• James Wan regresa a la dirección de Saw 11 con la intención de recuperar el terror psicológico que definió la primera entrega de 2004, alejándose del espectáculo gore que caracterizó las secuelas.
• La franquicia ha evolucionado desde una propuesta claustrofóbica y mental hacia un despliegue de trampas cada vez más elaboradas, perdiendo en el camino la esencia perturbadora del original.
• El retorno creativo de Wan representa una oportunidad valiosa para redefinir una saga que, tras dos décadas, necesita recuperar su capacidad de inquietar genuinamente al espectador.
Hay algo profundamente revelador en que un cineasta regrese a su obra primigenia con la humildad de reconocer que se ha perdido el rumbo. James Wan, artífice junto a Leigh Whannell de aquella Saw de 2004 que revolucionó el terror contemporáneo, ha decidido retomar las riendas de una franquicia que, con el paso de los años, ha confundido la provocación con el exceso.
Y lo hace con una declaración de intenciones que merece ser celebrada: quiere que la próxima entrega vuelva a ser aterradora, no simplemente repugnante.
Porque existe una diferencia abismal entre el horror que perturba la psique y el que simplemente agrede la retina. La primera película de Saw era un ejercicio de tensión narrativa, una cámara de tortura mental donde dos hombres encadenados en un baño sórdido debían enfrentarse a decisiones morales imposibles.
Era Hitchcock pasado por el filtro del cine independiente de principios de siglo, con un presupuesto mínimo y una ambición máxima. Lo que vino después fue otra historia.
Wan no ha participado activamente en la dirección de la saga desde sus primeros compases. Su rol como productor ejecutivo en varias secuelas fue más nominal que creativo, y el resultado ha sido evidente: la franquicia derivó hacia un espectáculo de ingeniería macabra donde las trampas se volvieron cada vez más elaboradas, más sangrientas, más imposibles.
Saw X, estrenada en 2023, presentaba nada menos que siete trampas distintas, un despliegue técnico impresionante que, sin embargo, carecía del peso emocional que hacía del original una experiencia verdaderamente inquietante.
El propio Wan lo reconoce con una lucidez encomiable. En sus propias palabras, siente que puede abordar el proyecto «con una nueva perspectiva», precisamente porque ha estado alejado el tiempo suficiente para comprender qué se ha perdido por el camino.
Su objetivo no es revolucionar la fórmula, sino recuperar «el espíritu de la primera película». Quiere que Saw 11 sea «aterradora de nuevo», no solo gore, sino «psicológicamente cicatrizante», como aquella obra que él y Whannell concibieron hace más de dos décadas.
Esta declaración me resulta especialmente significativa en un contexto cinematográfico donde el horror ha caído con demasiada frecuencia en la trampa del exceso visual. Hemos visto demasiadas películas que confunden la violencia explícita con la capacidad de perturbar.
El verdadero terror, el que permanece días después de abandonar la sala, no reside en la cantidad de hemoglobina derramada, sino en la capacidad de la obra para infiltrarse en nuestras vulnerabilidades más profundas.
La situación corporativa también ha jugado a favor de este retorno creativo. En 2025, Blumhouse adquirió la mitad de la franquicia que pertenecía a Twisted Pictures, y dado que Atomic Monster opera bajo su paraguas, el control creativo ha vuelto efectivamente a manos de Wan.
Es una de esas raras ocasiones en que los movimientos empresariales pueden beneficiar genuinamente a la calidad artística de un proyecto.
Wan ha expresado su deseo de honrar a los seguidores de toda la vida mientras hace la franquicia accesible para nuevas audiencias. Es un equilibrio delicado, sin duda, pero necesario. La nostalgia por sí sola no construye buen cine, pero tampoco lo hace el olvido deliberado de lo que funcionó en primer lugar.
La primera Saw era, en esencia, una película de cámara. Un espacio confinado, dos personajes, una situación límite. La violencia existía, por supuesto, pero era consecuencia de decisiones morales imposibles, no el espectáculo en sí mismo.
Había algo de teatro del absurdo en aquella premisa, una crueldad filosófica que recordaba más a Sartre que a Argento. Las secuelas, progresivamente, abandonaron esa contención en favor de la pirotecnia gore.
El regreso de James Wan a Saw no es simplemente el retorno de un director a su franquicia. Es, potencialmente, la reivindicación de una forma de entender el terror que el propio cine comercial ha ido abandonando: aquella que confía en la sugestión, en la tensión sostenida, en el horror de las implicaciones más que en la exhibición de las consecuencias.
Si Wan logra cumplir su promesa, Saw 11 podría ser no solo una buena película de terror, sino una lección sobre cómo recuperar la esencia de una obra sin traicionarla.
Aún no hay fecha de estreno confirmada, pero la expectativa está servida. Después de dos décadas de sangre y vísceras, quizá sea el momento de volver a tener miedo de verdad. Porque el terror auténtico no se limpia con una toalla; se queda contigo, susurrando en la oscuridad, mucho después de que las luces se hayan encendido.

