante lo peor del ser humano disfrazado con una máscara de plástico barato comprada en cualquier tienda de disfraces.

A lo largo de seis películas, hemos visto cómo diferentes individuos se han puesto la máscara de Ghostface. Cada uno con sus traumas, sus venganzas personales, su particular lectura de lo que significa ser el villano de una película de terror.

Y aquí es donde la saga se vuelve verdaderamente laberíntica: porque cada nuevo asesino está conectado, de una forma u otra, con los anteriores. Cada crimen tiene su origen en un crimen previo. Cada venganza genera una nueva venganza.

Es un esquema narrativo que, en manos menos hábiles, podría haberse convertido en un galimatías incomprensible. Y, seamos honestos, en ocasiones ha rozado peligrosamente ese territorio.

Las reglas del juego

Una de las señas de identidad más reconocibles de Scream es su obsesión por las reglas. Cada película establece un nuevo conjunto de normas que rigen el comportamiento de los personajes y, por extensión, la estructura misma del film.

En la primera entrega, eran las reglas básicas de supervivencia en una película de terror. En la segunda, las reglas de las secuelas. En la tercera, las de las trilogías. Y así sucesivamente.

Este juego meta-cinematográfico, que en 1996 resultaba refrescante y subversivo, se ha convertido con el tiempo en una de las convenciones más rígidas de la propia saga.

Cada nueva película debe incluir su momento de «explicación de las reglas», su escena en la que los personajes discuten sobre qué tipo de película están viviendo. Es un ejercicio de equilibrismo: ¿cómo mantener la frescura de un concepto que, por definición, se basa en la repetición?

La respuesta que han encontrado las últimas entregas ha sido ampliar el foco. Ya no se trata solo de comentar sobre el cine de terror, sino sobre la cultura del fandom, sobre los reboots, sobre la nostalgia, sobre la toxicidad de ciertos sectores del público.

Scream ha pasado de ser una sátira del slasher a ser una sátira de la propia industria del entretenimiento y de nuestra relación con ella.

La brutalidad y el humor

Pero más allá de toda esta arquitectura meta-textual, Scream sigue siendo, en su esencia, una saga de terror slasher. Y como tal, debe cumplir con ciertos requisitos básicos: muertes brutales, tensión, sustos efectivos.

Y en este aspecto, la franquicia ha mantenido un nivel de calidad notable.

Las escenas de asesinato en Scream nunca han sido gratuitas. Cada muerte está coreografiada con precisión, filmada con claridad —nada de ese montaje frenético que tanto daño ha hecho al cine de acción y terror contemporáneo—, y sirve a un propósito narrativo.

Craven entendía que la violencia en pantalla debe tener peso, debe importar. Pensemos en aquella secuencia inicial con Drew Barrymore: el encuadre amplio que muestra su vulnerabilidad en esa casa vacía, el uso del teléfono como instrumento de tortura psicológica, la cámara que se mantiene a distancia mientras el horror se despliega.

Es puesta en escena clásica, de manual. Hitchcock habría aplaudido esa economía de medios al servicio de la tensión.

El humor, por su parte, nunca ha sido del tipo paródico que encontramos en sagas como Scary Movie. Es un humor que nace del reconocimiento, de la complicidad entre la película y el espectador.

Cuando un personaje comenta sobre los tropos del género, no lo hace para burlarse de ellos de forma gratuita, sino para señalar su existencia antes de, inevitablemente, caer en ellos. Es un humor inteligente, que requiere de un público conocedor.

El legado de Craven

Wes Craven falleció en 2015, tras haber dirigido las cuatro primeras entregas de la saga. Su ausencia se ha notado, inevitablemente, en las películas posteriores.

Porque Craven no era solo un artesano competente del terror —que lo era—, sino un cineasta con una visión clara de lo que quería decir y cómo quería decirlo. Un director que entendía el lenguaje cinematográfico como pocos en su género.

Sus mejores trabajos —La última casa a la izquierda, Las colinas tienen ojos, Pesadilla en Elm Street, y por supuesto Scream— comparten una característica común: son películas que entienden el terror como comentario social.

No se limitan a asustar; reflexionan sobre por qué nos asusta lo que nos asusta, sobre qué dice de nosotros como sociedad.

Craven sabía componer un plano, sabía cuándo mantener la cámara quieta y cuándo moverla, sabía que el terror más efectivo es aquel que se construye con paciencia. Era un cineasta de la vieja escuela, formado en el respeto al oficio.

Las nuevas entregas, dirigidas por Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett, han intentado mantener ese espíritu. Y hay que reconocerles el mérito de no haber traicionado la esencia de la saga.

Pero les falta esa chispa, esa capacidad de Craven para encontrar el encuadre perfecto, el momento exacto, el equilibrio preciso entre terror y comentario. Les falta, en definitiva, la mano de un maestro.


Treinta años después de aquella primera llamada telefónica —»¿Cuál es tu película de terror favorita?»—, Scream sigue viva. Quizá más enredada en su propia mitología de lo que sería deseable, quizá repitiendo fórmulas que ya no sorprenden como antes, pero viva al fin y al cabo.

Y eso, en una industria que devora y escupe franquicias con voracidad insaciable, no es poco mérito.

La pregunta que nos plantea Scream 7 no es tanto si la saga puede seguir adelante —obviamente puede, mientras siga siendo rentable—, sino si debe hacerlo. Si tiene algo nuevo que decir o si simplemente está cumpliendo con el ritual, repitiendo los pasos de una danza que todos conocemos de memoria.

Como espectadores, como cinéfilos, como amantes del cine de terror, nos corresponde a nosotros decidir si seguimos respondiendo a esa llamada telefónica o si, finalmente, dejamos que salte el contestador.

Porque, al fin y al cabo, esa también es una de las reglas: saber cuándo ha llegado el momento de colgar.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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