Send Help: La Isla Donde La Víctima Se Vuelve Peor Que El Villano

Raimi firma un thriller incómodo donde la verdadera pesadilla no es la isla, sino la celebridad que construimos sobre la mentira.

✍🏻 Por Tomas Velarde

febrero 3, 2026

• Sam Raimi regresa al género con Send Help, un thriller de supervivencia que trasciende sus convenciones para convertirse en una disección implacable sobre la corrupción del poder y la fragilidad de nuestra brújula moral.

• El filme demuestra que el verdadero horror no reside en la isla desierta, sino en cómo el poder transforma a personas ordinarias en monstruos, y lo hace con una valentía narrativa que escasea en el cine actual.

• Rachel McAdams y Dylan O’Brien protagonizan esta parábola inquietante que rechaza el maniqueísmo fácil y nos obliga a confrontar verdades incómodas sobre nuestra propia naturaleza.


Llevo décadas viendo cine de género, y pocas veces he experimentado esa sensación tan particular de incomodidad moral que provoca una película verdaderamente inteligente. Sam Raimi, ese artesano que nos regaló la trilogía de Evil Dead y demostró su madurez narrativa con Un plan sencillo, vuelve a recordarnos por qué su nombre sigue siendo sinónimo de cine con sustancia. Send Help se presenta como un thriller de supervivencia convencional, pero bajo esa superficie late algo mucho más siniestro.

Lo fascinante es cómo Raimi y los guionistas Damian Shannon y Mark Swift emplean los tropos del género —el accidente aéreo, la isla desierta, la lucha por sobrevivir— como mero decorado para una disección implacable sobre la naturaleza del poder. No estamos ante un filme de supervivencia. Estamos ante una tragedia griega con palmeras de fondo.

El engaño de las apariencias

La estructura inicial nos sitúa en territorio conocido: Linda Liddle, interpretada por Rachel McAdams, es la asistente ejecutiva sometida a los abusos de su jefe, Bradley Preston, encarnado por Dylan O’Brien. Él es el arquetipo del ejecutivo déspota, sexista y cruel. Ella, la víctima que soporta humillaciones diarias.

Cuando el avión se estrella y ambos quedan varados en una isla desierta, esperamos la redención de la víctima y el castigo del opresor. Pero Raimi no está interesado en darnos esa satisfacción moral tan predecible.

El director comprende algo que el cine contemporáneo olvida con demasiada frecuencia: que la verdadera complejidad humana reside en la ambigüedad, en esa zona gris donde las víctimas pueden convertirse en verdugos sin perder nuestra empatía. Es una lección que aprendió de maestros como Billy Wilder, quien nunca temió mostrar la podredumbre bajo el barniz de la civilización.

La isla invierte la dinámica de poder. Linda descubre habilidades de supervivencia que Bradley no posee. Más importante aún: descubre el placer embriagador del control. Y aquí es donde el filme revela su verdadera naturaleza.

El momento de la elección

El giro argumental llega cuando aparece la salvación en forma de Zuri, la prometida de Bradley, acompañada de su guía. Es el momento en que cualquier persona racional celebraría el fin de la pesadilla.

Pero Linda no es ya esa persona racional. Ha probado el poder, y no está dispuesta a renunciar a él.

La escena del asesinato —Linda aplastando la cabeza del guía con una roca, provocando que ambos rescatadores caigan a su muerte— es de una brutalidad que recuerda al mejor Raimi, pero no es gratuita. Es el punto de no retorno, el momento en que Linda cruza la línea que separa a la víctima del monstruo.

Lo que resulta particularmente inquietante es que Linda había descubierto previamente una mansión completamente equipada en la isla, información que ocultó deliberadamente a Bradley. No estaba luchando por sobrevivir; estaba saboreando su nueva posición de dominio.

El filme nos obliga a reconocer una verdad incómoda: Linda no mata por pánico o defensa propia. Mata por elección.

La simetría del horror

La confrontación final entre Linda y Bradley, que culmina con ella golpeándole con un palo de golf, cierra el círculo temático con una ironía devastadora. Linda regresa a la civilización utilizando la balsa que Bradley había ideado, del mismo modo que su jefe solía apropiarse de sus ideas en la oficina.

Se ha convertido exactamente en aquello que despreciaba.

El epílogo es magistral en su crueldad: Linda no solo sobrevive, sino que prospera. Se convierte en celebridad, juega en torneos de golf benéficos, es admirada como superviviente heroica. Bradley, mientras tanto, es borrado de la narrativa oficial.

Esta conclusión rechaza cualquier forma de justicia poética o redención moral. Raimi nos niega el consuelo de ver castigada a la protagonista porque entiende que el poder raramente castiga a quienes lo ejercen con astucia. Es un final que habría aplaudido Billy Wilder en sus días más cínicos.

Más allá del maniqueísmo

Lo que eleva Send Help por encima del thriller convencional es su rechazo absoluto a simplificar a sus personajes. Ni Linda ni Bradley son villanos unidimensionales. Ambos comparten pasados traumáticos, ambos muestran momentos de vulnerabilidad genuina.

Pero ambos utilizan su dolor como justificación para decisiones atroces.

El filme explora cómo los sistemas de poder moldean el comportamiento humano y cómo aquellos que han experimentado la impotencia a menudo se convierten en los más despiadados cuando obtienen control. Es una observación tan antigua como la tragedia griega y tan relevante como las noticias de esta mañana.

McAdams y O’Brien entregan interpretaciones que comprenden esta complejidad. No están jugando a héroes y villanos; están explorando la fragilidad de nuestra brújula moral cuando las circunstancias la ponen a prueba.


Send Help confirma que Sam Raimi sigue siendo uno de los pocos directores capaces de utilizar el género como vehículo para la reflexión profunda sin sacrificar ni un ápice de tensión narrativa. No necesita efectos especiales espectaculares ni giros argumentales rebuscados; le basta con comprender la naturaleza humana y tener el valor de mostrárnosla sin filtros.

Es cine que incomoda precisamente porque nos obliga a reconocer que la distancia entre Linda y nosotros es más corta de lo que nos gustaría admitir. En una época en que el cine mainstream tiende a ofrecernos héroes inmaculados y villanos caricaturescos, esta película tiene la valentía de recordarnos que todos llevamos dentro la capacidad de convertirnos en monstruos.

Solo necesitamos las circunstancias adecuadas y una pizca de poder. Esa es la verdadera lección de supervivencia que nos ofrece Raimi: el mayor peligro nunca está fuera, sino dentro de nosotros mismos, esperando pacientemente su oportunidad.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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