• Los hermanos Duffer estrenan en Netflix «Something Very Bad Is Going to Happen», una serie de terror psicológico que transcurre durante la semana previa a una boda.
• Las primeras reacciones están divididas: algunos críticos elogian su atmósfera inquietante y tensión hitchcockiana, mientras otros cuestionan si la historia justifica ocho episodios en lugar de un largometraje.
• La serie plantea una pregunta fascinante sobre los rituales sociales: ¿qué ocurre cuando las ceremonias que nos unen se convierten en trampas de las que no podemos escapar?
Hay algo profundamente perturbador en la idea de estar atrapado por un ritual. No hablo del terror físico, de puertas cerradas o cadenas, sino de esa prisión invisible que construimos con promesas, expectativas y ceremonias.
Los hermanos Duffer, tras cerrar el capítulo de Stranger Things, parecen haber encontrado en esta premisa el terreno perfecto para explorar un tipo de horror más íntimo, más cercano a nuestras ansiedades cotidianas.
«Something Very Bad Is Going to Happen» —un título que funciona casi como mantra— llega a Netflix con una propuesta que me recuerda por qué el mejor terror nunca está en lo que vemos, sino en lo que presentimos. Una boda. Siete días. Y la certeza creciente de que algo, en algún momento, va a salir terriblemente mal.
Es el tipo de premisa que te hace pausar y preguntarte: ¿cuántas veces hemos estado en situaciones donde el protocolo social nos obliga a seguir adelante, incluso cuando cada fibra de nuestro ser nos grita que huyamos?
Una atmósfera que se respira
La serie, que estrenó su primera temporada completa el 26 de marzo, sigue a una joven pareja en los días previos a su boda. Pero no esperéis el típico drama romántico.
Aquí, la celebración nupcial funciona como telón de fondo para algo mucho más oscuro, una sensación de amenaza que se filtra en cada escena. Me recuerda a esos episodios de Black Mirror donde el verdadero horror no es la tecnología, sino cómo las estructuras sociales nos atrapan sin que nos demos cuenta.
Las primeras reacciones críticas han sido polarizadas. Laura Jane Turner de Digital Spy la describe como «cautivadora», destacando su frescura y originalidad.
Rory Mellon, de Tom’s Guide, va más allá y la compara con «The Haunting of Hill House» de Mike Flanagan, elogiando su capacidad para construir tensión al estilo Hitchcock. Y es que hay algo en esa comparación que resuena: Hitchcock entendía que el terror no está en el golpe, sino en la espera.
El peso del ritual
Lucy Mangan, de The Guardian, plantea una pregunta que me parece el corazón conceptual de la serie: «¿Puedes imaginar algo peor que estar atrapado por un ritual sagrado con la persona equivocada?».
Es una idea que trasciende el género de terror para adentrarse en territorio existencial. Las bodas son, por definición, ceremonias de compromiso público. Una vez que el mecanismo se pone en marcha —invitaciones enviadas, familia reunida, expectativas creadas— retroceder se convierte en algo casi imposible.
No por barreras físicas, sino por el peso aplastante de lo social, lo esperado, lo «correcto». Recuerdo la boda de un amigo hace años, donde todos sabíamos que algo no encajaba, pero nadie se atrevió a decir nada. El ritual ya estaba en marcha, y detenerlo habría sido más violento que dejarlo continuar.
Mai El Mokadem describe cómo la celebración «se agria hasta convertirse en algo mucho más siniestro». Es precisamente esa transformación gradual lo que parece funcionar mejor en la serie: no un giro brusco hacia el horror, sino una degradación lenta, casi imperceptible, de lo festivo hacia lo amenazante.
El debate del formato
Aquí es donde las opiniones se dividen de forma más marcada. La serie consta de ocho episodios de casi una hora cada uno, y varios críticos han cuestionado si la historia justifica esa extensión.
Tanto Candice Frederick de HuffPost como Judy Berman de Time sugieren que el material habría funcionado mejor como un largometraje de 90 minutos. Es un debate fascinante sobre forma y contenido: ¿cuándo la pausa se convierte en ritmo lento, y cuándo el ritmo lento se convierte en estancamiento?
Hay historias que necesitan respirar, que requieren que nos sentemos con la incomodidad. Pero también es cierto que el formato de serie puede diluir lo que en un formato más concentrado sería devastador.
Lo que me resulta más interesante de «Something Very Bad Is Going to Happen» no es si funciona perfectamente como serie, sino qué está intentando decirnos.
Vivimos en una época de rituales en crisis: bodas pospuestas, ceremonias virtuales, tradiciones cuestionadas. Esta serie llega en un momento en que muchos nos preguntamos qué significan realmente estos actos, y si las estructuras sociales que hemos heredado nos protegen o nos aprisionan.
Quizá el verdadero horror no esté en lo sobrenatural, sino en reconocer que a veces somos nosotros mismos quienes construimos las jaulas. Y que las cerramos con flores, música y aplausos. La pregunta que queda es si los ocho episodios logran mantenernos atrapados en esa incomodidad, o si el formato nos permite escapar demasiado fácilmente de lo que debería ser claustrofóbico.

