John Lithgow aceptó ser Dumbledore a los 80… y no se disculpa por ello

Lithgow aborda la polémica Rowling, firma 8 años como Dumbledore y defiende que el verdadero reto hoy es sostener el matiz, no huir de él.

✍🏻 Por Alex Reyna

febrero 5, 2026

• John Lithgow, a sus 80 años, ha aceptado interpretar a Dumbledore en la nueva serie de Harry Potter durante ocho años, defendiendo públicamente su decisión pese a las presiones para abandonar el proyecto.

• Creo que su disposición a habitar la incomodidad del debate, sin huir ni esconderse, dice más sobre el tipo de conversaciones que necesitamos que cualquier postura absoluta sobre si debió aceptar o no.

• Durante su intervención en Róterdam, un asistente abandonó la sala en protesta, evidenciando que estas tensiones culturales no son abstractas sino profundamente personales.


Hay decisiones que nos definen más que las películas que hacemos. John Lithgow acaba de tomar una de esas decisiones, y lo ha hecho sin esconderse.

A sus 80 años, ha aceptado interpretar a Albus Dumbledore en la nueva serie de Harry Potter. Y con ello ha heredado algo más que una túnica de mago: ha heredado un debate cultural que trasciende la ficción.

Lo interesante no es solo que haya aceptado el papel. Lo interesante es que haya decidido hablar de ello en público, en el Festival de Róterdam, mientras promocionaba otra película completamente distinta.

Porque en tiempos donde el silencio parece la opción más segura, Lithgow eligió la incomodidad de la conversación.

El peso de un nombre

Cuando te llamas Albus Dumbledore, cargas con más que un personaje. Cargas con el legado de Richard Harris y Michael Gambon, y con el peso simbólico de una figura que representa sabiduría y resistencia frente a la oscuridad.

Pero en 2025, cargas también con otra cosa: la sombra de J.K. Rowling y sus declaraciones sobre personas transgénero, que han dividido a la comunidad de fans y generado un debate global sobre separar obra de autor.

Lithgow no eludió la pregunta. Reconoció que las opiniones de Rowling le resultan «irónicas e inexplicables», una forma elegante de distanciarse sin entrar en confrontación directa.

Pero fue más allá: subrayó que Rowling no está involucrada en esta nueva producción, y que el equipo con el que trabaja es «extraordinario».

Es una postura pragmática, quizá incluso diplomática. Pero también invita a reflexionar: ¿hasta qué punto un universo narrativo pertenece a quien lo creó?

¿Puede una historia sobre bondad y empatía trascender las opiniones de su autora?

La incomodidad como territorio creativo

Lo que más me interesa de la intervención de Lithgow no es su defensa del proyecto, sino su honestidad sobre la incomodidad.

Admitió que la presión para abandonar el papel le hizo sentir «incómodo e infeliz». Que fue «una decisión difícil». Que hubo voces pidiéndole que se alejara.

Y aun así, decidió quedarse.

Esa incomodidad es valiosa. Porque el arte que importa suele nacer en territorios incómodos. No estoy diciendo que Lithgow tenga razón o que su decisión sea la correcta para todos.

Pero sí creo que su disposición a habitar esa tensión, a no huir de ella, es digna de atención.

Durante el evento en Róterdam, un asistente abandonó la sala en protesta. Es un recordatorio de que estas conversaciones no son abstractas. Tienen consecuencias reales, emocionales, para personas reales.

Y Lithgow lo sabe. Por eso su respuesta no fue defensiva ni evasiva, sino reflexiva.

Harry Potter como espejo cultural

Lithgow insistió en algo fundamental: el canon de Harry Potter no contiene rastro de sentimiento transfóbico. Es, en esencia, una historia sobre «el bien contra el mal, la bondad contra la crueldad».

Y tiene razón.

Las historias de Potter siempre han tratado sobre la aceptación del otro, sobre encontrar familia en quienes te eligen, sobre resistir a quienes imponen pureza y exclusión. En ese sentido, comparte ADN narrativo con Star Trek: universos donde la diversidad no es amenaza sino fortaleza.

Es precisamente esa contradicción —entre el mensaje de las historias y las opiniones de su creadora— lo que hace este debate tan complejo y tan doloroso para muchos fans.

Porque Harry Potter fue refugio para una generación entera de personas que se sintieron diferentes, marginadas, incomprendidas. Y ahora ese refugio está manchado por declaraciones que hieren a parte de esa misma comunidad.

¿Qué hacemos con eso? ¿Abandonamos las historias que nos formaron? ¿O intentamos rescatarlas, reinterpretarlas, devolverles el significado que siempre tuvieron para nosotros?

No hay respuesta fácil. Y quizá esa sea la cuestión.

Un contrato de ocho años

Lithgow, con su característico sentido del humor, bromeó sobre haber firmado un contrato de ocho años a los 80. «Eso garantiza que viviré hasta los 88», dijo.

Es una broma, sí, pero también una declaración de intenciones: este proyecto es un compromiso a largo plazo, no un capricho.

Y eso también importa. Porque en una era de cancelaciones rápidas y decisiones impulsivas, comprometerse con algo durante ocho años es un acto de fe.

Fe en el proyecto, en el equipo, en la historia que quieren contar.

Lithgow también habló de Jimpa, la película que realmente había ido a promocionar al festival. Dirigida por Sophie Hyde y protagonizada junto a Olivia Colman, cuenta la historia de un padre que sale del armario en una etapa tardía de su vida.

Es una película sobre empatía, sobre identidad, sobre reconciliación. Temas que resuenan profundamente con el debate que rodea a Harry Potter.

De hecho, Lithgow señaló que Jimpa es una de las pocas películas en su larga carrera que cumplió completamente sus expectativas. Y que hacer una película sobre empatía y bondad en tiempos de crueldad generalizada le parece especialmente importante.


Al final, lo que queda de esta historia no es una respuesta definitiva sobre si Lithgow hizo lo correcto.

Lo que queda es una pregunta más grande: ¿cómo navegamos los espacios grises en una cultura que exige posiciones absolutas?

¿Cómo sostenemos conversaciones difíciles sin convertirnos en trincheras?

Lithgow eligió quedarse, hablar, habitar la incomodidad. Otros habrían elegido diferente, y eso también es válido.

Pero en un mundo donde el silencio y la polarización parecen las únicas opciones, su disposición a enfrentar la conversación —con honestidad, sin evasivas— es un recordatorio de que todavía hay espacio para el matiz.

Y quizá, solo quizá, ese sea el tipo de magia que más necesitamos ahora.


Sobre Alex Reyna

Mi primer recuerdo de infancia es ver El Imperio Contraataca en VHS. Desde entonces, la ciencia ficción ha sido mi lenguaje. He montado Legos, he visto Interstellar más veces de las que debería, y siempre estoy buscando la próxima historia que me vuele la cabeza. Star Wars, Star Trek, Dune, Nolan… si tiene naves o viajes temporales, cuenta conmigo.

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