• Sam Raimi ha construido durante cuatro décadas un lenguaje cinematográfico propio que trasciende géneros, demostrando que el cine puede ser simultáneamente comercial y profundamente personal.
• Su filmografía plantea preguntas sobre responsabilidad, identidad y control que resuenan más allá del entretenimiento, convirtiendo cada proyecto en un experimento sobre los límites del medio.
• En una industria cada vez más homogénea, Raimi representa la posibilidad de mantener una voz autoral sin renunciar al espectáculo masivo.
Hay directores que cuentan historias. Y luego está Sam Raimi, que pregunta qué puede hacer el cine que aún no hayamos imaginado.
Desde aquella cámara atornillada a una tabla persiguiendo a Bruce Campbell en The Evil Dead hasta los pliegues del multiverso en Doctor Strange, Raimi no ha dejado de experimentar. Pero lo interesante no es la pirotecnia técnica en sí misma, sino lo que revela: una obsesión por el movimiento como lenguaje, por la cámara como extensión del pensamiento.
No es casualidad que sus películas se sientan vivas. Hay algo inquieto en ellas, algo que se niega a quedarse quieto.
Una carrera construida sobre la pregunta
The Evil Dead no fue solo terror de bajo presupuesto. Fue una declaración de principios sobre lo que significa perder el control.
Esa cámara voladora no era un truco: era la materialización de una fuerza que no podemos ver ni detener. Y eso conecta con algo más profundo que el susto. Habla de vulnerabilidad, de cómo nuestros espacios seguros pueden volverse contra nosotros.
Raimi podría haberse quedado ahí. Pero eligió moverse.
Hizo A Simple Plan, que es básicamente un tratado sobre cómo una decisión aparentemente lógica puede desmoronar toda tu vida. Dirigió The Quick and the Dead, un western que funciona como fábula sobre venganza y redención. Y luego llegó Spider-Man.
El peso de la responsabilidad
Spider-Man 2 sigue siendo, para muchos, la mejor película de superhéroes jamás hecha.
No por las escenas de acción, aunque sean brillantes. Sino porque Raimi entendió algo fundamental: Peter Parker es un tipo atrapado entre lo que debe hacer y lo que quiere hacer. Es la personificación del dilema moderno sobre las expectativas.
Ese plano en el tren, con Peter exhausto, sostenido por desconocidos que acaban de descubrir su identidad. Es puro Raimi: espectáculo al servicio de algo más grande. La pregunta no es «¿puede Spider-Man detener al villano?» sino «¿cuánto de ti mismo estás dispuesto a sacrificar por los demás?»
Pasé días pensando en esa escena cuando la vi por primera vez. Porque plantea algo incómodo: ¿qué pasa cuando hacer lo correcto te destruye?
Spider-Man 3 intentó responder demasiadas preguntas a la vez. Demasiados villanos, demasiadas tramas. Pero incluso ahí, en esa escena ridícula de Peter bailando por la calle, hay algo valiente. Es Raimi intentando meter su sensibilidad camp en una franquicia que ya no le pertenecía del todo.
No funcionó para todos. Pero al menos lo intentó.
El multiverso como metáfora
Después de años alejado, Raimi volvió con Doctor Strange in the Multiverse of Madness.
Y aquí es donde su cine encuentra su momento. Porque el multiverso no es solo un recurso narrativo: es la materialización de nuestras ansiedades contemporáneas sobre las decisiones no tomadas, sobre las vidas que podríamos haber vivido.
Recuerdo pausar la película en esa escena donde Strange ve todas sus versiones alternativas. No por el efecto visual, sino por lo que representa: la parálisis que produce tener demasiadas opciones, la imposibilidad de saber si elegiste bien.
Marvel le dio las llaves de su universo y él respondió con la película más oscura y extraña del MCU. Zombies, posesiones, cámaras que atraviesan imposibles. Todo estaba ahí.
No fue perfecta. Pero fue suya.
Más allá del género
Lo que hace especial a Raimi no es su dominio técnico. Es su capacidad para encontrar lo humano en lo fantástico.
A Simple Plan es devastadora porque plantea una pregunta simple: ¿qué harías tú? Y la respuesta, inevitablemente, es incómoda. The Gift funciona porque sus personajes importan más que lo sobrenatural. Incluso Oz the Great and Powerful, con todos sus defectos, intenta decir algo sobre la impostura.
Esa es la clave: Raimi nunca ha hecho cine vacío.
Puede que no todas sus películas funcionen igual. Puede que algunas se pierdan en sus propias ambiciones. Pero siempre hay intención. Siempre hay una pregunta detrás de la pirotecnia visual.
Y eso, en una industria cada vez más dominada por el producto prefabricado, es algo que vale la pena celebrar.
La coherencia en la experimentación
Clasificar la obra de Raimi es curioso porque casi no hay películas realmente malas en su filmografía.
Hay experimentos que funcionan mejor que otros. Hay proyectos más personales y otros más condicionados por el estudio. Pero casi todo tiene algo que ofrecer.
Lo fascinante es ver cómo ciertos elementos se repiten: el uso de la cámara subjetiva, la violencia estilizada, los planos imposibles. Son herramientas que Raimi ha refinado con los años pero nunca ha abandonado.
Ves un plano y sabes que es suyo. Eso no es común. Eso es autoría.
Desde Edgar Wright hasta James Wan, su huella está por todas partes. Pero más allá de la influencia técnica, lo que Raimi ha demostrado es que se puede ser comercial sin ser impersonal.
Que se puede trabajar dentro del sistema sin renunciar a la visión.
Que el cine de género puede ser arte sin dejar de ser entretenimiento.
El legado de una voz
Y quizá eso es lo que más me interesa de su carrera: la negativa a elegir entre espectáculo e ideas.
Porque en el fondo, Raimi siempre ha entendido que no son opuestos. Que una cámara volando a toda velocidad puede ser tan poética como un plano fijo contemplativo. Que el gore puede ser expresionista. Que un superhéroe puede ser trágico.
Esa síntesis es su mayor logro.
Volver a la filmografía de Sam Raimi es recordar por qué el cine importa. No solo como entretenimiento, sino como lenguaje.
Como forma de ver el mundo desde ángulos imposibles, literalmente.
Raimi nos enseñó que una cámara puede ser un personaje. Que el movimiento puede contar tanto como el diálogo. Que lo absurdo y lo emotivo pueden convivir en el mismo plano.
Y lo hizo sin perder nunca el sentido del juego, esa chispa que convierte el cine en algo más grande que la suma de sus partes.
En un momento en que tantas películas parecen hechas por comités, en que el riesgo se evita y la fórmula se repite, Raimi sigue siendo un recordatorio de lo que puede lograr un cineasta con visión.
No todas sus películas son obras maestras. Pero todas son suyas.
Y en el fondo, eso es lo único que importa. Porque el cine, como cualquier arte, no se trata de la perfección. Se trata de la voz.
Y la de Raimi, después de cuatro décadas, sigue sonando clara, extraña y absolutamente inconfundible.

