Jessie Buckley se convierte en la primera actriz irlandesa en ganar el Óscar a Mejor Actriz

La victoria de Jessie Buckley por Hamnet demuestra que un rostro en primer plano puede golpear más fuerte que cualquier explosión del cine de franquicias.

✍🏻 Por Tomas Velarde

marzo 16, 2026

• Jessie Buckley se convierte en la primera actriz irlandesa en ganar el Óscar a Mejor Actriz por su interpretación en Hamnet, dirigida por Chloé Zhao.

• Una victoria que reivindica el cine intimista frente a la dictadura de los universos expandidos: el rostro humano sigue siendo el mejor efecto especial.

• El filme explora el duelo de William Shakespeare y su esposa Agnes tras la muerte de su hijo, acontecimiento que inspiró la escritura de Hamlet.


Hay victorias que trascienden la mera anécdota estadística. Hay interpretaciones que no se miden en minutos de metraje ni en diálogos memorizados, sino en la capacidad de transmitir lo inefable: el dolor, la ausencia, el vacío que deja un hijo muerto.

Cuando Jessie Buckley subió al escenario del Dolby Theatre la noche del 15 de marzo de 2026 para recoger su Óscar a Mejor Actriz, no solo escribió una página en los libros de historia del cine irlandés. Consagró algo mucho más importante: la vigencia del cine que mira hacia adentro, que no necesita pirotecnia visual para conmover.

Hamnet, la adaptación de Chloé Zhao de la novela de Maggie O’Farrell, es precisamente el tipo de obra que el cine contemporáneo parece haber olvidado cómo hacer. En una época dominada por universos expandidos y secuelas interminables, esta película de 126 minutos se atreve a detenerse en el duelo, en el silencio, en la mirada perdida de una madre que ha enterrado a su hijo.

Y Buckley, en el papel de Agnes Shakespeare, entrega una actuación que recuerda por qué el cine es, ante todo, el arte del rostro humano. Hay algo de Liv Ullmann en Gritos y susurros en su forma de habitar el dolor sin aspavientos. Algo de la contención de Giulietta Masina cuando Fellini la filmaba en primer plano.


La ceremonia de los 98º Premios de la Academia quedará marcada no solo por el hito histórico —Buckley es la primera actriz irlandesa en conquistar la estatuilla dorada en la categoría principal—, sino por un discurso de aceptación que destilaba autenticidad en cada palabra.

Lejos de los agradecimientos protocolarios y las listas interminables de nombres, la actriz habló desde las entrañas. Agradeció a sus padres, que habían viajado desde Irlanda para acompañarla. A su marido Fred, a quien dedicó unas palabras de una ternura casi desconcertante en el contexto de la solemnidad oscariana.

Y a su hija Isla, de apenas ocho meses, «que probablemente esté soñando con leche y no tiene ni idea de lo que está pasando».

Pero fue en sus palabras sobre la maternidad donde el discurso alcanzó su verdadera dimensión. Buckley explicó cómo interpretar a Agnes le había permitido comprender «la capacidad del amor de una madre», y dedicó el premio «al hermoso caos del corazón de una madre».

No era casualidad que la ceremonia coincidiera con el Día de la Madre en el Reino Unido. Esa sincronía temporal añadía una capa adicional de significado a un triunfo que, en el fondo, celebraba la representación cinematográfica de uno de los vínculos más complejos y universales de la experiencia humana.


La elección de Chloé Zhao como directora de Hamnet resultó, a la vista de los resultados, una decisión acertada. Zhao, que ya había demostrado en Nomadland su capacidad para capturar la intimidad en espacios amplios, encontró en esta historia de pérdida shakespeariana el vehículo perfecto para su sensibilidad contemplativa.

El filme, estrenado el 26 de noviembre de 2025, recibió ocho nominaciones en total, incluyendo Mejor Película, Mejor Dirección y Mejor Guion Adaptado. Un reconocimiento que habla de una obra concebida con rigor en todos sus aspectos técnicos y artísticos.

