• Kathleen Kennedy reconoce públicamente que Solo: Una historia de Star Wars fue un error de concepto y timing, admitiendo que intentar reemplazar a Han Solo tan pronto tras su muerte en El despertar de la Fuerza condenó el proyecto desde el inicio.
• La reflexión llega en un momento de transición para Lucasfilm, cuando Kennedy se prepara para dejar su cargo tras años liderando la franquicia bajo Disney.
• Más allá del fracaso comercial, este caso plantea una pregunta fascinante: ¿cuándo es demasiado pronto para revisitar lo sagrado?
Admitir un error tiene algo de ritual. De rendición consciente ante lo inevitable.
Más aún cuando ese error costó millones de dólares y decepcionó a una legión de fans que crecieron venerando a un contrabandista con chaleco. Kathleen Kennedy, la figura que ha pilotado Lucasfilm durante la era Disney, ha roto su silencio sobre uno de los tropiezos más sonados de la galaxia muy, muy lejana: Solo: Una historia de Star Wars.
No se trata de una disculpa vacía ni de un mea culpa corporativo. Es algo más interesante: el reconocimiento de que algunas ideas, por bien ejecutadas que estén, nacen condenadas por el peso de lo que intentan sustituir.
Lo fascinante no es tanto el fracaso en sí, sino lo que revela sobre nuestra relación con los iconos culturales. ¿Cuánto tiempo debe pasar antes de que podamos mirar a un personaje legendario sin ver el fantasma de quien lo encarnó?
¿Es posible separar a Han Solo de Harrison Ford, o son ya la misma entidad en nuestro imaginario colectivo?
El peso de reemplazar lo irreemplazable
Cuando Solo llegó a los cines en 2018, el cadáver de Han Solo aún estaba tibio. Su muerte a manos de su propio hijo en El despertar de la Fuerza había sido un golpe emocional calculado, un giro narrativo que pretendía cerrar un capítulo para abrir otro.
Pero Disney, en su afán por construir un universo expandido al estilo Marvel, no calculó el duelo colectivo. Lanzar una precuela sobre la juventud de Han apenas tres años después fue como intentar presentar a un nuevo amor en el funeral del anterior.
Kennedy lo admite sin rodeos: pusieron a Alden Ehrenreich en una situación imposible. Y no porque el actor careciera de talento o carisma. El problema era estructural, casi ontológico.
Han Solo no es solo un personaje; es una actitud, un tono de voz, una ceja levantada con escepticismo. Es Harrison Ford improvisando «I know» en El Imperio contraataca. Intentar capturar eso con otro rostro tan pronto fue, en palabras de la propia Kennedy, un error de concepto.
La película en sí no era mala. Ron Howard entregó un producto competente, con momentos genuinamente divertidos. Pero nada de eso importó. El público no estaba listo para aceptar a otro Han Solo, y quizá nunca lo esté.
El fantasma de Rogue One
El contraste con Rogue One es revelador.
Esa película también era una historia lateral, un experimento dentro del canon. Pero funcionó porque no intentaba reemplazar nada sagrado. Jyn Erso y su equipo eran nuevos, prescindibles por diseño narrativo. Su sacrificio tenía peso precisamente porque no conocíamos sus leyendas de antemano.
Solo, en cambio, cargaba con el peso de décadas de mitología. Cada decisión creativa estaba condenada a la comparación. ¿Cómo conoció Han a Chewie? ¿Cómo ganó el Halcón Milenario?
Responder esas preguntas no añadía misterio; lo eliminaba. Y en el proceso, reducía a un personaje icónico a una checklist de momentos obligatorios.
Me recuerda a cómo Star Trek ha manejado el legado de Kirk y Spock: con reverencia, sí, pero también con la sabiduría de crear nuevas líneas temporales que permitan respirar sin el peso constante de la comparación. Disney no tuvo esa precaución.
Lecciones desde la galaxia
Kennedy reconoce que una vez comprometidos con el proyecto, no había marcha atrás. Es la lógica implacable de la maquinaria de Hollywood: demasiado dinero invertido, demasiados contratos firmados, demasiadas expectativas corporativas.
Pero su admisión pública es significativa. En una industria donde los ejecutivos rara vez reconocen errores, esta reflexión sugiere un aprendizaje genuino.
Lo que hace valiosa esta confesión es que trasciende Star Wars. Plantea preguntas universales sobre cómo gestionamos el legado cultural en la era del contenido infinito.
¿Cuánto es demasiado? ¿Cuándo la expansión de un universo narrativo se convierte en dilución?
Disney aprendió la lección, aunque a un coste considerable. Tras el fracaso de Solo, la estrategia cambió. Las series de Disney+ como The Mandalorian o Andor exploraron rincones nuevos de la galaxia, con personajes frescos o secundarios elevados a protagonistas.
El enfoque pasó de explotar nostalgia directa a construir sobre ella de forma más sutil.
Hay algo casi poético en que Kennedy comparta esta reflexión justo cuando se prepara para dejar Lucasfilm. Es el tipo de honestidad que solo llega con la perspectiva del final de un ciclo.
Solo no fracasó por falta de esfuerzo o talento; fracasó porque intentó racionalizar lo irracional, explicar lo que funcionaba mejor como misterio.
Al final, quizá la lección más valiosa no tiene que ver con Star Wars, sino con nuestra relación con las historias que amamos. Algunos personajes pertenecen a un momento, a un actor, a una versión específica de nosotros mismos como audiencia.
Intentar revivirlos demasiado pronto no es solo un error comercial; es un malentendido sobre cómo funciona la memoria afectiva.
A veces, la mejor forma de honrar un legado es dejarlo descansar. Y reconocer cuándo no lo hicimos es, al menos, un primer paso hacia la sabiduría.

