• Kathleen Kennedy abandona Lucasfilm tras años de guerra con el sector más tóxico del fandom de Star Wars, que nunca aceptó su visión ni sus decisiones creativas.
• Si Kennedy hubiera sido un hombre tomando las mismas decisiones, esta conversación no existiría: el machismo disfrazado de crítica de fans es real y ha marcado toda su etapa.
• Dave Filoni hereda un fandom roto y unas expectativas imposibles, en una industria que sigue sin aprender que el cine no se hace para complacer a trolls con megáfonos digitales.
Hay batallas que se libran en la pantalla y otras en las trincheras de internet. Kathleen Kennedy acaba de salir de Lucasfilm y, por primera vez, ha hablado claro. No ha pedido perdón. No ha agachado la cabeza. Ha dicho lo que tenía que decir: un puñado de gente con megáfonos digitales le ha hecho la vida imposible durante años, pero ella sigue de pie y orgullosa de lo que hizo.
Porque seamos sinceros: dirigir Star Wars en 2024 no es hacer cine, es entrar en un campo de minas donde cualquier decisión creativa se convierte en combustible para el odio organizado. Kennedy lo sabe mejor que nadie. Ahora que Dave Filoni toma las riendas, ella se va con la frente alta, dejando sobre la mesa una conversación incómoda que la industria lleva años evitando.
Kennedy ha dejado oficialmente la presidencia de Lucasfilm después de más de una década al mando. Dave Filoni asume como presidente, con Lynwen Brennan como copresidenta, en una transición que Kennedy asegura haber planeado con casi dos años de antelación junto a Bob Iger y Alan Bergman.
Durante su mandato supervisó proyectos que funcionaron de maravilla: The Mandalorian se convirtió en el buque insignia de Disney+, Andor recibió elogios de crítica como hacía años que no veía Star Wars, y la trilogía secuela arrasó en taquilla. Pero claro, en internet no se habla de eso. Se habla de que «arruinó Star Wars», de que «no entiende la franquicia». Como si dirigir una de las sagas más grandes de la historia del cine fuera tan fácil como escribir un tuit con veneno.
Y aquí viene lo que me jode de verdad: esta historia me suena. Me suena a Zack Snyder contra Warner. Me suena a un creador con visión enfrentándose a gente que nunca va a estar contenta porque lo que quieren es ver siempre lo mismo. La diferencia es que cuando atacan a Snyder, al menos hay un debate sobre decisiones creativas. Cuando atacan a Kennedy, la mitad de las veces es puro machismo disfrazado de crítica de fans.
En su entrevista con Deadline, Kennedy fue directa: un pequeño porcentaje del fandom tiene expectativas imposibles de cumplir. Si te atreves a evolucionar la franquicia, a tomar riesgos, a contar historias diferentes, vas a decepcionar a esa gente. Y no hay nada que puedas hacer al respecto.
Pero lo que más pesa no son las críticas creativas. Son los ataques personales. Kennedy habló sin rodeos sobre el machismo y la misoginia que ha sufrido durante años. Hay gente que ha construido plataformas enteras dedicadas a atacarla, canales de YouTube que viven de despotricar contra ella, hilos interminables donde se la culpa de todo lo malo que le pasa a Star Wars.
Y sí, muchos de esos ataques tienen un tinte claramente sexista. Porque seamos honestos: si Kennedy fuera un hombre, la conversación sería otra.
Ella misma lo dice: es un grupo muy pequeño, pero con megáfonos muy grandes. Megáfonos amplificados con bots, con algoritmos diseñados para viralizar la negatividad, con ecosistemas digitales que premian el odio porque genera clics. Kennedy insiste en que esa minoría no representa a la mayoría de los fans. Y tiene razón. Pero esa minoría ruidosa ha conseguido marcar la narrativa.
Lo que más me jode de todo esto es que Kennedy no se arrepiente de nada. Y me parece perfecto. Defiende sus decisiones creativas, defiende a la gente con la que trabajó, y deja claro que no va a cambiar de rumbo solo porque cuatro iluminados en internet se pongan a gritar.
Eso es tener columna vertebral. Eso es entender que el cine no se hace por comités de fans enfadados, sino por gente que tiene una visión y la lleva adelante. Como Snyder defendiendo su corte de Justice League durante años. Como cualquier autor que se niega a doblegarse ante el ruido.
Kennedy también reconoce que el desgaste ha sido brutal. Habla de desarrollar una piel gruesa, de aprender a filtrar el ruido, de seguir haciendo trabajo de calidad a pesar de todo. Y avisa a otras mujeres que entran en este espacio: os van a atacar de forma injusta, así que preparaos.
Es triste que tenga que decir eso, pero es la realidad.
Kennedy dejó claro que no tiene intención de volver a Lucasfilm. Se va para hacer más películas, para seguir produciendo, para alejarse de una franquicia que, por mucho que la ame, le ha pasado factura. Y no la culpo. Después de años aguantando el chaparrón, cualquiera querría pasar página.
Lo que queda ahora es ver qué hace Filoni con el legado. Tiene fans incondicionales, eso es innegable. Pero también hereda un fandom fracturado, una base que lleva años en guerra consigo misma, y unas expectativas que son literalmente imposibles de cumplir.
Porque al final, el problema no es solo quién dirige Lucasfilm. El problema es que hay gente que nunca va a estar contenta, pase lo que pase.
Kathleen Kennedy se va de Lucasfilm con la cabeza alta, y eso ya es una victoria en sí misma. En una industria donde el acoso organizado se ha convertido en moneda corriente, donde los creadores tienen que lidiar con campañas de odio solo por hacer su trabajo, ella ha plantado cara y ha dicho basta.
No ha pedido perdón. No ha cambiado su discurso. Ha defendido lo que hizo y a la gente con la que lo hizo.
Y eso, en tiempos donde todo el mundo se arrodilla ante la presión de las redes, tiene un valor enorme. Porque el cine no se hace para complacer a los que gritan más fuerte. Se hace para contar historias, para arriesgar, para evolucionar.
Kennedy lo entendió. Ojalá más gente lo entienda también.

