• Mark Hamill encuentra nueva libertad creativa en el doblaje mientras su imagen digital de Luke Skywalker plantea dilemas éticos sobre el futuro de la actuación
• A sus 74 años, el actor cuestiona abiertamente si los deepfakes de IA deberían permitir que actores fallecidos sigan «trabajando» décadas después de su muerte
• El Holandés Errante en SpongeBob representa todo lo que la actuación física ya no puede ofrecerle: ausencia total de límites por edad o apariencia
Hay algo profundamente humano en ver a alguien soltar amarras. No hablo de abandonar, sino de ese momento en que dejas de aferrarte a lo que fuiste para abrazar lo que aún puedes ser.
Mark Hamill, a sus 74 años, está viviendo esa transición con una lucidez que pocas veces vemos en iconos de su magnitud. El hombre que definió al héroe de una generación entera ahora mira hacia otro horizonte, uno donde la voz importa más que el rostro, donde la libertad creativa supera al legado.
Pero lo fascinante no es solo que Hamill esté reinventándose. Es que lo hace mientras el mundo debate qué hacer con su imagen digital, con versiones sintéticas de Luke Skywalker que pueden existir eternamente sin su consentimiento.
Es una paradoja muy propia de nuestro tiempo: el actor real envejece, evoluciona, se transforma; su doble digital permanece congelado, perfecto, inquietantemente inmortal.
Un año inesperado y tres proyectos simultáneos
Después de perder su hogar en los incendios de Palisades en enero, Hamill se encontró promocionando tres proyectos importantes al mismo tiempo. The Life of Chuck de Mike Flanagan, The Long Walk basada en Stephen King, y The SpongeBob Movie, donde presta su voz al Holandés Errante.
No es el tipo de agenda que esperas de alguien que había considerado seriamente retirarse. Pero ahí está la clave: la vida rara vez respeta nuestros planes de salida.
Lo que me resulta revelador es cómo Hamill habla de este momento. No como una carga, sino como un recordatorio de por qué empezó en esto. «Estoy en el negocio del escapismo», dice. «Si puedo apartar la mente de la gente de los titulares horribles, especialmente para los afectados por los incendios, entonces he hecho mi trabajo».
Es una filosofía sencilla, casi anticuada en su sinceridad. Pero también es profundamente necesaria.
La libertad de ser una voz sin rostro
El doblaje ha sido el gran descubrimiento tardío de Hamill. O quizás el redescubrimiento, porque de niño estudiaba a Clarence Nash y Mel Blanc con la misma devoción que otros niños estudiaban a los jugadores de béisbol.
Con el Holandés Errante, Hamill encontró algo que la actuación física ya no puede ofrecerle: ausencia total de límites. «Con un personaje como un pirata fantasma en el mundo de ‘Bob Esponja’, puedes ir tan grande como quieras. Es como teatro infantil. No existe el demasiado grande».
Sin las restricciones de la edad o la apariencia, puede habitar personajes que en imagen real serían imposibles.
Es irónico: el hombre cuyo rostro definió una saga galáctica ahora encuentra su mayor libertad creativa cuando nadie ve su cara.
Los fans han comparado al Holandés Errante con su legendario Joker, pero Hamill no vio las similitudes mientras trabajaba. Quizás eso es lo mejor: cuando estás dentro del personaje, no piensas en tu legado. Simplemente juegas.
El fantasma digital de Luke Skywalker
Aquí es donde la conversación se vuelve incómoda, necesaria.
Hamill mantiene distancia de los deepfakes de Luke Skywalker generados por IA. Reconoce la fascinación tecnológica, pero expresa una aprensión que todos deberíamos compartir.
Disney está expandiéndose hacia herramientas de IA generativa. La pregunta que Hamill plantea es devastadoramente simple: ¿querría su familia verle aparecer en películas de Star Wars décadas después de su muerte?
Es la misma pregunta que nos hacemos con Peter Cushing en Rogue One, con Carrie Fisher en El ascenso de Skywalker.
La tecnología puede resucitar rostros, pero ¿debería? ¿Dónde termina el homenaje y empieza la explotación?
Pienso en los replicantes de Blade Runner, en esa línea difusa entre lo real y lo fabricado. Roy Batty quería más vida, pero al menos sabía que era artificial. Los deepfakes de actores fallecidos no tienen esa conciencia. Son herramientas que otros controlan, versiones manufacturadas de personas reales que ya no pueden dar su consentimiento.
Hamill no tiene respuestas definitivas. Nadie las tiene. Pero al menos está haciendo las preguntas correctas.
Una nueva relación con la galaxia muy, muy lejana
Después de la trilogía secuela, Hamill consideró seriamente dejarlo todo. Quería terminar en lo alto. Pero una conversación con Mike Flanagan sobre The Fall of the House of Usher cambió su perspectiva.
Ahora habla de Star Wars con la serenidad de quien ha hecho las paces con su pasado. Ya no se obsesiona con la franquicia. En cambio, disfruta siendo fan, elogiando Rogue One, The Mandalorian y Andor.
«Tuve mi tiempo con la saga y ahora la veo prosperar sin mí», dice.
Hay una elegancia en esa aceptación que contrasta con la amargura que algunos actores desarrollan hacia sus papeles icónicos.
También reconoce algo que a menudo olvidamos: Star Wars siempre fue más que entretenimiento. La película original era una alegoría de la guerra de Vietnam. Sigue siendo relevante porque las historias sobre resistencia, imperio y esperanza nunca dejan de serlo.
El escapismo, sugiere Hamill, no significa evasión de la realidad. Significa encontrar la fuerza para enfrentarla.
Hay algo hermoso en ver a Mark Hamill navegar esta etapa de su vida con tanta claridad. No se aferra desesperadamente a Luke Skywalker, pero tampoco reniega de él. Simplemente reconoce que fue una parte de su viaje, no su destino completo.
Mientras tanto, su doble digital espera en algún servidor, eternamente joven, listo para ser invocado cuando Disney lo considere necesario.
Es una dualidad extraña: el Hamill real envejeciendo con gracia, encontrando nueva vida en personajes como piratas fantasmas; el Hamill sintético congelado en el tiempo, un Luke Skywalker que nunca morirá.
Quizás la verdadera pregunta no es cuál preferimos, sino qué dice de nosotros que necesitemos ambos. Que no podamos dejar ir, incluso cuando el propio actor ya lo ha hecho.