La categoría de Mejor Actriz de este año reunía a un quinteto formidable: Emma Stone, Kate Hudson, Rose Byrne y Renate Reinsve acompañaban a Buckley en la nominación. La propia ganadora tuvo palabras de admiración para todas ellas durante su discurso, expresando su deseo de trabajar con cada una.

Es el tipo de generosidad que solo puede permitirse quien conoce verdaderamente el oficio, quien entiende que el cine es un arte colectivo donde el talento ajeno no resta, sino que suma.


Para Buckley, este Óscar representa la culminación de una trayectoria marcada por elecciones valientes y una evidente predilección por personajes complejos. Ya había sido nominada en 2022 como Mejor Actriz de Reparto por The Lost Daughter, la ópera prima de Maggie Gyllenhaal.

Aquella nominación confirmaba lo que muchos ya intuíamos: que estábamos ante una actriz capaz de habitar los rincones más oscuros de la psique femenina sin caer en el histrionismo.

Hamnet parte de una premisa fascinante: la muerte del hijo de once años de William Shakespeare en 1596 como catalizador emocional de Hamlet, una de las tragedias más universales jamás escritas.

La película, sin embargo, no se centra en el dramaturgo, sino en Agnes, su esposa, relegada históricamente a un segundo plano. Es una decisión narrativa que habla de madurez cinematográfica, de la voluntad de explorar las historias no contadas, las voces silenciadas por siglos de historiografía patriarcal.


La adaptación de la novela de Maggie O’Farrell exigía un equilibrio delicado entre el respeto al material literario y la necesidad de encontrar un lenguaje propiamente cinematográfico.

Zhao y Buckley lo consiguen mediante una interpretación que privilegia la contención sobre la explosión dramática, el gesto mínimo sobre el sollozo desgarrado. Es cine de miradas, de silencios cargados de significado, de encuadres que saben cuándo acercarse y cuándo mantener la distancia respetuosa.

Hay una escena —no revelaré cuál para no arruinar la experiencia— en la que Zhao mantiene la cámara fija sobre el rostro de Buckley durante casi dos minutos. Sin música. Sin diálogos. Solo el rostro de una madre procesando lo improcesable.

Es el tipo de decisión que Bergman habría aplaudido. El tipo de valentía que solo se permite quien confía plenamente en su actriz y en el poder del primer plano.

En su discurso, Buckley agradeció específicamente a Zhao y a O’Farrell por permitirle «conocer a esta mujer incandescente» y «comprender la capacidad del amor de una madre». Son palabras que revelan un proceso creativo profundo, una inmersión total en el personaje que va más allá de la mera técnica actoral.


Hay premios que coronan carreras. Otros que reconocen interpretaciones aisladas, brillantes pero efímeras. El Óscar de Jessie Buckley pertenece a una tercera categoría, más escasa: aquellos que señalan un momento de confluencia perfecta entre actriz, personaje, director y material.

Hamnet no es solo una película sobre el duelo; es una meditación sobre la maternidad, la creatividad y la forma en que el arte nace del dolor más insoportable.

Que una actriz irlandesa de treinta y tantos años, madre reciente, haya sido capaz de encarnar todo eso con semejante verdad emocional, merece algo más que una estatuilla dorada.

En una industria obsesionada con lo espectacular, con los efectos digitales y las franquicias interminables, la victoria de Buckley nos recuerda que el cine sigue siendo, en su esencia más pura, el arte de capturar la verdad del rostro humano.

Que una cámara bien dirigida y una actriz en estado de gracia pueden contar más sobre la condición humana que mil explosiones. Que el silencio, cuando está cargado de significado, resuena más fuerte que cualquier banda sonora atronadora.

Eso, y no otra cosa, es lo que celebramos esta noche.


Cinéfilo empedernido, coleccionista de vinilos de bandas sonoras y defensor de la sala de cine como templo cultural. Llevo más de una década escribiendo sobre cine clásico, directores de culto y el arte de la narrativa visual. Creo que no hay nada como un plano secuencia bien ejecutado y que el cine perdió algo cuando dejó de oler a celuloide.

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