• Project Hail Mary tuvo un primer montaje de casi cuatro horas que nunca verá la luz, reducido finalmente a dos horas y media tras múltiples pases de prueba.
• Phil Lord y Chris Miller sometieron a sus colegas cineastas a versiones larguísimas del film, recibiendo un mensaje unánime: acortadla.
• La versión teatral final fue aclamada por crítica y público, demostrando que menos puede ser más cuando se trata de contar historias complejas.
Hay algo fascinante en el proceso de edición cinematográfica que rara vez vemos. Es ese espacio invisible donde una película encuentra su verdadera forma.
Donde lo que parecía esencial se revela prescindible. Donde el ego creativo debe rendirse ante la experiencia del espectador.
Project Hail Mary acaba de ofrecernos una ventana a ese proceso. Y lo que revela es tan instructivo como inquietante.
Phil Lord y Chris Miller, los directores detrás de esta adaptación de la novela de Andy Weir, han confesado que su primer montaje duraba casi cuatro horas. Cuatro horas de Ryan Gosling hablando con una araña alienígena en el espacio.
Y aunque parte de mí —esa parte que pausó Arrival para apuntar frases sobre el lenguaje como herramienta de percepción— querría ver cada minuto de ese material, hay una lección más profunda aquí sobre cómo contamos historias y para quién las contamos realmente.
El montaje como acto de humildad
Durante su aparición en el podcast Happy Sad Confused, Lord y Miller compartieron detalles sobre la evolución del metraje de Project Hail Mary.
Antes del pase de prueba oficial, realizaron múltiples proyecciones privadas con amigos, familiares y otros cineastas. A estos últimos les sometieron a una versión de tres horas y cuarenta y cinco minutos.
La respuesta fue directa y unánime: «Hacedla más corta».
Lord lo resumió con una franqueza refrescante: «Simplemente no sabes cómo van a funcionar las escenas con una audiencia. Pensábamos que todo era encantador, pero algunas de esas cosas encantadoras no funcionaban. Eso hizo que fuera realmente fácil reducirla a tres horas».
Hay algo profundamente honesto en esta admisión. Como creadores, nos enamoramos de nuestras propias ideas.
Cada escena parece necesaria cuando la escribes, cuando la ruedas, cuando la montas por primera vez. Pero el cine no existe en el vacío de nuestra mente. Existe en la experiencia compartida de una sala oscura, en el tiempo que pedimos prestado a otros seres humanos.
La ciencia de la narrativa
Lo que me resulta particularmente interesante de este caso es cómo refleja el propio tema de la película.
Project Hail Mary trata sobre resolver problemas imposibles mediante el método científico: hipótesis, prueba, error, ajuste. Lord y Miller aplicaron exactamente ese proceso a su montaje.
Mostraron versiones tempranas a ojos frescos. Recogieron datos. Ajustaron variables. Repitieron el proceso.
No se aferraron a sus suposiciones iniciales cuando la evidencia sugería otra cosa. Es el mismo enfoque que hizo funcionar la adaptación de The Martian, la anterior novela de Weir: confiar en que la emoción humana puede anclar la complejidad técnica, pero solo si no abusas de la paciencia del espectador.
La versión teatral final, de dos horas y media, fue recibida con aclamación crítica generalizada y sólidos números de taquilla. La relación emocional entre Ryland Grace y Rocky proporcionó el peso suficiente para anclar la ciencia compleja y la narrativa de alto riesgo del film.
Funcionó porque confiaron en el proceso.
El mito del montaje del director
Inevitablemente, surge la pregunta: ¿veremos alguna vez un montaje del director en el lanzamiento doméstico?
La respuesta, según los directores, es probablemente no.
Y aquí es donde necesitamos entender qué es realmente un «assembly cut» o primer montaje. No es una versión alternativa pulida de la película. Es un borrador áspero que contiene música temporal, efectos de marcador de posición y secuencias inacabadas.
Completar todo el trabajo de efectos visuales en metraje descartado requeriría una inversión sustancial de tiempo y dinero. ¿Para qué? ¿Para satisfacer la curiosidad de los fans?
No todos los borradores merecen publicación. No todas las ideas descartadas eran gemas ocultas esperando ser descubiertas.
A veces, el proceso editorial —ya sea en literatura o cine— existe precisamente para separar lo esencial de lo superfluo.
Lo que perdemos y lo que ganamos
Hay algo melancólico en saber que existen casi dos horas de Project Hail Mary que nunca veremos.
Dos horas de desarrollo de personajes, de exploración científica, de momentos entre Grace y Rocky que quedaron en la sala de montaje.
Pero también hay sabiduría en reconocer que esas dos horas probablemente diluirían lo que hace especial a la versión final.
La narrativa cinematográfica no se trata de incluir todo lo posible, sino de incluir exactamente lo necesario. En Dune, Denis Villeneuve tomó una novela densa y la destiló en imágenes esenciales. En Blade Runner, Ridley Scott encontró el equilibrio entre atmósfera y narrativa.
Cada gran película de ciencia ficción es tanto sobre lo que muestra como sobre lo que omite.
Al final, la historia de este montaje de cuatro horas que nunca veremos es más valiosa que el propio metraje perdido.
Nos recuerda que hacer cine es un acto de colaboración, no solo entre el equipo creativo, sino entre los creadores y la audiencia.
Lord y Miller podrían haber insistido en su visión original. Podrían haber argumentado que el público «simplemente no lo entiende». Pero eligieron escuchar, ajustar, confiar en el proceso.
Y el resultado es una película que funciona, que emociona, que conecta.
Como alguien que se quedó días pensando en Her, entiendo la tentación de querer más. Más tiempo con los personajes, más exploración de las ideas.
Pero quizá la grandeza del cine de ciencia ficción no está en mostrarlo todo, sino en dejarnos con ganas de seguir pensando cuando se encienden las luces. A veces, la mejor versión de una historia no es la más larga, sino la que respeta el tiempo y la atención de quien la recibe.
Esa, quizá, es la lección más importante que cualquier narrador puede aprender.

